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Foto: Catedral de Sucre
Maná 14.12.09.- Homilía de Mons. Jesús Pérez, Arzobispo de Sucre pronunciada en la Eucaristía del 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción y clausura del VI sinodo diocesano.
Mons. Simón Bolívar Sánchez Carrión, agradezco su presencia, pues ella nos hace vivir la comunión con el Santo Padre, Benedicto XVI. A través de usted, quiero hacer llegar nuestra gratitud más profunda al Santo Padre por su bendición y, así mismo, expresar nuestra devoción filial a él. Nuestra firme decisión de mantener la mayor comunión posible. Además valorar la valentía extraordinaria del Papa para defender la vida, la verdad y la ortodoxia de la fe. Así mismo, gratitud por su valioso magisterio y las tres cartas encíclicas que ha dado a la Iglesia.
Agradezco a los hermanos obispos que nos acompañan en este evento tan especial que marcará la historia de la Iglesia de Sucre, la Iglesia chuquisaqueña.
Con el gozo de ser hijos de la Iglesia y bajo la mirada amorosa de nuestra madre celestial, la Virgen Santísima, en la advocación de la Inmaculada Concepción, Patrona de esta Iglesia, la Arquidiócesis de Sucre, clausuramos el VI Sínodo, que iniciáramos el 8 de diciembre de 2004.
Al dirigir mi primer mensaje para el Sínodo les decía: “Que a lo largo de todo este proceso reine en nuestro interior la CONFIANZA y la ESPERANZA”. Así mismo, añadía: “Es tiempo de CONFIANZA, CRECIMIENTO, RENOVACIÓN, ACTUALIZACION, FORTALEZA y LIBRE DE TODO MIEDO”. Creo que un buen número de sacerdotes, religiosos y laicos han vivido esto y ha nacido en miles de miembros del pueblo de Dios ser parte activa en la renovación de nuestra Iglesia.
Esta realidad gozosa nos impele hoy a rendir nuestra gratitud a Dios que nos ha concedido la gracia de sentirnos llamados a ser Iglesia y a trabajar en ella, en la seguridad de que vivir el gozo de ser Iglesia, es vivir el Reino de Dios aquí y ahora.
Al celebrar hoy la solemnidad de la Inmaculada Concepción, la Iglesia universal y, esta nuestra Iglesia, en Chuquisaca, se llena de gozo por el singular privilegio de estar bajo su maternal protección. La Inmaculada es la liberada de toda mancha de pecado, del pecado original, Ella es la “llena de gracia” y por ello, sin pecado.
La Concepción Inmaculada de María, señaló el final de la esclavitud a la que todo mortal está sujeto por el pecado, iniciándose, un proceso de liberación y de nueva vida para la humanidad. María en su privilegio de ser concebida sin pecado, es el inicio de la salvación, es la aurora de una vida nueva. Con María llega una nueva luz, pues de Ella nació Cristo, Sol de justicia y de paz.
Al exaltar a María, rendimos homenaje a Dios que la hizo pura y bella. Ella es obra de la gracia divina, Por ello, esta fiesta no puede detenerse en alabanzas, tanto a Ella, cuanto a Dios que es el autor de tanta belleza. Sino que debe llevarnos a un protagonismo renovador de nuestra Iglesia.
María Inmaculada es la primera obra de la redención de Cristo. A cada uno de nosotros le ha venido la salvación con el Sacramento del Bautismo, el cual nos ha dado la vida divina y nos ha liberado del pecado. María además fue redimida de manera única como primicia de la salvación final.
La narración que nos presenta el Génesis nos habla de la promesa de salvación que Dios nos dió en los orígenes de la historia. La descendencia de la mujer quebrantará la cabeza de Satanás. Esta mujer es María. Madre del Redentor y Salvador de la humanidad entera.
En María vemos el llamado a la santidad, a la pureza del alma y cuerpo, pues como Pablo nos ha dicho en la segunda lectura “fuimos llamados antes de la creación del mundo para ser santos e irreprochables en la presencia del Señor” (Ef. 1,4). Por esto el mejor culto a nuestra Madre será la lucha permanente por enmarcarnos en el proyecto del Hijo.
