El bautismo nos hace hijos de Dios y hermanos entre nosotros

Iglesia Viva 8.1.2018. En el domingo, Fiesta del Bautismo del Señor, Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz, profundiza en el sentido de nuestro bautismo y las consecuencias del mismo en nuestra vida personal y social.
Al recibir el bautismo, nosotros somos regenerados a la vida nueva de hijos de Dios, nos hacemos hermanos de Cristo y hermanos entre nosotros, miembros de la Iglesia, nuevo pueblo de Dios y asociados a su misma misión: anunciar y testimoniar la Buena Noticia del Reino de Dios. El Bautismo es el gran don que Cristo nos ha dado a los cristianos, por eso no debemos vivirlo pasivamente como simple legado de la tradición, sino apreciarlo en toda su magnitud, acogerlo y vivirlo consciente y personalmente con gratitud y entrega, aseguró Mons. Sergio Gualberti.

En Navidad Dios se hizo hombre para nuestra salvación
Con este domingo del Bautismo de Jesús, termina el tiempo de Navidad, en el que hemos contemplado y celebrado el misterio del amor de nuestro Dios manifestado en su Hijo, hecho hombre como nosotros, para nuestra salvación.

Jesús se bautiza antes de iniciar su misión pública
El Evangelio nos presenta a Jesús que antes de iniciar su misón pública, llega a orillas del río Jordán, donde Juan el Bautista predica la conversión y bautiza a mucha gente. Este bautismo de inmersión en las aguas del río, es solo un gesto de penitencia pública, expresión de la voluntad de purificación de los pecados. Muchos pecadores acuden donde el Bautista, se arrepienten de sus pecados y se hacen bautizar, como primer paso del cambio de actitud e inicio de una nueva vida conforme a la voluntad de Dios.

Jesus se hace bautizar por solidaridad con el ser humano
¿Por qué Jesús que es sin pecado alguno y por tanto no necesita bautismo,se pone en la fila de los penitentes para hacerse bautizar como un pecador más? Con este paso Él expresa su voluntad de solidarizarse con nuestra suerte humana y de asumir sobre sí nuestros límites y debilidades, dando así una señal clara de su potestad de perdonar los pecados y vencer a las fuerzas del mal.

Con su bautismo, Jesús abre los cielos, morada de Dios
Esta escena del bautismo de Jesús es acompañada por signos que nos ayudan a entrar en el misterio de su persona y de su misión. “Al salir del agua, vio que los cielos se abren”. Los cielos representan el lugar de la morada de Dios que, por el pecado original, se había cerrado al ser humano, imposibilitando la relación entre ambos.

Con su bautismo, Jesús instaura comunicación entre el hombre y Dios.
Al momento en que Jesús sale del agua, los cielos se rasgan, y gracias a la comunión plena de Él con la voluntad del Padre, se vuelve a instaurar la comunicación entre nosotros con Dios y se nos abren las puertas de la esperanza y de la alegría de poder participar de su vida.

La misión central de Jesús: Solidaridad con el ser humano y fidelidad al Padre.
“El Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma”. Es el Espíritu de la nueva creación, expresado en el símbolo de la paloma, que, desendiendo sobre Jesús, lo presenta como el Mesías habilitado para instaurar el reino de Dios. Jesús, desde ese momento hasta su muerte en cruz, llevará toda su misión centrada en dos puntos firmes: la solidaridad con nuestra condición humana y la fidelidad al Padre.

Por Jesús, hombre nuevo, todos somos salvados y tenemos vida nueva
“Y una voz desde el cielo dijo:- Tu eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección”. Dios presenta solemnemente a Jesús como su Hijo muy querido en quién ha puesto todo su amor, el primogénito de una multitud de hermanos, el hombre nuevo por quien todos los seres humanos somos salvados y tenemos acceso a la vida nueva.

El bautismo, primer signo de iniciación cristiana y comunión de Vida con Dios
Las primeras comunidades cristianas, por los signos del bautismo de Jesús, lo reconocieron como el nuevo Moisés que inauguró el nuevo Exodo, la definitiva liberación del mal y del pecado en cumplimiento del proyecto salvífico de Dios. Ellos, desde los inicios, practicaron el bautismo como el primer signo de la iniciación cristiana, el sacramento de la gracia que libera del pecado y del mal y que abre a la comunión de Vida con Dios, dejando su testimonio de fe a todas las siguientes generaciones de cristianos.

El bautismo nos hace hermanos de Dios y hermanos entre nosotros
Al recibir el bautismo, nosotros somos regenerados a la vida nueva de hijos de Dios, nos hacemos hermanos suyos y hermanos entre nosotros, miembros de la Iglesia, nuevo pueblo de Dios y asociados a su misma misión: anunciar y testimoniar la Buena Noticia del Reino de Dios. El Bautismo es el gran don que Cristo nos ha dado a los cristianos, por eso no debemos vivirlo pasivamente como simple legado de la tradición, sino apreciarlo en toda su magnitud, acogerlo y vivirlo consciente y personalmente con gratitud y entrega.

Dios respeta nuestra libertad, no nos obliga a creer en Él, ni a seguirlo
Vivir el bautismo es experimentar la vida nueva de hijos e instaurar nuevas relaciones con Dios, con un trato propio del amor entre Padre e hijos. Relación de amor, porque el Señor respeta nuestra libertad, no nos obliga a creer en Él, ni mucho menos nos asusta ni nos presiona para que le sigamos. Nosotros llegamos a creer en Dios no por miedo al castigo o por interés, sino porque cautivados por las tantas pruebas de amor que derrama con abundancia en nuestra existencia, aunque a menudo pasan desapercibidas porque estamos encerrados en nuestro yo, porque distraídos por tantas banalidades y ocupados por otros afectos e intereses.

Por el bautismo somos iguales sin discriminacion ni supremacía
Vivir el bautismo exige también vivir como hermanos, con igual dignidad, entre nosotros sin discriminación ni supremacía de ningún tipo, porque todos somos fruto del amor de Dios que nos ha creado y del amor de Cristo que nos ha redimido.

No somos sueltos y aislados, sino miembros del pueblo de Dios
Vivir el bautismo es participar de la vida de la familia más grande, la Iglesia, ser miembros activos de nuestra comunidad eclesial, de la parroquia como los primeros cristianos que al convertirse se incorporaban a la comunidad de los apóstoles. No somos cristianos sueltos y aislados, sino miembros del pueblo de Dios y del cuerpo de Cristo.

José Howard Rivera Fernández

Nacido el 29 de marzo de 1967

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