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| Homilía: El Cardenal Terrazas exhorta a no olvidarse de la Palabra que es fundamento de la fe |
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Foto: Archivo webManá 25.1.10.- Este domingo el Cardenal Julio Terrazas ha referido en su homilía el sentido de la oración y la solidaridad por los que sufren y se encuentra en desventaja a raiz de diferentes circunstancias. Asimismo a exhortado a los creyentes a no dejar de lado la Palabra de Dios, fundamento de la fe de los creyentes, "cuando nos olvidamos de la Palabra suceden cosas totalmente raras, suceden olvidos, peleas, persecuciones, idolatrías, sucede cualquier desviación humana que no nos permite estar contantemente en relación con Dios", señaló. Muy amados y queridos hermanos y hermanas: Dentro de lo que varía cada domingo en nuestras celebraciones, es la lluvia, una vez más; la vamos sintiendo, mirando; no sin preocupación, porque si bien es cierto, la lluvia es un signo de vida, también puede convertirse en un signo de muerte, de desesperación para quienes sufren cuando esto es demasiado fuerte, demasiado prolongado. Vuelvo a repetir que queremos unirnos en oración escuchando la palabra del Señor a esos miles de hermanos en Bolivia que están sufriendo por las consecuencias de las inundaciones, pero también a otros miles de hermanos que están sufriendo por las sequías, son las contradicciones que encontramos en nuestra madre tierra, tan vapuleada y tan hecha discurso últimamente, cuando lo que nos interesa es defenderla de todo aquello que puede provocar estas situaciones. Por supuesto que nuestro recuerdo lleno de afecto y de cariño, de manera especial, de forma concreta hoy, vamos a solidarizarnos con todos los hermanos y hermanas de Haití y lo vamos y hacer a través de todo el país, de todo Bolivia que ha querido en esta jornada hacer oraciones mucho más intensas por ellos, por los que han muerto, por los que han perdido todo, por los que están todavía bajo los escombros. Un país pobre, golpeado por este fenómeno natural de manera fuerte sobrecogedora, un país que ha sufrido bastante y que sigue sufriendo y que seguramente va continuar sufriendo por haber sido casi como la concentración de la pobreza. El país más pobre de América Latina, le seguimos nosotros los Bolivianos en un país donde la situación humana era insoportable, viene a ser golpeado con esto y esto tiene que golpear nuestras conciencias, no es posible que mientras haya gente están totalmente libres de todos estos fenómenos naturales, lo pobres, los humildes, los sencillos sigan sufriendo las consecuencias de estos fenómenos de la naturaleza. La palabra de Dios es base y fundamento de la vida y de las relaciones entre Dios y nosotros Y hoy la palabra nos invita a tomarla más enserio. Los católicos no somos muy fuertes en eso de la palabra, y sin embargo esa es la base, el fundamento, tanto en el antiguo testamento como en el nuevo, la fe del cristiano, la fe del creyente, se fundamenta en la palabra de Dios, cuando nos olvidamos de esta palabra suceden cosas totalmente raras, suceden olvidos, suceden peleas, suceden persecuciones, suceden idolatrías, suceden cualquier desviación humana que no nos permite estar contantemente en relación con ese Dios que nos quiere siempre dignos y siempre con la cabeza levantada. Ahí está el pueblo de Israel, ya lo habíamos dicho el domingo pasado y vuelvo a repetirla; todavía desorientada por todo lo que habían vivido, por todo el sufrimiento, por todas las violaciones de la ley, por el olvido de la ley del Señor, porque se habían arrodillado ante los ídolos que le presentaban los paganos y no sabían como organizarse, entonces se organiza una jornada de oración, una jornada de reflexión volver a escuchar la ley del Dios, volver a sentir que este Dios en su reino, aparentemente dura es una ley que salva, una ley que da vida, una ley que causa alegría en quienes la escuchan con atención. Ahí está es sacerdote Esdras, convoca a hombres, mujeres y a todos los que tienen uso de razón, a todos los que son capaces de entender la palabra, de entender esta lectura; abre el libro y el pueblo se pone de pie, como lleno de remordimiento todavía, porque muchas veces lo dejó la palabra a un lado sin importarle nada, pero en esta jornada, en este día que es día del Señor, le dice el profeta, “en este día tenemos que escuchar la ley” y todos aceptan y