Carmelitas Descalzas: Si no fuera por Dios, sólo seríamos mujeres presas Imprimir E-Mail
carmelitaslp.jpgFoto: Las hermanas con sus familiares en el convento
Maná/La Razón 4.1.10.- Ave María Purísima”, saluda la mujer de la recepción, escondida tras un torno opaco de madera. Sin mostrar jamás su cara vuelve a girar la compuerta y ofrece la llave para abrir el locutorio. Es la recepción del convento San José de las hermanas Carmelitas, en la zona paceña de Cota Cota. Allí, escondido tras una valla de arbustos con figuras de llamas, se encuentra el edificio que es el hogar de las monjas de claustro.

carmelitas.jpg“Somos trece hermanas en el convento; aunque ahora tenemos a una prestada al monasterio de Potosí. Viajó para ayudar, allí son muy pocas”, explica la hermana María Ingrid de Jesús. La Madre Superiora le ha dado permiso para que interrumpa su rutina de silencio y hable con Escape. Ella, como sus compañeras, sólo puede conversar dos horas al día: una después del almuerzo y otra tras la cena.

“No es duro el claustro, ni el silencio porque estamos en constante diálogo con Dios. Él lo ilumina todo. Sino fuera por él sólo, seríamos mujeres encerradas”.

La necesidad no obedece la ley

 Tiene 29 años y hace 11 es parte de la congregación. Hasta hace algunos días, la hermana Ingrid era la más joven del convento.

Aparece en la entrevista ataviada con el hábito de las carmelitas paceñas: blanco y marrón. El tocado negro es señal de que ya ha pronunciado sus votos.

El locutorio del convento San José es una sala divida por unas rejas de madera que no impiden que se les vea la cara a las hermanas. “Aquí entramos en contacto con el mundo exterior. Vienen benefactores o personas que quieren hablar con nosotras”, aclara la hermana.

“Vivimos en claustro, pero podemos salir del monasterio en casos de necesidad. Sobre todo, por cuestiones de salud. Yo, por ejemplo, salgo dos veces todos los meses porque sufro migrañas fuertes”, relata con su voz suave.

“Tenemos una monja enfermera que se ocupa de nuestra hermana mayor. Ella dice que tiene 86 años, pero creemos que tiene 90 —susurra sonriendo —. Sufre de Alzheimer y la cuidamos con mucho cariño. Duerme todo el día, pero es un caso excepcional, ella tiene el permiso”.

Las monjas de claustro viven siguiendo tres votos: castidad, pobreza y obediencia. “El más difícil es el la obediencia porque fuera del convento todos estamos acostumbrados a hacer lo que queremos. Muchas mujeres han renunciado a su candidatura por no poder cumplir voto. Tienes que pedir permiso para todo lo que no sea seguir la rutina y el horario estricto”, cuenta.

Una historia de peregrinaje

La congregación de las Hermanas Carmelitas ha pasado por muchas dificultades a lo largo de su historia local. La orden religiosa llegó a La Paz en 1718 y se instaló en un edificio de calle Ballivián, en el casco viejo. Sin embargo, en la década de los 60 del siglo XX, las hermanas tuvieron que abandonarlo.

Desde entonces sufrieron varios peregrinajes. Primero,se alojaron tres meses en un colegio: “Eran vacaciones y por ello pudieron quedarse”, rememora la hermana Ingrid. Luego, estuvieron en el convento de Aranjuez durante diez años. “Era un lugar sin ventanas ni puertas, fue difícil mantener la clausura”, añade.

Durante estos años las monjas Carmelitas sobrevivían gracias a una granja de pollos. “Una enfermedad acabó con todas las aves que tenían. Después, ya aquí, hemos intentado criar animales, pero no fue rentable. La carne era más cara que la que se encuentra normalmente en el mercado porque nuestros animales visitaban al veterinario y estaban bien alimentados. Nuestros clientes eran, sobre todo, los extranjeros y las embajadas”, precisa la monja.

