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| Virgen de la Dulce Espera |
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Se trata de una advocación de antigua data, cuyos orígenes se pierden en la historia del cristianismo primitivo con profundas raíces bíblicas. Ya en el Antiguo Testamento el profeta Isaías anuncia la gran señal divina de la doncella encinta que dará a luz un hijo que será llamado “Emmanuel”, que significa “Dios con nosotros” (Is 7, 14). Está profecía se cumplió plenamente en la Virgen María, en cuyo ovocito virginal, habilitado por la energía de la Santísima Rúaj (Espíritu), se encarnó el Hijo eterno del Padre, permaneciendo en el seno materno durante nueve meses hasta el momento del parto e iniciando así una vida humana similar a nosotros (Lc Lc 1, 35). A partir de ese momento inefable María se convirtió en la mujer privilegiada, colaboradora íntima de la encarnación, el gran misterio de la religión cristiana, que abre el estricto monoteísmo judaico y el islámico hacia una nueva visión del Dios Familia Trinitaria. Isabel será la primera gran devota de la Virgen de la Dulce Espera, proclamándola como la madre del Señor, la mujer bendecida por encima de todas las mujeres por el fruto de su vientre (Lc 1, 39), siendo esta exclamación la que ha dado origen al “Ave María”, la oración mariana más popular en la Iglesia Católica. Por ello no es de extrañar que ya desde los primeros tiempos surgiera entre los fieles una gran devoción a la Virgen encinta, tanto en Oriente como en Occidente. De hecho la fiesta de la Encarnación, el 25 de marzo, señalaba el comienzo del embarazo de María cuyo término fue el 25 de diciembre. Sin embargo al caer normalmente esa fiesta en Cuaresma, tiempo eminentemente penitencial, surgió el deseo de celebrarla en el adviento, tiempo más propio de la preparación a la Navidad. En el año 656, los obispos de la región hispánica, reunidos en el X Concilio de Toledo, recogiendo la devoción ya existente en muchas otras iglesias, establecieron el día octavo antes de la Navidad como fiesta en honor de la Virgen Madre, manteniendo también la fiesta de la Encarnación. Con el tiempo esta fiesta se expandió tomando los nombres de la Expectación del parto, de la Virgen de la Esperanza y también de la Virgen de la O, este último título en razón del vientre redondeado de la madre gestante y también por las oraciones de las vísperas en la liturgia de las horas que a partir del 18 de diciembre comienzan con las exclamaciones de ¡Oh Sabiduría!, ¡Oh Señor!,… ¡Oh Emmanuel, ven!, con el ruego insistente de que nazca ya el Salvador. Aunque algunas tendencias más rigoristas trataron de suprimir las imágenes de la Virgen gestante por considerarla menos apropiada, la devoción siguió expandiéndose y fue trasplantada también a las tierras latinoamericanas. En México la Virgen de Guadalupe, emperatriz de las Américas está encinta. La devoción de la Virgen de la Dulce espera se celebra hoy en varios países, Perú, Argentina y Paraguay entre otros. También ha llegado a Bolivia en La Paz, Oruro, Cochabamba y otras ciudades. Se la invoca como Patrona de las mamás gestantes que acuden a Ella pidiendo por el feliz término del embarazo y también como Protectora de las niñas y niños por nacer. Dada la grave amenaza del aborto, al mayor genocidio a escala mundial, la devoción de la Virgen de la Dulce Espera ha adquirido una importancia capital. Pidamos a la Virgen de la Dulce Espera para que no permita que Bolivia siga el mal ejemplo de países, como España, que, desconociendo la dignidad humana desde la concepción, han anulado el derecho a la vida de las niñas y niños por nacer, dejándolo al arbitrio de sus madres gestantes. Fomentemos la práctica, cada vez más extendida, de celebrar el 25 de cada mes una Eucaristía con la bendición de las mamás y papás que están esperando y desean consagrar a sus infantes para protegerles de todo mal. |
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Ilustración.- Virgen de la Dulce Espera







