Que bueno es ser Cura

p.arrazola.stacruzFoto. p. Raul Arrázola en la marcha indigena
Iglesia Viva/Campanas 27.4.2012// Fiel a su personalidad franca, directa y sencilla, el P. Raúl Arrázola Gutiérrez ha querido compartir con ustedes queridos lectores, su testimonio vocacional. El P. Raúl lleva más de 25 años de sacerdocio y en estas breves líneas nos cuenta cómo ha sido el camino que lo lleva a decir hoy por hoy “Ha valido la pena ser sacerdote, estoy contento de serlo”. Disfruten de este testimonio.

En este día que se nos presenta la imagen de Cristo Buen Pastor, modelo y guía del rebaño, en esta jornada de oración por las vocaciones al ministerio sacerdotal y la vida consagrada, me siento impulsado a animarlos a orar y sentir como suya esta necesidad de la iglesia y para ello comparto con ustedes mi testimonio como sacerdote y lo que ha significado para mí y para la comunidad esta opción de vida.

El modelo de nuestro sacerdocio es El Buen Pastor que da la vida hasta el extremo y que nos abre a una dimensión eterna y trascendente. No es una ideología limitada, es una propuesta integral que no acaba en esta vida, ni en un periodo o con un hombre.

El pastor es el que da la vida, cuida y mantiene unido al rebaño y en este momento, cuando se habla tanto de la carencia de guías y líderes, de conductores que han perdido el rumbo, que son egoístas y que sólo se interesan en su vigencia personal antes que en el bien común, necesitamos de guías que no nos defrauden, que sean coherentes y para ello la figura de Cristo el Buen pastor es fundamental, es una visión trascendente que nos guía a una realización total.

Llevo más de 25 años como sacerdote, tratando hacer presente El Reino de Dios en las comunidades cristianas. En todo este tiempo nunca me he arrepentido de mi decisión, me siento realizado, valorado y gratificado.

Ha valido la pena ser sacerdote, estoy contento de serlo. He trabajado en parroquias del campo y la ciudad, he celebrado los sacramentos, he tratado de enseñar, predicar y realizar una evangelización integral, preocupándome por las diferentes dimensiones de la vida. He acompañado a grupos de niños, jóvenes y mayores, he trabajado con campesinos e indígenas en su lucha por su dignidad y sus derechos. Me ha tocado labrar el campo, hacer de constructor, a veces de psicólogo en la cárcel, ayudando a estos hermanos marginados a rehacer sus vidas y a dar sus primeros pasos vacilantes y llenos de frustraciones al salir en libertad. He llegado a frecuentar los bares donde ellos se encontraban.

He asistido a enfermos, he ayudado a buscar recursos para su recuperación, he rezado con ellos y con sus familias en los momentos difíciles, he preparado niños y jóvenes para los sacramentos para acercarlos al Señor y a su buena noticia, orando con ellos. He acompañado a los jóvenes estudiantes a realizar su discernimiento y proyecto de vida, he escuchado a las parejas en sus problemas, hemos buscado juntos caminos de solución, he festejado con las familias la vida en matrimonios, bautismos, bendiciones. Me ha tocado bendecir emprendimientos y empresas en los que la gente deposita todo su esfuerzo y sus esperanzas. He acompañado a los pobres, escuchándolos en sus necesidades de trabajo, educación para sus hijos, soledad y falta de sentido a la vida. He acompañado a mucha gente en sus momentos de dolor y luto, estando con ellos y celebrando la esperanza cristiana.

Este no es solo mi testimonio, es la historia de todos los sacerdotes que ustedes conocen y aprecian. Son los que construyen escuelas, albergues, los que atienden a los niños, a los abandonados, los que dan alimento en los comedores populares, los que construyen viviendas para la gente y que cada domingo nos anuncian, celebran y hacen presente al Señor Resucitado. Ellos son los que con su ministerio son sal, luz y fermento en nuestros ambientes. Ellos se llaman P. Alfredo, P. Octavio, P. Rodolfo, P. Jorge, P. Nicolás, P. Julio, P. Sergio y muchos otros que dan la vida en esta Iglesia que camina junto al pueblo y quiere hacer presente a Jesús El Buen Pastor que siente compasión de todos.

El sacerdocio es algo por lo que vale la pena gastar la vida.
Es la mejor forma de realizar sueños e ideales, de contribuir a nuestra comunidad cristiana, a nuestra sociedad, hacer aportes para el bien común de forma desinteresada, es la manera realizar la utopía del Reino de Dios. Es la mejor herencia que podemos dejarle a la comunidad en este mundo tan materialista, individualista en el que muchas veces nos sentimos llamados e interpelados para hacer algo para cambiarlo y mejorarlo y construir la civilización del amor.

Los sacerdotes somos hombres de esta tierra y a ella nos debemos. Y para comprender mejor esta dimensión les recuerdo la carta a los Hebreos 5, 1-3: “Consciente de que ha sido tomado de entre los hombres para ser constituido a favor de los hombres en lo que se refiere a Dios; capaz de comprender a ignorantes y extraviados, porque también él está envuelto en flaquezas”.

Es la conciencia de los propios límites la que ayuda al sacerdote a comprender a los demás. El sacerdote sabe que si quiere lavar los pies de los demás y ser el servidor de todos como Cristo, no puede colocarse por encima ni más arriba de los demás. Qué vocación tan grande y peculiar es la del sacerdote.

Con el sacerdocio se abren las puertas para hacer el bien, al estilo de Jesús que pasó por la vida haciendo el bien, sanando y curando a los enfermos. Es el camino para realizar la utopía de las bienaventuranzas.

En este día les hago una llamado ferviente a tomar conciencia de la necesidad de más ministros para la Iglesia, que deben salir de las familias, de entre la juventud, de entre los niños que frecuentan los colegios católicos y otras comunidades cristianas. Este es un llamado a todos quienes buscan dar un sentido profundo de entrega y de servicio a sus vidas.

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