Las duras condiciones de vida en Aranjuez llegaron al corazón de las hermanas Concepcionistas, que ofrecieron a las Carmelitas una casa de hacienda de manera temporal. “Estuvimos allí cinco años. En 1979 se colocó la primera piedra de este convento de Cota Cota”. El 20 de julio de 1982 se realizó el traslado oficial.

Desde entonces es en el claustro sureño de San José donde las hermanas Carmelitas oran y trabajan en silencio.

Los principios: Ora et Labora

Las carmelitas paceñas hoy se dedican a la oración, elaboran hostias para la liturgia y bordan o pintan manteles. “Cada una de nosotras realiza su labor en función de sus habilidades. Yo, por ejemplo, soy incapaz de dar dos puntadas en bordado, pero puedo pintar lo que sea —lo dice en tono confidencial—. Aunque ahora me dedico por completo a hacer las hostias”.

La jornada en el claustro San José comienza a las cinco de la mañana. A lo largo del día, las labores acompañan a las oraciones y a los rezos de las monjas. “Nos guiamos por el calendario litúrgico: Adviento, Navidad, Tiempo Ordinario, Cuaresma, Pascua y Tiempo Ordinario antes de comenzar otra vez Adviento”, precisa la hermana Ingrid.

El trabajo y las obligaciones son fundamentales para el autosostenimiento de la congregación. “Hace años, cuando las hermanas se alojaban en el casco antiguo de la ciudad, elaboran canelones de carne. Pero ahora, estamos muy lejos como para que se acerque alguien a comprar”, señala la religiosa.

Esta lejanía no impide que las religiosas borden manteles y horneen deliciosas masitas, que ofrecen a las visitas, e incluso preparen dulces de frutas. “Tenemos una carpa con un pequeño huerto de verduras, ciruelos y durazneros, de los que recogemos los frutos y elaboramos dulce para todo el año. Este vez ya no nos quedan duraznos porque los han picoteado las aves”.

En los últimos años, el jardín de las hermanas se ha convertido en un zoológico. Por su fama de buenas, las monjitas constantemente se hacen cargo de animales cuyos dueños ya no pueden mantenerlos. “Una pareja nos trajo a su lorito que lo habían maltratado al cazarlo y en vez de ala tenía un muñón. Ahora tenemos dos loros, pollos, un chancho, perritos, conejos, dos burras y hasta una tortuga del oriente. La verdad no sé muy bien cómo sobrevive (la tortuga), pero lo hace”, recrea entre risas moderadas.

La paz dentro de los muros sagrados no impide que haya una ración de información sobre el mundo exterior. “Los jueves por la noche vemos las noticias en la televisión. No es algo estricto, si hay algún acontecimiento importante también vemos la tele. Por ejemplo, el día de las elecciones, aunque fue domingo, la vimos para enterarnos de quién había ganado. Y todos los fines de semana recibimos el periódico aquí en el monasterio”.

Y no es la única información que comparten: “Todos los días leemos novedades que hayan sido emitidas por la Iglesia y también L’Osservattore Romano. Así nos enteramos de lo que pasa a nuestro alrededor”.

Dios por encima de todo

“A veces he sentido tentaciones de estar fuera porque mi mamá está enferma y soy la única hija —la hermana María Ingrid de Jesús ahora suspira apenas—. Me gustaría poder cuidarla y estar con ella. Pero, he elegido a Dios aún a costa de mi mamá”.

No obstante, su elección nunca tuvo dudas: “Entré al convento cuando tenía 18 años. Sentí el llamado de Dios. Al igual que otras chicas se pueden enamorar de algún joven, yo me enamoré de Jesucristo y decidí dedicar mi vida entera Él”. No todos han entendido su vocación: “A veces mi familia creía que estaba loca. También me decían que estaba perdiendo mi tiempo y que mejor ayudaba a mi mamá (...) pero, yo he elegido a la contemplación”.

La entrevista ha concluido. La hermana María Ingrid de Jesús ha invertido en la entrevista su cupo diario de dos horas de conversación. Se despide cariñosamente y sin dejar de sonreír confiesa: “Soy feliz viviendo aquí”.

 
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