todos dicen: amén, amén, que se haga esto, y se postran y lloran, y están alegres están en oración, están reflexionando; se les explica la escritura en muchas formas. Los levitas hacen su trabajo, la gente vuelve a recuperar el sentido y la vitalidad de la ley de Dios, que es una ley de vida, una ley de amor, una ley de reconciliación y de perdón. Y la gente llora de alegría, llora de arrepentimiento, entonces el sacerdote les va a decir: “Este es el día del Señor, aquí no caben, ni lutos, ni tristezas, no llantos” En el día del Señor tenemos que sentirnos alegres y felices, porque el Señor es la alegría nuestra que nos fortalece en todas partes y en todos los lugares. Una palabra escuchada para tener vida, no una vida de gente apática, de gente ensombrecida, sino una vida llena del gozo de saber que Dios está contento con su pueblo. La razón y sentido del templo El día de ayer me ha tocado la felicidad de consagrar un templo en la localidad de Minero, a ellos desde aquí nuestro saludo, y meditamos esta palabra: un nuevo templo es para eso, para congregarnos y escuchar la palabra, para volver a repensar, a reflexionar qué significa cada una de las cosas que el Señor nos dice, qué significa cada una de sus leyes, a qué nos convoca, a qué nos compromete, para que no seamos repetidores de palabras, sin vida, sin esperanza, sin alegría. Ojalá nuestros templos se puedan convertir así en un espacio donde nos vamos a recuperar esa esperanza llena de alegría. Esa es la característica nuestra, en medio de los dolores, de las inundaciones, de los terremotos, en medio de las amenazas que podamos tener a nuestra propia vida, en medio de las inseguridades que se multiplican por todos lados, el cristiano es el hombre o la mujer de esperanza, pero la esperanza alegre, no de esperanza envenenada, no de esperanza llena de egoísmo, sino la esperanza que es capaz de ponernos al servicio de los otros para poder compartir sus dolores y sufrimientos. Y en el evangelio también se nos va hablar de este anuncio de la Palabra. El evangelista Lucas ha tenido el cuidado de reunir todo lo que decían, lo que habían vivido los primeros cristianos y lo dice a su discípulo Teófilo: “Otros han escrito, pero yo también quiero hacerlo para recoger lo más grande, lo más hermoso, lo que ha sido experimentado por muchísimos de nosotros al comienzo del trabajo y de la misión del Señor, y esto lo hago para que se fortalezca la fe que tienen ustedes. Otra vez la palabra escrita o anunciada no por curiosidad, sino para fortalecer la fe, para reavivar la fe, para ponerla en marcha, para hacerla más comprometida, para que terminen esas ambigüedades de que cuando estamos bien estamos con Dios y cuando hay algún problema nos olvidamos de El o cuando estamos demasiado bien, con demasiadas distracciones nos olvidamos totalmente no sólo de Dios, sino de los valores que nos ha pedido que vivamos para que haya una verdadera fraternidad entre los hombres. Ir al templo y escuchar la Palabra implica asumir la misión de hijos de Dios Ahí está Lucas recogiendo ese pasaje extraordinario, el comienzo de la misión del Señor, el Señor que llega a su pueblo donde se había criado, que entra a la sinagoga, el Señor que se pone de pie para hacer la lectura, el Señor que lee el pasaje de Isaías, ese pasaje extraordinario que marca para siempre cuál es su misión y qué es lo que ha venido a hacer y que marca también para siempre cuál es la misión de los creyentes y que tenemos que hacer también nosotros hoy. “El Espíritu del Señor está sobre mí”. No es una misión cualquiera, no es una misión ficticia, no es una misión fruto de folclorismos raros, es una misión que le viene por el espíritu de vida, por el espíritu del Señor que lo unge y lo manda a dar buenas noticias. Evangelio significa eso, dar buenas noticias y darla especialmente a los pobres, generalmente aquellos que no reciben buenas noticias todas las veces, aquellos que normalmente son utilizados pero no participan de las auténticas felicidades que se prometen, aquellos que están al margen del camino, al margen de la vida; los que están atribulados, los que están atados a sus tradiciones, aquellos que están enceguecidos porque no ven, porque tienen problemas y dificultades, esos son los que van a recibir la buena noticia que trae el Señor y va inaugurar una nueva manera, un nuevo tiempo de gracia, de convivencia y de perdón. Este pasaje traído por Lucas