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Maná 25.1.10.- El comentario general sobre la entronización de Evo Morales como Presidente del Estado Plurinacional de Bolivia, consagrado como el “Guía espiritual (en un Estado laico) de Bolivia y de los indígenas del mundo” es que se trata del verdadero, definitivo e irreversible fin de un ciclo histórico y el inicio de otro.
Lo del cambio, se ha repetido hasta la saciedad y, además es cierto. El hecho de que sea irrevocable ya es mucho decir, porque la historia camina sin detenerse y lo que hoy nace, mañana perece; lo que hoy brilla, mañana se apaga.Hay otros motivos que hacen dudar del dogmatismo indigenista proclamado en Tiwanaku: Ante todo porque Bolivia no es lo que quisieron mostrarnos los artífices de aquellos rituales celebrados en las doradas planicies altiplánicas. El resto del territorio nacional es diferente, verdean las pampas y los bosques sombreados regados por los ríos caudalosos; y sus habitantes también son diferentes. Segundo, porque Bolivia no es una isla perdida en medio un inmenso mundo cuya gente se mueve y se intercomunica más allá del nostálgico aymaro-centrismo. El atento lector sabrá encontrar otros motivos. Dado que los expertos no se ponen de acuerdo sobre la significación del ritual practicado en Tiwanaku, me permito recoger algunas hipótesis sobre el hecho. Se trataría, pues, de la materialización de nostalgias ancestrales de grupos autóctonos no integrados al mundo del siglo XXI. Este marco antropológico encierra el concepto de la divinidad que se le asigna al Inti, dios sobre todas las cosas creadas; el agua creadora de la vida; al fuego que purifica de la maldad y el humo que materializa el espíritu de oración a la Pachamama; la túnica blanca que viste el jefe consagrado lo distingue de los demás; el birrete doctoral de la sabiduría, los báculos o bastones de mando propios de la autoridad… Todos son signos que hay que interpretar. Pero comprueba que hay mucha imitación de la simbología religiosa. Para ser más auténtica y original la ceremonia, sólo faltó el degüello de una llama. Pero esto hubiese soliviantado a los protectores de animales y plantas. Para unos fue una solemne expresión religioso-política de la identidad originaria. Para otros fue una celebración apócrifa, pero muy chocante para la cultura estandarizada del mundo actual. Sin duda fue un suculento menú para periodistas y camarógrafos venidos de medio mundo. Algunos cinéfilos vieron en la celebración de Tiwanaku un cierto parecido a las espectaculares películas del productor norteamericano, Cecil B Miller. Aquellos films trataban de reproducir en forma grandilocuente, con derroche de cartón-piedra y miles de figurantes, hechos bíblicos de profundo dramatismo. Los más críticos resumen la entronización de Don Evo, como históricamente falseada porque fue diseñada especialmente para la ocasión; sociológicamente excluyente ya que se centró en supuestas tradiciones aymaras, al tiempo que ignoraba a los pueblos del Oriente; políticamente retrógrada por estar orientada hacia un pasado irretornable y no hacia un presente y futuro irrefrenable. Al final, una espléndida exhibición folklórica. |
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Maná 25.1.10.- 







