Homilía: Una solidaridad fruto del respeto y cariño hacia el otro Imprimir E-Mail

cardenal2.jpgFoto: Archivo web
Maná 18.1.10.- En su homilía de este domingo el Cardenal Julio Terrazas ha convocado al pueblo católico a demostrar una verdadera solidaridad fruto del amor y respeto al hermano y no limitarse ha "ofrecer de las sobras que se tienen"; en esa misma linea el prelado exhortó también a la población ha celebrar unos carnavales con espíritu de sobriedad dejande de lado el derroche económico y pensando más bien en la colaboració con los otros.

En medio de la perplejidad y la desesperanza el encuentro con el Señor nos hace partícipes de la Fiesta de la Salvación


El evangelio y el mensaje de este domingo. Es un mensaje de fiesta, de alegría, de optimismo, de confianza en el Señor, un mensaje que parece contrario de lo que estamos viviendo en estos instantes, el  estremecimiento que nos ha causado lo ocurrido en Haití, con esa hermana República, con esa hermana Iglesia de nuestra América Latina y el Caribe.

 

Nuestro estremecimiento al ver tanto dolor, tanta muerte, tanta destrucción, tanta desesperanza, sin embargo el evangelio nos habla de fiesta. El mensaje del Señor va por allá, en esa perspectiva de levantar siempre el corazón hacía aquel que es capaz de dar explicaciones limpias, explicaciones al corazón del hombre donde se está construyendo la paz auténtica y verdadera.

 

Fiesta también, para nuestro país, a pesar de las dificultades que va atravesando por los fenómenos climáticos de estos días, con esos hermanos que están sufriendo, con esos campesinos que están azotados por las tempestades o por las inundaciones. Fiesta en medio de tantos signos de muerte, en medio de tantas dificultades y problemas a nosotros nos toca descubrir cuál es el paso del Señor en medio de estas dificultades.

 

Y acabamos de rezar en muestra oración pidiéndole a nuestro Dios, que El haga que todos nuestros días se afiancen en su paz, “que todos los días de nuestra vida se fundamenten en Tu paz”; esa es la oración que como Iglesia acabamos de hacer todos.

 

Hay la perplejidad de lo que cambia, de lo que ocurre y hay también la esperanza de que una paz nueva, auténtica, verdadera, una paz que abra horizontes a los corazones que están todavía destruidos por el dolor, una paz que sea capaz de ponernos en tono, en sintonía a fin de que nuestras oraciones y nuestra  solidaridad sean el fruto de un gran respeto, de un gran cariño, de un gran amor y que no demos a los que sufren lo que nos está sobrando en nuestras mesas.

 

LA FIESTA QUE EL SEÑOR CELEBRA CON SU PUEBLO MARCA UNA MANERA NUEVA DE ENCONTRARSE Y SER

 

“Por amor a Sion, no me quedaré callado” dice el profeta. “Por amor a Jerusalén no descansare de hablar y de gritar hasta que se manifieste la salvación del Señor en su pueblo” Está hablando de un pueblo caído, de un pueblo que sufre, de un pueblo que está abatido, de un pueblo desolado también, que allí el Profeta tiene necesidad de hablar de lo nuevo, de hablar de algo que  realmente no es una repetición de un pasado de dolor y de sufrimiento, sino el nacimiento de una nueva etapa, de una nueva era de amor, una nueva alianza, un nuevo pueblo unido sinceramente por el amor de Dios. La necesidad de hablar de lo nuevo, para que ya nadie pueda decirle a su pueblo que es una tierra devastada, una tierra destruida, para que nadie se burle de todo lo que había pasado esa tierra, dividida en dos grandes corrientes, pero sometida unánimemente a las fuerzas de los opresores de entonces.

 

Lo nuevo, ese es el cántico de esperanza, puede haber destrucción, puede haber devastación, puede haber terremotos que terminen con grandes grupos humanos, pero nuevo será siempre el surgimiento de la esperanza, de esa esperanza llena de amor, de confianza, de que esto no es una cosa eterna y que todos tenemos que trabajar para solucionarla en bien de aquellos que más lo necesitan.

 

 Te daré un nuevo nombre, esa es la novedad que trae el profeta a su pueblo. Dios le va a dar un nuevo nombre, va ser, como una corona real en las manos del Señor, va ser la preferida, la que va a recibir el cariño y el afecto de Dios, aquel cariño intimo propio de los esposos, aquel afecto lleno de solidaridad, de perdón, de reconciliación. Dios va a olvidar todo para comenzar de nuevo la relación con su pueblo.

