Mons. Pérez: palabra. vida, gracia Imprimir E-Mail
nacimientoxto.jpgManá 4.1.10.- Para los cristianos católicos estamos todavía en Navidad. Este domingo es como una profundización de la fiesta de Navidad. El día 6 celebramos la fiesta de la Epifanía o Reyes Magos; esta fiesta es propiamente la fiesta de Navidad para los cristianos ortodoxos. Hoy el evangelio de Juan 1,1-18 vuelve a ser el mismo de la tercera misa de Navidad. Este prólogo del evangelio de Juan, es el mejor resumen teológico, no solamente del misterio de Dios hecho hombre – el misterio de la Navidad -, sino de toda la historia de la salvación.

El libro del Sirácida, llamado también el libro del Eclesiástico, podría decirse que prepara la lectura del evangelio de Juan, su prólogo nos habla de la sabiduría de Dios. La sabiduría de Dios, personificada, existe “desde el principio, antes de los siglos”. La sabiduría de Dios anuncia establecer su morada en el pueblo de Dios, Israel; iba a “echar raíces en un pueblo glorioso”. Esta era la causa de la alegría, pues los otros pueblos permanecían en la oscuridad. El pueblo era consciente de que la Palabra de Dios es la que les guiaba.

La alegría de los cristianos tiene que ser mayor aún que la del pueblo de las promesas, el pueblo de Israel, que vivía y creía que la sabiduría de Dios, habitaba en medio de ellos. Los cristianos creemos que Cristo, no solo vino a traernos la Palabra de Dios, sino que Él es la Palabra viviente de Dios. San Juan lo expresa claramente: “En el principio era la Palabra y la Palabra era Dios”. Nos habla de la preexistencia del Verbo – la Palabra – en el seno de Dios, como Palabra que ha creado todo.

Cristo nos revela a Dios, al Padre, y nos hace partícipes de la plenitud de su gracia y de su vida. Cristo es Palabra, Gracia, Vida. “En el misterio Santo que celebramos, Cristo, el Señor... se hace presente entre nosotros de un modo nuevo: el que era invisible en su naturaleza, se hace visible al adoptar la nuestra; el eterno comparte nuestra vida temporal... para asumir en sí todo lo creado, para reconstruir lo que está caído, para llamar de nuevo al reino de los cielos al hombre sumergido en el pecado” ( II Prefacio de Navidad).

Cristo nace para nuestra salvación, para darnos vida, gracia. “Ha nacido el Salvador para comunicarnos la vida divina”, “ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos”, así, justificados por su gracia, somos esperanza, herederos de la vida eterna”, son textos que hemos venido escuchando en nuestras celebraciones navideñas. Y, San Juan, en su Evangelio: “De su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia”, “a cuantos le recibieron les da poder para ser hijos de Dios”.

Es Dios quien actúa primero, quien se da, “por pura iniciativa suya” (Ef 1,6). El ha querido bendecirnos con toda clase de bendiciones: “¡Bendito sea Dios, Padre de Cristo Jesús nuestro Señor, que nos bendijo desde el cielo, en Cristo, con toda clase de bendiciones espirituales! (Ef 1,3)

Necesitamos de la gracia, de la bendición de Dios, pero a la vez debe haber una respuesta en nosotros sabiendo bendecir y alabar a Dios. La Navidad no puede quedar en sentimentalismos, el misterio que celebramos debe ayudarnos a penetrar en la profundidad del Dios lejano y presente, invisible pero visible en el Niño de Belén.

La Navidad nos invita a vivir la sabiduría de Dios mismo, a un nuevo estilo de vida, a una mayor comunión con el Hijo de Dios, la Palabra hecha carne, hecho hombre,”el Verbo se hizo carne”, dice San Juan. No es una divinización al estilo de los griegos, quienes en el colmo de su admiración elevaban a sus héroes a la categoría de los inmortales. No, el Verbo que se encarnó en el seno de María fue siempre Dios desde la eternidad. Aunque el Verbo se halla hecho hombre, participa de la obra creadora de Dios Padre.

La Palabra ilumina. Por ello, la llamamos Palabra, o Logos. La Palabra es la razón última o esencia de las cosas. La Palabra creó al mundo. Poner nombre a las cosas, como aparece en el Génesis, es ejercer total dominio sobre ellas. La Palabra descorre el velo de los grandes enigmas de la existencia. Los judíos anhelaban poder hablar con sabiduría. La ausencia de la Palabra nos introduce en el absurdo o bien en la ilogicidad.

La Palabra a pesar de que trae luz, muchas veces es rechazada. Así y todo, Dios se ha empeñado en elevar al hombre, le ha dado nueva vida y gracia con su vida al mundo. Por ello, de ahí nace una gran  recomendación, fuertemente válida, para los que celebramos la Navidad: Seguir creciendo en vida y gracia a través de Cristo y en Cristo, la Palabra.

Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
ARZOBISPO DE SUCRE
Domingo, 3 de enero 2010
 
< Anterior   Siguiente >