Renacimiento de Jesús

Por: P. Miguel Manzanera SJ
Iglesia Viva 29.01.2018. Dentro del calendario litúrgico de la Iglesia Católica el ciclo de la Navidad se cierra con la fiesta del Bautismo de Jesús. Para algunas personas este cierre es demasiado abrupto y no respeta la cronología de los días navideños. En efecto, Jesús no fue bautizado siendo niño, sino únicamente circuncidado como se hacía según la Ley de Moisés. Recibió el bautismo ya en edad adulta con unos treinta o más años. A esta observación se responde indicando que el calendario de la Iglesia no pretende – y ni siquiera podría – seguir un orden cronológico exacto de la vida de Jesús. Pero, además, hay una relación profunda entre las fiestas de la Navidad y del Bautismo de Jesús que puede y debe iluminar la esencia de nuestra vida cristiana.
El bautismo que administraba Juan el Bautista no era el sacramento, tal como hoy celebra la Iglesia. Consistía fundamentalmente en un baño simbólico. Quienes deseaban ser bautizados se arrepentían públicamente de sus pecados. Luego Juan les sumergía de espaldas unos instantes en las aguas del río Jordán y finalmente los sacaba para que respirasen de nuevo. Con ello se simbolizaba el propósito de morir al pecado y de renacer limpios a una vida nueva. De hecho en la religión hindú hay un rito similar. El agua es el medio más comúnmente utilizado por el hombre para lavarse y limpiarse de la suciedad corporal. Muchas personas de diversas clases sociales acudían al llamado de Juan, recibían el baño del agua y salían reconfortados con la esperanza de cambiar de vida y de ser perdonados por la gracia divina. Así se liberaban del terrible castigo anunciado por Juan al profetizar la inminente llegada del Mesías, el Ungido por Dios (Mt 3, 11-15).
Jesús, aunque no había cometido pecado, se sometió al rito del bautismo cargando solidariamente los pecados de su pueblo. Juan, aunque en un primer momento se resiste a bautizar a Jesús, ya que sabía que era inocente, sin embargo obedeció la orden del mismo Jesús para cumplir toda justicia. Como premio de ese gesto supremo de humildad y solidaridad, Dios reveló públicamente la identidad de su Hijo. Al resurgir éste del agua, se abrió la bóveda del cielo, lugar donde según la cosmovisión judía habitaba Dios. Desde lo alto descendió la Rúaj (Espíritu), visibilizada como una paloma que se posaba sobre Jesús, oyéndose una voz que decía: “Éste es mi Hijo amado en quien me complazco”. Con ello se reveló la filiación divina de Jesús, simbolizada por el renacer de agua y de Rúaj (Espíritu).
Jesús mismo, poco después, quiso desvelar este misterio al magistrado Nicodemo. Le declara que el que no renazca de agua y de Rúaj, no puede entrar en el Reino de Dios. Nicodemo torpemente entendió que había que volver a nacer desde el seno de la madre terrena. Pero Jesús hablaba en el sentido profundo de renacer de la Madre Divina en el bautismo, adquiriendo así una nueva identidad. No es fácil entender este misterio sin la iluminación de la misma Rúaj Divina que sopla donde quiere y cómo quiere (Jn 3, 5-8). Con ello Jesús reveló su identidad trinitaria divina como Hijo del Padre y de la Madre. Esta generación eterna de algún modo se reproduce en la historia, al encarnarse el Hijo en el seno de la Virgen María (Jn 1, 14). Este gran misterio sólo puede ser comprendido gracias a la inspiración de la Sabiduría Divina.
El bautismo de Jesús nos ofrece a todos los hombres la posibilidad de renacer con una nueva filiación divina más allá de los parentescos de la carne. Debemos, pues, vivir y profundizar este gran misterio. Ojalá aprovechemos esa oportunidad que el Señor nos da para comprender y vivir el infinito amor de la Familia Trinitaria, manifestado en la Sagrada Familia de Nazaret y renovado en la Familia de la Iglesia que brota de la unión de los Corazones de Jesús y de María.

José Howard Rivera Fernández

Nacido el 29 de marzo de 1967

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