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Ante miles de espectadores, algunos venidos de otros países, Morales fue purificado y pidió a las divinidades andinas la energía y la sabiduría para ser el guía espiritual de los pueblos indígenas. Dos niños le entregaron dos cetros como símbolo del poder recibido. Todo ello en el impresionante escenario de la milenaria Puerta de Sol y teniendo como fondo el enigmático monolito de Bennet, que lleva el nombre de su descubridor norteamericano y que ahora es denominado “Pachamama”. No han faltado analistas que calificado esta ceremonia de show propagandístico dentro de los que el Gobierno viene celebrando en los últimos cuatro años para inyectar entusiasmo a sus partidarios, muchos de ellos pertenecientes a los movimientos sociales, que acuden a estos actos comunitarios por consigna. Pero cabe también pensar que el Presidente ha querido revivir creencias y ritos, vividos durante su niñez y adolescencia en su familia y comunidad en honor de la Pachamama, la sagrada Madre Tierra. La espectacular ceremonia puede y debe ser evaluada desde diversas perspectivas: histórica, jurídica y religiosa. En general los historiadores critican la visión simplista y distorsionada que el oficialismo pretende difundir. Tiwanaku lejos de ser un lugar idílico fue el escenario de enfrentamientos sangrientos. La historia muestra cómo los puquinas que construyeron la civilización tiwanacota fueron expulsados violenta y cruelmente por los aymaras, quienes décadas antes de la conquista española fueron a su vez dominados por los incas, provenientes del Cuzco, que invadieron gran parte del territorio actualmente boliviano, donde impusieron el idioma quechua y la religión al Inti, el dios sol, del que los incas se consideraban hijos y exigían, en consecuencia, a sus súbditos obediencia incondicional dentro del imperio del Tawantinsuyo. Desde la perspectiva religiosa los ritos realizados en honor de la Pachamama y de otros elementos de la naturaleza forman parte de la religión primitiva, denominada telúrica en referencia a la diosa Tellus, nombre latino de la Tierra. Estos cultos se practican en ambientes rurales aymaras y quechuas, unidos al culto al Inti en una especie de sincretismo, en el que también reaparecen de manera subordinada símbolos cristianos. En algún momento de su discurso en Tiwanaku el Presidente afirmó que el cuidado de la Madre Tierra tiene prioridad sobre los derechos humanos universales, mostrando así la unión del culto telúrico con las tendencias culturales radicales que reorientan la ecología hacia el ecologismo ideológico con la pretensión de ser la religión universal. Desde una perspectiva jurídica esta ceremonia debe ser calificada como inconstitucional. Si bien la actual CPE en el Preámbulo se refiere al territorio boliviano como la “sagrada Madre Tierra” a la que se invoca para refundar Bolivia “con la fortaleza de nuestra Pachamama y gracias a Dios”, el artículo 4° proclama la libertad de religión y de creencias espirituales y taxativamente afirma: “El Estado es independiente de la religión”. Obviamente el Presidente como cualquier otro ciudadano puede profesar la religión que quiera según su conciencia, pero en cuanto representante personal del Estado no es correcto que acumule a su autoridad política un liderazgo religioso telúrico. Hay que considerar, además que los ritos y creencias andinas no son representativos de un Estado plurinacional que agrupa a 36 naciones con sus respectivas lenguas y cosmovisiones. Particularmente la población citadina y los grupos indígenas orientales se sienten excluidos en esa visión telúrica de la religión. Desde la perspectiva religiosa cristiana es muy lamentable que se desconozca la realidad innegable de la gran mayoría de la población boliviana que se declara católica y que juntamente con las personas cristianas de otras denominaciones supera el 90 por ciento, porcentaje incomparablemente mayor a cualquiera de las culturas enumeradas en la CPE. En la toma de posesión al día siguiente ante el Parlamento, tanto el Presidente como el Vicepresidente juraron sus cargos, prescindiendo de Dios. De hecho se había retirado el crucifijo y la Biblia, símbolos religiosos que han presidido esta ceremonia desde el inicio de la República. También se sabe que en estos últimos cuatro años con cierta frecuencia los yatiris son invitados al palacio de Gobierno para ejecutar sus rituales, entre ellos q’oas e incluso wilanchas o sea sacrificios de animales, con cuya sangre se rocía la tierra. Estos datos refuerzan la hipótesis de que el proyecto oficialista de refundar Bolivia, basado en la descolonización, pretende marginar a la religión católica en beneficio de la religión telúrica. Ya hay propuestas políticas educativas en esa dirección, imponiendo el estudio y la práctica de creencias y ritos ancestrales, violando así el derecho de los padres a la educación religiosa y moral de sus hijos. Ojalá que estas tendencias se corrijan y Bolivia mantenga su tradición cristiana que ha ayudado a las culturas autóctonas a liberarse de ritos alienantes y, en algunos casos, aberrantes como en los sacrificios de sangre. La Biblia claramente condena esos cultos telúricos, aunque reconoce que sus cultores, deslumbrados por la belleza de la creación, no han llegado a reconocer a su Creador y por lo tanto son menos culpables que los adoradores de ídolos construidos por manos humanas (Sb 13). Pidamos al verdadero Dios, manifestado en su Hijo Jesús, que nos dé su “Rúaj” de sabiduría para que el pueblo boliviano no se deje llevar hacia creencias telúricas ya superadas que, tal como la historia muestra, terminan siendo utilizadas por los poderes políticos dominantes para imponer sus propias ideologías. |
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Por: P. Miguel Manzanera, SJ