Todos, María y nosotros, llamados por Dios a ser santos. La gracia que hizo que María no se viera manchada por el pecado original, es la misma que nos limpió de todo pecado en el Bautismo. El Espíritu Santo que hizo a María Madre de Dios, encarnándose el Hijo del Padre en su seno, es el mismo que hemos recibido todos.
María liberada del pecado desde el instante de su concepción estaba capacitada para responder generosamente al plan de Dios con un SI, radical, generoso y comprometido “Hágase en mí su voluntad” (Lc. 1,38). Este SÍ nos pide sumarnos a la aceptación del plan salvífico de Cristo.
María es así la aurora de la salvación, el modelo del cumplimiento de la voluntad de Dios, la primera discípula, la discípula misionera, el modelo de la Iglesia, modélica en dar respuesta a la solicitud del Señor y no solo una respuesta teórica sino práctica y comprometida.
El Ángel le saluda diciéndole: “Dios te salve, llena de Gracia”. Esa gracia que adornó a María desde el momento de su concepción, florece en la encarnación, por la aceptación de la voluntad del Padre, haciéndole su Madre.
La figura de María aceptando la voluntad del Padre, el plan de Dios, nos interpela a nosotros y, a la vez, nos llama en esta hora de Aparecida y del VI Sínodo, a dejar encarnarse a Dios en nosotros y a colaborar como María en esta nueva presencia de Dios, en la Iglesia de Chuquisaca proyectándose proféticamente a responder a los nuevos desafíos de la nueva realidad.
Sabemos que Dios no está fuera del mundo, mirando con una especie de fría indiferencia, Dios está accionando en la historia humana, pero esta presencia de Dios se hará más visible, si cada uno la hace presente con su vida y con su palabra, si entramos en el ritmo de la Misión Permanente, siendo discípulos Misioneros a tiempo completo, testimoniando permanentemente los “beneficios” de nuestra fe al mundo entero.
La encarnación del Hijo de Dios en María trae el encuentro de Dios con la persona humana, de tal manera que Dios busca a cada persona, la llama para encontrarse con ella. La fe es un encuentro con Dios a través de Cristo, en la oración sencilla pero al mismo tiempo intensa que refleja el amor que sentimos por nuestro Salvador.
Es la fe, por el encuentro con Cristo que nos llama a ser responsables en el anuncio de Cristo, a buscar y comunicarlo a los hermanos, a ser misioneros. En esta hora en que clausuramos el VI Sínodo, el mensaje de la encarnación recobra nuevo vigor, debe cobrar nueva fuerza. Es urgente, es hora de anunciar a Cristo en todos los ambientes, llegando sin miedo al testimonio claro de la redención y salvación que Dios ofrece a todos. No debiera existir tristeza alguna en el cristiano, sino la de no comunicarlo a los demás y la de no compartir el gozo de ser Iglesia.
María Inmaculada es la puerta a la vida, a la salvación, a la santidad, pues al hacerla Dios libre del pecado original la preparó para darnos al Salvador. Ella nos enseña a cooperar al plan de salvación con la autoridad de madre que sólo busca el bien de los hijos.
Dios quiere entrar en cada uno para hacernos santos y discípulos de Cristo. Dios sigue presente en nuestras vidas como aquel día ante las ventanas cerradas, para salvarnos y entrar por el menor resquicio. Hemos sido elegidos para ser Iglesia e Iglesia Santa.
Agradezco a Dios el regalo inmenso del VI Sínodo, a nuestra Madre la Santísima Virgen y, a todos, por su colaboración tan eficaz, especialmente a la Comisión Central sin los cuales no se hubiera llevado a cabo una obra de tal magnitud. Especialmente agradezco a los que han orado con tanta insistencia.
Ahora, empezamos una nueva etapa: llevar a la vida todas las orientaciones y determinaciones del Sínodo. Hay que hacerlo con mayor decisión y con mayor entrega aún, que esta etapa que hoy finalizamos. Por ello, les convoco a todos a vivir el espíritu del VI Sínodo y la Misión Permanente, siendo discípulos misioneros. Adelante, siempre adelante. Gracias porque sé que lo van a hacer.
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