Mana 31.12.09.- El primero de enero es fiesta para todos. Es, ni más ni menos, el inicio del año civil y, esto, crea en cada uno un clima muy especial, propio para darse cuenta que la vida continúa para los que aún disfrutamos de ella, de invitación espontánea para evaluar lo que vivimos, lo que queremos y lo que está en el futuro. Lo que solemos decir de “año nuevo, vida nueva” nos llama a un constante desafío.
Para los cristianos, es la octava de la Navidad, fue el día en que José y María hicieron circuncidar a Jesús, el Hijo de Dios y le impusieron el nombre que el ángel habría ordenado: “le impondrás por nombre Jesús” (Mt.1,21; Lc1,31). Pero especialmente, hoy celebramos la solemnidad de Santa María Madre de Dios. Es el recuerdo de la Madre en la fiesta del Hijo.
Hoy, también celebramos la Jornada de Oración por la Paz que muy bien podría motivar el gesto de la paz que nos damos en cada una de las eucaristías. Y la primera lectura nos invita a ello. La bendición de Aarón al pueblo de Israel y al nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, es la que en nuestras celebraciones deseamos que venga sobre nosotros: “Que el Señor los bendiga y les guarde: vuelva su mirada a ustedes y les conceda la paz”.
El tema de esta Jornada es: “Si quieres cultivar la paz, custodia la creación”. Este tema quiere suscitar una toma de conciencia sobre el estrecho lazo existente en este mundo tan globalizado e interrelacionado entre la salvaguardia de la creación y el cultivo de la paz.
La Liturgia pone a este primer día del año en que oramos por la paz, bajo la mirada maternal de María, la Madre de Dios. Nuestra mirada se vuelca sobre Aquella que fue el instrumento elegido por Dios mismo para que Jesús se hiciera nuestro Redentor y Salvador. Por María vino la paz al mundo. A Cristo le llama la Sagrada Escritura, “el Príncipe de la Paz”. ¡Qué grande fue la alegría que sentimos en la ciudad de Jerusalén, al oír de labios del Ministro de Turismo, Señor Stas Misezhnikov llamar a Cristo “Príncipe de la Paz”. Los 170 obispos reunidos, en “Tierra Santa”, prorrumpieron con un estrepitoso aplauso.
El efecto principal de la Navidad es que Dios se ha introducido para siempre en nuestra historia, que dejando su grandeza tomó nuestra naturaleza humana. Que ha puesto en paz el cielo y la tierra, el creador y las criaturas. Por ello, nuestra relación con Dios no es sólo de criaturas, y mucho menos aún de esclavos. El Hijo de Dios se ha hecho nuestro hermano para que nosotros seamos hijos de la familia de Dios, pues dice Pablo: “De manera que ya no eres esclavo, sino hijo, y también heredero por gracia de Dios”. (Gal. 4, 7).
Al iniciar el año, nos viene bien reafirmar esta verdad: somos hijos en la familia de Dios y hermanos los unos de los otros. Podremos ser insultados, calumniados, vivir en pobreza, faltos de salud, pero, lo que nadie podrá quitarnos es que somos hijos de la familia de Dios, que Dios nos anima, hasta el punto de darnos a su Hijo, Cristo Jesús. Esta certeza que nos da la fe cristiana, es a la vez, una seguridad psicológica que nos acompañará en este año 2010. La paz interior nos llevará a ser instrumento de paz, es lo que hará que respetemos y amemos no solo a las personas, como hermanos, como hijos del mismo Padre, sino que sepamos ver en las criaturas: el agua, el aire, el sol, la luna... que han salido de la mano de Dios.
Debemos ir a los orígenes de la existencia humana. Para ello entremos en el encanto de la narración que nos hace el Génesis. Dios ordena su creación con miras a una meta. Dios vio que todo lo que hizo era bueno. Y el hombre muy bueno. Todo viene de las manos de Dios; el sol y la luna, los días y las noches, las plantas y los animales. Pero, por encima de todo, el hombre y la mujer, son creados a “imagen y semejanza de Dios”. El hombre no existe para sí mismo, sino para Dios. Somos fruto del amor apasionado de Dios.
Dios nos quiere desde el primer día de la creación. Nos dio todo, lo creó todo para nuestro servicio. No hemos sido hechos principalmente para amar a Dios cuanto para que Dios pueda amarnos. Dios nos busca siempre y nos ha hecho los administradores de lo creado. Las cosas son criaturas salidas de las manos de Dios, pero nosotros hemos sido llamados por el Creador para estar en el punto de unión entre Dios y el Cosmos. Para Dios somos todo, y Dios nos lo ha dado todo. Un filósofo ateo decía: “También Dios tiene su infierno: el hombre”. Dios vio al hacer a la persona humana que su obra era muy buena. Por ello, desde el principio de la creación tiene una sed profunda por el hombre.
De ahí, la preocupación del Papa y la invitación que hace en esta Jornada de la Paz, unido también a la preocupación de gran parte de la humanidad que deseando la paz, debe custodiar la creación “este lazo estrecho e íntimo se pone cada vez más de relieve a causa de numerosos problemas que conciernen al ambiente natural del ser humano, como el uso de los recursos, los cambios climáticos, la aplicación y el uso de la biotecnología, el crecimiento demográfico. Si la familia humana no afronta estos nuevos desafíos con un renovado sentido de justicia social y de solidaridad internacional, se corre el riesgo de sembrar violencia entre los pueblos y entre las generaciones presentes y futuras”.
El Papa en su mensaje “subraya la urgencia de que la tutela del ambiente constituya un desafío para la humanidad entera: se trata del deber, común y universal, de respetar un bien colectivo, destinado a todos ustedes, pidiendo que se pueda hacer impunemente uso de las diferentes categorías de seres como se quiera”.
Es necesario que nos percatemos de que “la cuestión ecológica no se debe afrontar solo por las terribles perspectivas de la degradación ambiental, sino que tiene que traducirse, sobre todo, en un motivo serio para cultivar la paz”.
Queridos hermanos y hermanas, haciendo propia la bendición litúrgica de la Misa de este primer día del año pido que;”El Dios, fuente y origen de toda bendición les conceda su gracia, les proteja durante este año que hoy comenzamos, les mantenga íntegros en la fe, inconmovibles en la esperanza y perseverantes en la caridad. Les conceda un feliz y prospero año nuevo, escuche sus súplicas y les lleve a la vida eterna”.
Jesús Pérez Rodríguez O.F.M.
ARZOBISPO DE SUCRE y
Vicepresidente de la CEB
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