 

Esta es la primera fiesta que nos anuncian las lecturas de hoy, la fiesta de recibir un nombre nuevo, algo totalmente distinto del pasado, algo que nos distingue también de los que prefieren caminar arrodillados delante de dioses o de ídolos que se multiplican que se crean a gusto del consumidor, algo que nos lleve otra vez más a constatar de que dependemos de un Dios que es amor, de un Dios que es perdón, de un Dios que ama con el amor más puro, con la intimidad más grande, con la certeza de que no nos va a engañar ni nos va a sacar del lugar que nos encontramos.

 

MARIA NOS INDICA LA CLAVE DE LA VOLUNTAD DEL PADRE: HAGAN LO QUE EL LES DIGA

 

De fiesta también nos habla el evangelio, de una boda en Caná, allí está María, está Jesús, allí están los discípulos invitados a esa fiesta. Como es toda fiesta se supone que todo está preparado, que todo está calculado que nada debería faltar, se supone que la preparación ha sido larga  y según la costumbre Judía una preparación minuciosa que nos lleva a decir que casi es imposible que haya faltado algo, sin embargo sí, estaba faltando algo, el vino, que es símbolo de la alegría, de la esperanza, que es símbolo del amor; estaba por aguarse la fiesta. Quién se da cuenta de ello? Es María, ella es la que percibe esta dificultad en la que están los nuevos esposos; ella es la que se da cuenta, pero no sólo se da cuenta y se pone a pensar qué hacer: Inmediatamente se va acercar a su Hijo para decirle: “No tienen vino”; si no tienen vino no hay fiesta, si no tienen vino no hay esperanza, si no tienen vino puede terminar todo esto en un desastre de odio, de rencores, de resentimientos, es la hora de actuar. Jesús le dice: “No ha llegado mi hora, yo no estoy para esto”, sin embargo la Virgen dice: “Hagan lo que El les diga”.

 

EL PRIMER SIGNO DEL SEÑOR INAUGURA LA NUEVA FIESTA QUE DEBE SER LA VIDA

 

Una fiesta que estaba a punto de terminar mal se va convertir en el inicio de una nueva manera de actuar de nuestro Dios. Jesús llama a los sirvientes y les dice: “Ahí están los cántaros para la purificación, esos cántaros con agua para cumplir las leyes mandadas antiguamente, símbolos de la ley antigua, de la ley para los que estaban bajo el dominio de esa ley desde hacía ya mucho tiempo, pero que no llegaba a purificar totalmente: Se lavaban las manos, se enjuagaban, se purificaban, pero cada vez que cometían una irregularidad debían repetir el gesto, ha llegado el momento de que esa alegría pasajera de estar limpio un momento termine y comience la alegría auténtica y verdadera que es la presencia de nuestro Dios, y ahí está el Señor les va decir: “Llenen de agua esos cántaros, llénenlos hasta el tope, esa es su ley, es lo que ustedes usan, pero ahora llévenla al mayordomo y el mayordomo se da cuenta que aquello ya no era agua, que aquello se había convertido en vino y vino del bueno y el mayordomo llama al novio y le dice: “Es costumbre que todos inviten un vino bueno al comienzo y cuando ya han tomado algunos vasos se les da del otro, pero tú en cambio estás haciendo todo lo contrario”. Ese vino nuevo es la novedad que trae el Nuevo Testamento, es la presencia del Señor que salva, es el inicio de una transformación total de la vida, se acaban las tristezas, se acaban los temores, se acaban las inseguridades, comienza una nueva etapa, no ya la que produce el agua con la que se pueden lavar, sino aquella alegría y aquel estado de constante amor que produce el vino bueno que el Señor reparte en abundancia a todos los fieles.

 

Es fiesta porque se manifiesta el comienzo de esta nueva etapa de la humanidad. No más sometimiento a la muerte y al dolor, sino salvación y redención abundante para todos.

 

Al final, el evangelista va señalar que este fue el primer signo de los muchos que iba realizar el señor a lo largo de su vida. Signos para que entienda el pueblo que está cambiando todo, signos de esperanza verdadera y auténtica, signos de una presencia de un Dios que nos ama, signos de una solidaridad que nos invita a compartir siempre, signo de que se va desencadenando todo aquello que nos aprisiona que es el pecado; signos que nos hace vivir ya desde ahora anticipadamente esa presencia de nuestro Dios, ese gozo de estar con El constantemente. Ha comenzado la salvación, el Señor está fundamentando su paz en medio de nosotros, no con palabras, no con regalos materiales, está fundamentando su paz con la presencia transformadora del Hijo que ha venido a borrar el pecado del mundo y que ha venido a iniciar la nueva etapa de las relaciones de Dios con el hombre.

