Gramunt: Chile cambia de rumbo Imprimir E-Mail
premiolibertad09.jpgManá 20.1.10.- Cualquiera que sea el tema que hoy vaya a comentar, no puedo eludir una dolorosa referencia a la caótica catástrofe que sufre el pueblo de Haití. No pudiendo hacer más, sí debo sentir y expresar mi profunda compasión, compasión por esa gente, los muertos y por los que salvaron la vida, por los que todavía sufrirán los efectos persistentes de la hecatombe. Junto a la compasión, la oración por todos ellos. Cumplido este deber de caridad, vamos al otro tema que ha suscitado la atención de América. El lector habrá adivinado que me refiero a los resultados de las elecciones en Chile. Quiero rescatar el robusto y maduro sentido de Estado demostrado por el pueblo chileno, auténticamente representado por los dos contrincantes que llegaron hasta el final de la carrera como gente de buenos propósitos y de fina educación. Pasados los años de plomo, el resultado electoral de Chile ha consolidado aún más —si cabe— la democracia institucional arraigada. Los malos recuerdos de Allende y de Pinochet que confrontaron a los chilenos hasta el odio y la muerte, han sido enterrados en las urnas del pasado domingo.

Tampoco hubo lamentaciones plañideras. La hasta ahora presidenta, Michelle Bachelet, se despide con más del 80% de popularidad. Eduardo Frei (con su 48% de votos) se va a su casa, aunque no renuncia a una oposición constructiva que ha empezado con recomendar al empresario- presidente-electo, Sebastián Piñera, que tenga muy presente la política social. Si bien la modernización chilena ha sido fulgurante en las últimas décadas, gracias a la apertura económica y a la buena administración, no puede olvidarse que todavía es uno de los países donde prevalece una inequitativa distribución de la riqueza. En los cuatro años de mandato —no hay reelección a la bolivariana— Piñera (51% de sufragios) tiene por delante el compromiso de disminuir sustancialmente las grandes diferencias entre los pocos muy ricos y la gran mayoría de pobres, que es una de las sombras más espesas de la sociedad chilena. Por ahí aparecen dos cifras que me dan vértigo: las empresas del mandatario electo se calculan en más de 2.000 millones de dólares. Y el patrimonio personal y declarado del ex presidente Frei es de cuatro millones de dólares.

Dólares aparte, tengo la impresión de que se está produciendo un cambio de “apellidos” a las tendencias políticas en curso. En los países políticamente más evolucionados, se han atenuado las diferencias y las confrontaciones. Hasta no hace mucho, la palabra “socialismo” se aplicaba a la izquierda pura y dura. Ahora, la izquierda (salvo la extrema) prefiere que la llamen “progresista”, término que resulta más amplio y menos excluyente. Así como la derecha “cavernícola” trata de ponerse al día y se hacer llamar “moderna” o “centro-derecha”.

En cuanto a las relaciones bilaterales entre Bolivia y Chile, no creo que vayan a cambiar sustancialmente. Ni de un lado ni del otro se ha madurado suficientemente el espíritu amplio, moderno y eficiente, de complementación e integración. La agenda de 13 puntos de la que se ha venido hablando el año pasado, no ha sido más que una cataplasma de algodón hidrófilo para cubrir la inoperancia de los intentos conciliadores.
 
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