Del pan de la Eucaristía al pan para los pobres

Foto: Julieta Tovar

Iglesia Viva 19.06.17//Así lo ha remarcado, Mons. Eugenio Scarpellini, Obispo de la Diócesis de El Alto, en la celebración eucarística del Cuerpo y Sangre de Cristo, este 15 de junio.

Eucaristía fuente de la misión

Corpus Christi – 2017

Querida Comunidad Cristiana,

Estamos celebrando la Solemnidad de Corpus Christi como cada año, manifestando públicamente nuestra fe en la presencia misteriosa pero real de Jesús en la Eucaristía. Lo hacemos en esta parroquia en la que estoy realizando la Visita Pastoral con el lema “Vengo a confirmar la fe de mis hermanos”. Dentro de la misión mía y de todos los sacerdotes de “confirmar la fe” de los hermanos, la celebración de la Eucaristía es el culmen, la cima, porque acá se renueva el misterio de la Pascua, Cristo permanece con nosotros, la Iglesia se mira a si misma como misterio Eucarístico, misterio de comunión enviada a la misión. Por eso quiero reflexionar con ustedes el misterio de la Eucaristía, fuente y culmen de la misión.

I. “Hagan esto en conmemoración mía”

En la Última Cena, Jesús realizó algunos gestos que definen hoy la identidad y la misión de la Iglesia, de cada bautizado en ella. Somos Iglesia eucarística en misión.

Lavatorio de los pies: allí Jesús se hace siervo. Lava los pies de los discípulos. Continua así la misión del Padre misericordioso que limpia los errores y la infidelidad de su pueblo, sana las llagas de la injusticia, de la pobreza, del destierro, del abandono de ayer y de hoy.

Su misión fue liberar a los cautivos, los pobres, los enfermos, los poseídos de los malos espíritus, los pecadores. Para eso se hizo siervo por amor en el acto supremo de donación de su vida en la Cruz. Tanto amó al mundo que cumplió el mandato de su Padre: “venir al mundo no para juzgarlo, sino para salvarlo y ofrecer la vida eterna a todos aquellos que creen en Él”.

En el Cenáculo, Cristo tomó en sus manos el pan, lo partió y lo dio a los discípulos diciendo: “Tomen y coman todos de él, porque esto es mi Cuerpo…”. Después tomó en sus manos el cáliz del vino y les dijo: “Tomen y beban todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre,… derramada por ustedes para el perdón de los pecados”. Es la institución de la Eucaristía donde se revela que el designio de Dios es un designio de amor. “Hagan esto en conmemoración mía”. Es el mandato de Jesús: hacer presente realmente el único y gran misterio de su muerte y resurrección en el Pan partido y en la Sangre derramada. Se puede observar la vivencia de este mandato desde las primeras comunidades cristianas en los Hechos de los Apóstoles: “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones” (2, 42).

La “fracción del pan” evoca la Eucaristía. Después de dos mil años seguimos reproduciendo aquella imagen primera de la Iglesia. Y, mientras lo hacemos en la celebración eucarística, los ojos del alma se dirigen a lo que ocurrió la tarde del Jueves Santo, durante la Última Cena. La institución de la Eucaristía, en efecto, anticipaba sacramentalmente los acontecimientos que tendrían lugar poco más tarde, a partir de la agonía en el Getsemaní, hasta la Cruz y hasta la resurrección.

II. “Ite Misa est”. ¡Vayan, la Misión está!

Las palabras con las cuales termina la celebración de la Eucaristía, Ite missa est, recuerdan el mandato misionero del Señor resucitado a los discípulos antes de su Ascensión al cielo: “Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes” (Mt 28,19). En efecto, la conclusión de cada Santa Misa se relaciona inmediatamente con el envío a la misión donde están comprometidos todos los bautizados, cada uno según su propia vocación dentro del Pueblo de Dios: los obispos, los sacerdotes, los diáconos, los miembros de la vida consagrada y de los movimientos eclesiales, los laicos. La misión de salvar al mundo se ha cumplido en Jesús, y es viva, presente y actual en la Eucaristía.

Hoy debemos ser como los dos discípulos de Emaús que, regenerados en la fe al momento en que Cristo parte el pan, retomaron el camino volviendo a Jerusalén, compartiendo su alegría con la comunidad de los discípulos (cfr. Lc 24, 32-33). La Eucaristía, presencia viva del Señor, se transforma en la fuente de la misión universal de la Iglesia.