 

LAS CAPACIDADS HUMANAS DEBEMOS PONERLA AL SERVICIO DEL BIEN DE TODOS

 

Para esta labor se necesita poner en práctica todas las capacidades humanas y está la carta a los corintios. San Pablo tiene que escribirle esta carta a los corintios porque comenzaba a haber dificultades en la comunidad: porqué hace esto, fulano, por qué no hace como yo esto, por qué esto está en mano del uno o del otro y no todos son los llamados a hacer lo mismo. Pablo les va decir: “Ciertamente hay diversidad de carismas, pero hay un solo espíritu, hay diversidad de ministerios, pero hay un solo Señor, hay diversidad de servicios, pero hay un solo Dios que obra todo en todos para bien de todos. Eso es lo importante.

 

Cuando hablamos de PLURALISMOS de tantas cosas hoy día, tenemos que saber que no todos tienen que hacer lo mismo y no todos están llamados a ejecutar las mismas funciones, no todos pueden ser autoridades ni todos tienen que ser súbditos, hay capacidades distribuidas en la Iglesia y en el mundo para bien y para concordia de los pueblos; hay carismas para unos que pueden hablar, para otros que pueden interpretar, para otros que pueden servir, para otros que tienen el don de profecía; hay los regalos de Dios, pero al fondo y al final, dice Pablo, todo eso es obra del mismo espíritu y El regala sus dones como quiere y a quien quiere siempre que estén al servicio de los demás.

 

Una fiesta organizada, una fiesta llena de amor que nos propone el Señor para salvarnos de las desesperanzas, de los fenómenos, de todo lo que pueda ocurrirnos, pero una fiesta que pueda llevarnos a compromisos claros.

 

SOLIDARIDAD CON EL PUEBLO DE HAITI Y LOS HERMANOS DEL CAMPO

 

Después de este mensaje tenemos que volver a pensar con amor, con cariño, con respeto, pero también con una rápida solidaridad en nuestros hermanos de Haití, no podemos darles lo que nos sobra, no podemos contentarnos con decir “Esto no lo necesito, que se lo lleven para allá, este peso me molesta”. No podemos quedarnos en esa situación tan pequeña, tan obtusa; tenemos que ser capaces de llevarle también a nuestro pueblo hermano la misma palabra del Señor hecha signo: “No te llamarán la devastada, no serás la tierra destruida, serás aquella que vuelva a ocupar un lugar en medio de nosotros con toda la dignidad que supone todo lo que se haga por el respeto humano. Ha sido un pueblo sufrido, un pueblo pobre como el nuestro, pero un pueblo también digno, porque allí se está jugando la dignidad humana que hoy por hoy está en mano de todos los pueblos del mundo, de todos los pueblos, especialmente de América Latina y El Caribe.

 

SOLIDARIDAD EN TIEMPO DE CARNAVAL

 

Hacer una solidaridad que nos lleve también a tomar actitudes de temperancia, a renunciar a ciertas cosas que no son absolutamente necesarias. Creemos en las fiestas, pero creemos que éstas serán mejores si se hace en el espíritu de compartir con el otro, de compartir lo que vamos a malgastar o que vamos a gastar, de acuerdo a nuestra conciencia, de compartirlo con aquellos. Que no sea una fiesta llena de vanidades, de cosas superfluas; aun aquellas que atañen al Estado, tienen que ser fiestas que se distingan por su sobriedad y sobre todo, en estos momentos, por un espíritu auténticamente fraterno con el pueblo de Haití y con tantos hermanos y hermanas que en Bolivia comienzan a sufrir también.

 

Todo tiene que revestirse de ese espíritu de sobriedad, aun las fiestas de carnaval, no basta decir que es un derroche de alegría, cuando también hay un derroche económico, cuando hay un derroche de falta de  colaboración con los otros. No podemos pues conformarnos con dar las migajas, es importante en este momento que el hecho de Haití y de nuestro pueblo nos llame a los católicos, a los creyentes a vivir de otra manera la fiesta del compartir, la fiesta de sentirse solidario con los otros, la fiesta de estar cerca del otro, pero de verdad, no a medias, no de mentiritas; de verdad, llevándoles a aquellos lo que necesitan, de aquella parte que a nosotros también nos podría convenir y sería necesario. AMEN!

 
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