La Roca firme Imprimir E-Mail

sanpedro.jpgSistema Maná 1.7.09.-  El 29 de junio viene marcado en el calendario cristiano con la festividad de Pedro y Pablo, apóstoles de Jesús de Nazareth. Las dos figuras más fundamentales del mensaje cristiano que encauzaron la Iglesia hasta nuestros días.

 

Pedro nació en Betsaida, una aldea marinera en la rivera occidental del Tiberiades, Israel. Su nombre original era Simón; fue Cristo quien lo llamó Cefas, o sea, Pedro y, esto en razón a la misión que tendría que desempeñar en la Iglesia. Pedro significa: Piedra o roca. “Tú te llamarás Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Y a ti te daré las llaves del Reino de los Cielos” (Mt 16,19). El es la roca firme de la Iglesia.

 

sanpablo.jpgPablo nació en la ciudad de Tarso, en el Asia Menor, quizás unos diez años después del nacimiento de Cristo. El primer nombre era Saulo. Fue educado en la escuela de los fariseos. De joven fue a Jerusalén a especializarse en Sagrada Escritura. Saulo salió de Jerusalén a Damasco para apresar a  los seguidores de Cristo. Al entrar en Damasco, oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo ¿Por qué me persigues?”. Él preguntó: “¿Quién eres tú?”. La voz le dijo: “Yo soy Jesús al que tú persigues”. Vuelve Pablo a preguntar: “Señor, ¿Qué quieres que yo haga?”. Aquí se produjo la conversión de Pablo, dejando el judaísmo y haciéndose discípulo de Jesús.

 

Una antigua antífona se expresa de esta forma: “Hoy subió al patíbulo de la Cruz Simón Pedro; hoy partió gozoso a unirse con Cristo el llavero del Reino Celestial; hoy el apóstol Pablo, lumbrera del orbo terráqueo, doblando la cabeza, fue coronado con el martirio por Jesucristo”.

 

A lo largo del año paulino –junio 2008 a junio 2009- la Iglesia ha sido beneficiada con esta acertada decisión de Benedicto XVI, pues, sin duda, hemos ahondado en la doctrina que el apóstol San Pablo vierte en sus cartas; ellas son de una profundidad enorme que día tras día iluminan la vida de los discípulos de Jesús de entonces como hoy también.

 

Nos resulta bien edificante, para algunos, quizás, sorprendente, que lo primero que escribe Pablo a sus comunidades es, siempre, una oración. Sólo en un caso, la carta a los Gálatas, el apóstol ha renunciado a la oración inicial; entonces no le faltaban buenas razones (Gál 1,6-10). Pero la excepción confirma la regla: Pablo inicia sus cartas rezando. Tal era la forma usual de abrir una carta en su tiempo; pero el apóstol aprovechó esa costumbre epistolar para aludir a la temática que más le importaba desarrollar, de paso, su estado de ánimo. Esta característica de la correspondencia paulina descubre un rasgo fundamental de la vocación apostólica. Para Pablo pensar en los suyos le llevaba a pensar en el Dios que se los había dado: hablarles como enviado de Dios le imponía hablar con el Dios que le enviaba, enfrentarse con sus destinatarios lo suponía tener que afrontar al Dios que le había destinado; querer saber de los suyos le hacía saberse de Dios.

 

En el día de los apóstoles Pedro y Pablo celebramos el día del Papa. El Papa es sucesor de Pedro, no de Cristo. De Cristo  es vicario, en la tierra. Es muy provechoso recordar también la actitud tan humilde de Benedicto XVI, en esta línea paulina. Dice en una de sus homilías: “Cuando el mundo en su totalidad se transforme en liturgia de Dios, cuando su realidad, se transforme en adoración, entonces alcanzará su meta, entonces estará salvado. Este es el objetivo último de la misión apostólica de San Pablo y de nuestra misión. A este ministerio nos llama el Señor. Roguemos en esta hora para que él nos ayude a ejercerlo como es preciso y a convertirnos en verdaderos liturgos”.

 

Pedro y Pablo fueron apasionados por Cristo. Sólo quien se apasiona por una idea, mucho más por una persona, la lleva adelante. También nosotros estamos llamados a ser apasionados discípulos misioneros del Reino que Cristo ha instaurado en el mundo. Lo que Pablo le llenaba de ardor y entusiasmo, “me amó y se entregó por mi” (Gál 2,20) nos debe impulsar a todos en la Misión Permanente.

 

En esta festividad de Pedro y Pablo reafirmemos nuestra eclesialidad, nuestra catolicidad. Hagamos nuestra profesión de fe en la Iglesia a quien Cristo le prometió su asistencia, “Yo estaré con ustedes hasta el final de la historia” (Mt 28, 20b). Así  mismo, oremos de manera especial en este día por el Papa, como lo hacía la primitiva Iglesia por Pedro, mientras se encontraba en la cárcel, la Iglesia oraba insistentemente por él (Cfr. Hch 4,24-26).

 

 

+Jesús Pérez Rodríguez, OFM.

ARZOBISPO DE SUCRE

 
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