tiene que llenarnos de alegría a nosotros, tiene que hacernos sentir que nuestro Dios, nuestro Padre, nuestro amigo, nuestro hermano, que viene lleno de una vida totalmente divina para compartirla con la vida humana, no viene con promesas falsas, no viene con objetos para encandilarnos, viene con toda la fuerza del espíritu para decirnos hoy comienza realmente la nueva vida, la vida de la libertad, la vida de la justicia, la vida del amor, la vida de la fraternidad que debe ser fuerte en medio de nuestras comunidades. El Espíritu del Señor, la Iglesia hoy también tiene que pedir ese espíritu, la Iglesia hoy tiene que decir con toda fuerza: Nuestro trabajo, nuestra palabra, nuestra orientación no son fruto de especulaciones individualistas, son el fruto del espíritu que nos comunica su palabra, su verdad y su amor para poder comunicarlas a los demás; la Iglesia tiene que volver a sentir que este espíritu tiene predilección por los que sufren, por los que han sufrido siempre, por los que están sufriendo ahora y por los que están amenazados por el sufrimiento, pese a los grandes cambios que pueden esperarse. La pobreza, el dolor, el sufrimiento, la inseguridad siguen siendo la herencia de los pobres y es importante que ellos sientan y capten que el evangelio viene a ser una palabra de vida, de esperanza y sobre todo, la certeza de que esto no puede continuar así si cada uno de los bautizados trabaja y se esfuerza por el bien de todos. Y cuando termina de leer el Señor se sienta y dice que todos estaban mirándolo, lo miraban admirados, lo miraban estupefactos o a lo mejor algunos no habían entendido nada; el Señor entonces les dice: “hoy se cumplen estas escrituras en medio de ustedes, hoy empieza la novedad”. No se trata de escuchar esta palabra y aprenderla de memoria, hay que sentir realmente el amor de Dios empezando hoy a cumplir su promesa de salvar a todos los hombres, de salvar a todos los pueblos. Este hoy vale también para nosotros, para nosotros cristianos, vale para la Iglesia, vale para quienes tienen buena voluntad. Hoy debe empezar la auténtica y definitiva salvación, aquella que no tiene ocaso, aquella que se prolonga en la eternidad, aquella que se hace realmente obra de Dios y no solamente invento humano, aquella que realmente nos va llevando de la mano hacia el encuentro definitivo con la vida, que es el encuentro definitivo con el amor. Nuestra solidaridad como Iglesia con el pueblo de Haití Nos toca, pues, como Iglesia, que somos hijos del Espíritu y tenemos que hacerlo de la forma más sencilla posible, hoy estamos convocados a mirar a los hermanos de Haití, con toda confianza, desde nuestra pobreza les damos lo que necesitamos, les enviamos todo nuestro cariño y nuestro afecto, pero también un signo de ese cariño, de ese afecto serán las colectas que se van a hacer hoy en todas las Iglesias de Bolivia. Será importante demostrar que este espíritu es vida para todos los ambientes, para terminar con las ilusiones pasajeras, para profundizar toda esperanza del pueblo, para que todo lo que hemos vivido ahora, tanto en las celebraciones de la toma de posesión del nuevo gobierno, realmente podamos decir que se cumplan todas esas promesas, pero que se las cumpla en esta perspectiva de Dios, todo para todos, a fin de que todos se sientan hijos de Dios y se sientan hermanos los unos de los otros. Esto es la riqueza espiritual que nos va permitir un pasado lleno de injusticias, no por olvidarlo, sino para no volverlo a repetir en nuestra historia. Hermanos y hermanas, que el Espíritu del Señor que convoca a la Iglesia a terminar con todos esos focos de pobreza, a terminar con todas esas amarguras que viven algunos hermanos, a terminar con las oscuridades de aquellos que no ven, todo esto no sea de momento, se prolongue a lo largo de todo este año de gracia del que habla el Señor: “He venido a iniciar un año de gracia, el año de la amistad con Dios, el año de la amistad con nosotros mismos”. ¿Será demasiado grande pedir esto hoy, que seamos miembros de un país que quiere amar todo el año a Dios, al Dios de la vida y de la verdad y que quiere también servir al prójimo con todo el corazón, con todo el alma, con todo el respeto que merece cada uno y cada una de las personas que tienen dignidad humana y que están salvados por el mismo Señor?. Que este sea nuestro deseo y nuestra oración. AMEN! |
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