Por una sociedad más justa, equitativa y fraterna    

Iglesia Viva 05.02.18//“Hoy necesitamos discípulos misioneros de Jesús capaces de sanar el mundo de la política para que sea un lugar de servicio a la comunidad y no de poder en beneficio propio; capaces de reconvertir el mundo de la economía en oportunidad de crecimiento digno y justo; comprometidos en amar y preservar la creación porque es el don de Dios para los hombres de hoy y de mañana”, alentó Monseñor Eugenio Scarpellini, Obispo de El Alto en la eucaristía dominical desde la Basílica Menor de San Francisco.

V Domingo del Tiempo durante el año – 2018 – ciclo B

Jesús, el misionero de la misericordia del Padre

Las lecturas de hoy son como un espejo en el cual nos vemos reflejados: con nuestra vida, a veces agobiada por sufrimientos, dificultades y enfermedades, estamos frente a Dios.

La figura emblemática de Job es la descripción de la miseria, de la condición humana. “La vida del hombre – dice – es un trabajo duro, es similar a la de un esclavo, sus días pasan aprisa; la vida es un soplo”. En el momento de la desgracia todos lo abandonan y se burlan de él y su confianza es puesta a prueba porque Dios parece haberlo olvidado.

En el Evangelio Jesús está frente a la condición humana llena de miserias, ansiosa de una palabra de esperanza, de alguien en quien confiar para enfrentar los sufrimientos de cada día. Jesús enfrenta todo tipo de enfermedades: físicas como la fiebre, o espiritual como la posesión diabólica o el hambre de una Buena Noticia.

Estamos contemplando en síntesis el estilo de la misión de Jesús durante su primer ministerio en Galilea: sanar a los enfermos, predicar el Reino y vivir la intimidad con el Padre por medio de la oración. El Evangelio de hoy, de hecho, no habla sólo de las curaciones realizadas por Jesús, sino también de su oración antes del amanecer, de su deseo de llegar a todos y de su predicación en las aldeas cercanas, “porque para eso he salido del Padre” dice Jesús.

La Buena Noticia, la evangelización pasa por la predicación, el anuncio explícito del Reino y por el ejercicio de la caridad, la promoción humana. Y todo eso es de suma urgencia como se nos dice en la segunda lectura, donde Pablo afirma: “¡Ay de mí si no predico el Evangelio!”

Anuncio de la Buena Noticia y ejercicio de la caridad son parte de la misión de Jesús y de nuestra misión: hacer presente en el mundo el Reino de Dios. El Anuncio “tiene un contenido social: en el corazón mismo del Evangelio está la vida en comunidad, en la sociedad y el compromiso con los otros. El contenido del primer anuncio tiene una inmediata repercusión moral cuyo centro es la caridad” (cfr. Evangelii Gaudium 177).

Lo que Jesús anunciaba era el amor del Padre para con sus hijos, era la misericordiosa actitud del perdón para el pecador arrepentido, era la cercanía, la solidaridad con los pobres. Esto era el Reino de Dios anunciado por Jesús. Por eso, de parte nuestra, hoy, se trata de anunciar a Dios que reina en el mundo. En la medida en que Él logre reinar entre nosotros, la vida social será ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos.

Las lecturas de hoy indican un camino para nosotros, para nuestra Iglesia.

Después de un día intenso con la gente, Jesús quiere estar a solas con sus discípulos. Pero los discípulos le dicen a Jesús: “Todo el mundo te busca” Y la respuesta de Jesús: “Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido”

La preocupación de Jesús es “predicar”, anunciar la buena noticia a todos los pueblos y aldeas. Su corazón está abierto a todos, Él siente la urgencia de llegar a todos.

El paso de Jesús por las aldeas de Israel fue una especie de alivio infinito, de consolación, de gozo para el alma de su gente. No es de extrañar que los que tuvieron la oportunidad de encontrarse directamente con Jesús se acercasen a él con la esperanza de que les cure de sus dolencias, de todas sus dolencias, de las del cuerpo y de las del alma.

Hoy somos nosotros esa presencia salvadora de Dios en el mundo. Ha puesto en nuestras manos la misión de dar esperanza y vida a los hombres y mujeres de nuestro tiempo que viven agobiados por el dolor, la pobreza o la injusticia. Hoy los cristianos tenemos que decir con Pablo (segunda lectura): “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!”. Al igual que el apóstol San Pablo es nuestra responsabilidad “anunciar a Jesucristo, muerto y resucitado, revelación definitiva de Dios para que en su amor los seres humanos encuentren la salvación” (Instrumentum laboris, 250).

Estamos ya próximos a la celebración del V CAM donde reflexionaremos sobre la identidad misionera de la Iglesia y de cada bautizado: es responsabilidad de cada bautizado ser hoy misionero del Padre, salir a las aldeas del mundo donde hay gente esperando una palabra, un mensaje que dé sentido a su vida, donde hay sufrimiento, angustia, cansancio, pero también esfuerzo para seguir adelante.

Pero Jesús no se limitaba a predicar; estuvo atento a la realidad que fue encontrando. El anuncio del Reino está vinculado a su actividad liberadora en favor de los oprimidos y excluidos, de los enfermos y marginados, es un compromiso para un mundo nuevo.

Papa Francisco en la Evangelii Gaudium (187) insiste mucho sobre este compromiso: “La Iglesia, guiada por el Evangelio de la misericordia y por el amor al hombre, escucha el clamor por la justicia y quiere responder a él con todas sus fuerzas… Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo… Hacer oídos sordos a ese clamor, cuando nosotros somos los instrumentos de Dios para escuchar al pobre, nos sitúa fuera de la voluntad del Padre y de su proyecto del Reino”.

Nos preocupa y escandaliza el hecho que, en lugar de acercarse con respeto a los sencillos y pobres, a las comunidades alejadas y abandonadas, a los que sufren inclemencias de la naturaleza, se quiera aprovechar de ellos, se intente manipular su conciencia e instrumentalizar su situación. Esta es la peor discriminación que sufren los pobres. A ellos estamos llamados a llegar con la verdad en la mano, con la solidaridad generosa, con la promoción respetuosa de su persona y dignidad para que sean realmente sujetos de una sociedad más justa, más equitativa y más fraterna.

Por eso hoy necesitamos discípulos misioneros de Jesús capaces de sanar el mundo de la política para que sea un lugar de servicio a la comunidad y no de poder en beneficio propio; capaces de reconvertir el mundo de la economía en oportunidad de crecimiento digno y justo; comprometidos en amar y preservar la creación porque es el don de Dios para los hombres de hoy y de mañana.

En la jornada y en el estilo de la misión de Jesús hay un tercer componente importante: el tiempo dedicado a la oración: Jesús se retiraba a solas para estar con el Padre. Es allí que mantiene vivo y siente el amor del Padre, está en comunión con su misión y encuentra el ímpetu misionero para llegar a los hombres, de manera especial a los pobres, sanarlos y salvarlos.

Queridos hermanos, demos tiempo a la oración para que nuestras palabras sean portadoras de buenas noticias y nuestras acciones sean presencia del amor de Dios con nuestros hermanos.

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