“No podemos pensar de aparentar en la vida pública y ser totalmente diferentes en la vida privada”

Iglesia Viva 06.11.17//Aseguró Mons. Eugenio Scarpellini, Obispo de la Diócesis de El Alto la mañana de este domingo 5 de noviembre, en la eucaristía desde la Basílica Menor de San Francisco de la ciudad de La Paz. El obispo instó a las autoridades de la Iglesia, del Estado, padres de familia, educadores y quien tenga una responsabilidad con la sociedad a orientar con el ejemplo.

Audio y texto de la Homilía:

“Ser maestros creíbles y testigos verdaderos”

XXXI Domingo durante el año

Todas los textos de la Escritura que la liturgia nos hace escuchar durante el año, se dirigen siempre y por igual a todos los creyentes: al sacerdote que proclama y a la gente que la oye proclamada.

Es importante evitar la tentación de utilizar o manipular la Palabra de Dios para apuntar el dedo contra alguien o contra la comunidad en general. El ejemplo clásico es cuando alguien increpa a la gente diciendo: “Ay de ustedes, pecadores”, en lugar de “ay de nosotros pecadores”; “Arrepiéntanse de sus pecados”, en lugar de “arrepintámonos de nuestros pecados”. Es importante, frente a la Palabra de Dios hacernos más conscientes que todos somos “oyentes”, todos somos pecadores, todos somos “ovejitas” llamados a dejarnos conducir y reconciliar por el Padre misericordioso.

Para profundizar esta actitud, la liturgia de hoy contiene una invitación discreta, pero clara dirigida principalmente a nosotros los sacerdotes; es una invitación a la autocrítica que tenemos que aceptar con sinceridad y humildad, y que nos tiene que llevar a un examen de conciencia frente a ustedes, el pueblo de Dios.

La palabra de Jesús contiene dos partes: una denuncia y una exhortación. La denuncia pone en evidencia los defectos: la incoherencia y la hipocresía. La incoherencia: los fariseos y maestros de la ley “dicen y no hacen; atan cargas pesadas sobre los hombros de las personas, pero ni siquiera quieren tocarlas con un dedo”. La hipocresía y ostentación: “todas sus obras las hacen para hacerse admirar por los hombres; ensanchan sus filacterias, quieren ser reverenciados, saludados”.

Jesús denunció los escribas y los fariseos de su tiempo. Pero como Iglesia, debemos claramente aplicar las palabras de Jesús a los líderes y pastores de la Nueva Alianza, es decir a nosotros, los sacerdotes de Cristo y la forma con que actuamos ante los fieles y para los fieles.

Hemos dicho que Jesús denuncia la incoherencia y la hipocresía: lastimosamente nadie puede negar que también son actitudes presentes a veces en la vida de nosotros los pastores, actitudes que quitan credibilidad a nuestro testimonio. Debemos reconocer que nos ocupamos de las cosas santas, explicamos a la gente las magníficas palabras de Jesús, hablamos de la misericordia y la bondad hacia los demás y, en la práctica, nos encontramos a menudo insensibles y tajantes. Hablamos de desapego, de la libertad de las cosas, intereses, dinero, y luego nos vemos obligados a admitir que en algunas de nuestras acciones, también nosotros estamos enredados en todas estas cosas. Hasta la presencia de algunos laicos con su vida sencilla y evangélica se vuelve para nosotros un monito fuerte, aunque doloroso.

En esta situación debemos ver la mano del Señor que nos conduce, que pone al descubierto nuestras llagas para sanarlas; nos hace sentir humildes y conscientes de nuestra realidad; nos hace perder esa falsa seguridad en la predicación de la Palabra de Dios, aplicando a nosotros mismos lo que decimos a nuestra comunidad.

Si bien esta reflexión me la aplico justamente a mi persona y a mi ministerio, tengo también que decir que está dirigida a cada uno de nosotros, porque todos tenemos una responsabilidad frente a los demás: como padres hablamos a nuestros hijos, quien tiene una responsabilidad en la sociedad debe orientar e indicar el camino de la verdad, los educadores forjamos la vida de los niños y jóvenes con nuestras palabras, pero de manera especial con nuestro ejemplo. Más alto es el lugar que ocupamos y más grande es nuestra responsabilidad con nuestros hermanos en vivir una vida fiel y coherente. Se escucha a veces, que no se debe mezclar la vida privada con la vida pública de una persona. Esta es una gran aberración y equivocación. No podemos pensar de aparentar en la vida pública y ser totalmente diferentes en la vida privada. Esta es una falsedad, es ser fariseos. No se puede relegar al ámbito de la vida personal los hechos de corrupción, de abusos de poder, de manipulación de la verdad y de una vida inmoral. Estos hechos están a la vista de todos, a la vista de aquellos que confían y creen en nosotros y que se ven defraudados en sus expectativas y desilusionados de sus líderes y guías por su actuación diaria. ¡Si así son, porque yo no!

Pero tampoco esta actitud puede justificar nuestra incoherencia en la vida. Es nuestra obligación escuchar toda exhortación buena, discernir entre la verdad que viene de Dios                  y la verdad de los hombres, entre la palabra buena, evangélica, y las acciones de quien la proclama, aunque esto es difícil.

A todos nosotros nos toca asumir la exhortación de Jesús a sus discípulos y a la gente en general: “Cuanto se les dice, ¡háganlo!” Aunque veamos incoherencia en nuestros pastores, debemos escuchar lo que nos dicen: “Hagan lo que les dicen, no lo que hacen”, porque la palabra que proclaman no es de ellos, sino de Dios y de la Iglesia. Estamos llamados a escuchar y cumplir toda palabra buena que nos llega aunque quien la dice no la cumpla a cabalidad.

Me dirijo a mis hermanos sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, catequistas: asumamos con alegría, entrega y fidelidad el mandato de Jesús. “Hagan discípulos a todas las naciones (Mt 28, 19). “Quien a ustedes les escucha a mí me escucha” (Lc 10, 16.). No olvidemos que la gente se acercaba a Jesús porque hablaba con autoridad y su autoridad venia en hablar en nombre de su Padre y actuar con misericordia en nombre de su Padre.

Es por eso que esta mañana les pido que, al estilo del Papa Francisco que repite una y otra vez “Recen por mí”, que recemos por nuestros sacerdotes, para que el Señor nos fortalezca, nos haga firmes en nuestras debilidades humanas y nos ayude a ser heraldos humildes y coherentes de su palabra.

También recemos por las vocaciones sacerdotales y religiosas en nuestra Iglesia y acompañemos con cercanía, cariño y aliento a quienes están en el camino del Señor.

Y encomendamos a la protección de la Virgen María la vida y el ministerio de nuestros sacerdotes para que sean pastores según el corazón de Dios. Amen,

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *