Vivamos la alegría del amor de Dios en cada familia

Iglesia Viva 8.1.2018. ¿La alegría del Amor de Dios se vive en la Familia?, se pregunta Mons. Antonio Reiman, Obispo del Vicariato Ñuflo de Chávez, en su mensaje por el mes de enero de la publicación El Mensajero, a tiempo de dar gracias a Dios por el testimonio de tantas familias que viven los valores fundamentales, en medio de tantas amenazas.
Hoy queremos dar gracias a Dios por aquellas familias que a pesar de las dificultades, día a día se esfuerzan en seguir los pasos de la Sagrada Familia de Nazaret. Y no se cansan de promover el dialogo, la escucha a Dios en la oración familiar y en las relaciones mutuas. Es así como descubren que los lazos de comunión entre los miembros que componen la unidad familiar necesitan abrazar a otras personas en situaciones, muchas veces, límite. La familia no puede cerrarse en sí misma sin atender a su propio entorno, asegura Mons. Reimann en su mensaje.

El domingo 31 de diciembre, celebramos la Fiesta de la Sagrada Familia de Jesús, María y José. Ya desde la segunda semana de adviento, dedicada a la Familia, con el lema: “La alegría del Amor de Dios se vive en la Familia” nos hemos ido preparando a dar gracias a Dios por la Familia de Nazaret, pues a través de ella, el misterio del amor de Dios quiso involucrarse en nuestra historia familiar.
No es de extrañar que a lo largo de los siglos, el optar por vivir el amor del Dios de la Vida en el seno de la Familia, haya encontrado resistencia por parte de aquellos que no buscan el amor de Dios que dignifica la persona humana, sino que buscan, sobre todo, sus propios intereses egoístas. Particularmente en nuestros tiempos, se constata que la desintegración familiar es una realidad común en muchas familias.

Hoy queremos dar gracias a Dios por aquellas familias que a pesar de las dificultades, día a día se esfuerzan en seguir los pasos de la Sagrada Familia de Nazaret. Y no se cansan de promover el dialogo, la escucha a Dios en la oración familiar y en las relaciones mutuas. Es así como descubren que los lazos de comunión entre los miembros que componen la unidad familiar necesitan abrazar a otras personas en situaciones, mu-chas veces, límite. La familia no puede cerrarse en sí misma sin atender a su propio entorno. El verdadero amor, cuanto más profundo, más se expande. Como observamos en la piedra que se arroja a lo hondo de la laguna: según desciende se abre en círculos concéntricos ilimitados, mucho más grandes cuanta mayor profundidad alcanza en el lanzamiento. Una familia que vive la realidad cotidiana desde la fe, necesariamente hace visible su amor por el servicio y la solidaridad con los más necesitados. Sin juzgar, sabe establecer relaciones con el que vive al lado, conoce en el trabajo o decididamente va a buscar porque desea que otros tengan la oportunidad de vivir felices.
Por eso, no podemos olvidarnos de tantas familias donde no se toma en cuenta el ejemplo que nos deja la Familia de Nazaret. Donde predomina la preocupación egoísta por el bienestar material; donde la fidelidad matrimonial es burlada, y la corresponsabilidad por la educación cristiana de los hijos perdió la batalla al pactar con comportamientos de libertinaje y permisivismo. Entre las consecuencias que fácilmente nos indican esta desintegración son el crecimiento del número de familias afectadas por el consumo de alcohol, de droga o por la dependencia del “mundo digital”.
La Conferencia Episcopal Boliviana, en su mensaje de Navidad, nos invita a la esperanza: “A pesar de esta situación, nada debe ensombrecer lo más importante: la fe en Dios, en su nacimiento en el mundo y la confianza en la capacidad de acogida de esta Buena Noticia en cada familia boliviana, que sabrá decidir en conciencia”.
Nos preguntamos: ¿Cómo promover la fe y la acogida de esta Buena Noticia en cada hogar en este Año Nuevo 2018?
Pienso que no podemos y no debemos sólo quedarnos en diagnósticos, en denuncias, en formulaciones de objetivos. Es prioridad de nuestro plan Pastoral el fortalecer precisamente a la Familia y a los Jóvenes.
¿Qué hacer…?
En la Asamblea Pastoral de noviembre pasado determinamos, que en los meses de febrero y marzo de 2018, se realicen en cada parroquia las Asambleas Parroquiales para poder asumir las prioridades zonales y palparlo como compromiso en torno a la Palabra, la Misión y la Misericordia dentro del ambiente familiar y juvenil. Creo que es importante para que los párrocos animen en este tiempo a muchas familias y a los jóvenes, para que se hagan presentes en la Asamblea parroquial, y que de ellos nazcan los compromisos concretos que abran caminos nuevos hacia las familias que sufren y hacia los jóvenes desconectados con la vida parroquial.
Debemos seriamente preguntarnos: ¿Qué nos falta para que la Pastoral Familiar tenga la característica de una pastoral familiar en salida? ¿Cómo y cuándo realizar las salidas hacia las familias donde predomina el abandono de los hijos por parte de sus padres, las familias donde existe permanente violación de los derechos humanos? ¿Cómo salimos al encuentro de las mujeres jóvenes embarazadas a quienes la reciente legislación estatal permite realizar el aborto, sin que medie ningún tipo de protección para el bebé que se encuentra en gestación?
Similares preguntas podríamos hacer con relación a los jóvenes. En todo caso, no se trata de aumentar las preguntas, sería mejor asumir sólo una de ellas, y descubrir el milagro del amor de Dios circulando a través de nosotros hacia estas periferias humanas. Porque al final de la vida, sólo contará el amor… y, sólo el amor de Dios que hemos dejado circular en la vida, es creíble y nos salvará.
Dios Padre de toda bondad, nos queremos poner en tus manos en este año que comienza. Imploramos tu misericordia, haz que nuestra fe en ti se traduzca en amor misericordioso hacia nuestros hermanos/as que sufren, así como lo hizo la madre de tu Hijo, María, que también es nuestra madre.
Es eso lo que de todo el corazón les deseo para este Año Nuevo 2018. ¡Dios les bendiga!
+Antonio Bonifacio Reimann, OFM

José Howard Rivera Fernández

Nacido el 29 de marzo de 1967

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