III. De la Eucaristía a la misión hoy.

La misión de evangelizar consignada a la Iglesia tiene como último objetivo que todos los hombres se encuentren con Cristo, presente en el Misterio eucarístico, en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, que la Iglesia ofrece como Pan para la vida del mundo. La finalidad eucarística de la misión tiene su fundamento en las enseñanzas de Jesucristo, que invita a su mesa a todos los hombres de buena voluntad, sin distinciones ni prejuicios (cf. Mt 22,1-13 – invitados al banquete del rey). Por lo tanto, la Eucaristía es también el punto culminante de cada proyecto pastoral, de cada actividad misionera, y es el núcleo de la evangelización y de la promoción humana. Una comunidad comprometida en el anuncio del Evangelio, en la formación y en la caridad, se encuentra y celebra como familia la Eucaristía, fuente de su comunión y de todas sus actividades pastorales. Pero debemos tomar conciencia que, a veces, la comunidad cristiana que celebra la Eucaristía está lejos de la realidad. Vive abstractamente. Ya no le habla al hombre concreto, a sus afectos, a su trabajo, a su descanso, a sus exigencias de unidad, de verdad, de bondad, de belleza. Y así la acción eucarística, separada de la existencia cotidiana, ya no acompaña al creyente en su compromiso de construcción del Reino del Padre, de un mundo más justo, de una sociedad más digna. Es necesario que los que comulgamos con el Pan de la vida y anunciamos ese misterio al mundo, defendamos también la vida en todas sus manifestaciones. Los fieles que se nutren del Pan bajado del cielo sienten la obligación de contribuir a construir un mundo más justo en el cual se cumpla la voluntad de Dios y a cada persona sea asegurado “el pan nuestro cotidiano”.

Vivimos en un mundo que muchas veces se aleja de la fe, que se está secularizando siempre más; es urgente en nuestra acción pastoral misionera ir al encuentro de los que se encuentran alejados de la fe, compartirles nuestra experiencia de Jesús y acompañarlos en el camino para encontrar a Dios. Nuestra misma diócesis urge el primer anuncio de la Buena Noticia a las personas que hasta ahora no conocen el Evangelio de Jesucristo, o no lo conocen en modo adecuado y profundo.

IV. Del pan de la Eucaristía al pan para los pobres.

“El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6,51). Los Evangelios nos narran muchas veces los sentimientos y las actitudes de Jesús por los hombres, de modo especial por los que sufren y los pecadores. Sentimientos y actitudes que encuentran su realización plena en el don de su vida, sacramentalmente adelantado en la última Cena: “Tomen… esto es mi cuerpo… esta es mi sangre… El misterio eucarístico implica el servicio de la caridad para con el prójimo.

Nos dice Papa Benedicto en el documento Sacramentum Caritatis: “Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo”. De ese modo, en las personas que encuentro reconozco a hermanos y hermanas por los que el Señor ha dado su vida amándolos “hasta el extremo” (Jn 13,1). Por consiguiente, nuestras comunidades, cuando celebran la Eucaristía, han de ser cada vez más conscientes de que el sacrificio de Cristo es para todos y que, por eso, la Eucaristía impulsa a todo el que cree en Él a hacerse “pan partido” para los demás y, por tanto, a trabajar por un mundo más justo y fraterno. Pensando en la multiplicación de los panes y los peces, hemos de reconocer que Cristo sigue exhortando también hoy a sus discípulos a comprometerse en primera persona: “denles ustedes de comer” (Mt 14,16). En verdad, la vocación de cada uno de nosotros consiste en ser, junto con Jesús, pan partido para la vida del mundo. (Sacramentum Caritatis, 88) En la Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios para cada hermano y hermana, siendo personas de reconciliación, abiertos al diálogo y al compromiso por la justicia. Nos invita a ser operadores de paz y de justicia: “En efecto, quien participa en la Eucaristía ha de comprometerse en construir la paz en nuestro mundo marcado por tantas violencias y guerras, y de modo particular hoy, por el terrorismo, la corrupción económica y la explotación sexual, la violencia y el rechazo de la vida. Todos estos problemas son los que despiertan viva preocupación. Precisamente, gracias al Misterio que celebramos, deben denunciarse las circunstancias que van contra la dignidad del hombre, por el cual Cristo ha derramado su sangre, afirmando así el alto valor de cada persona”. (SC, 89).

Por eso:

– No podemos permanecer pasivos ante las persistentes diferencias entre ricos y pobres. Debemos denunciar a quien derrocha las riquezas de la tierra, provocando desigualdades que claman al cielo (SC, 90).

– Debemos denunciar las situaciones indignas del hombre, en las que a causa de la injusticia y la explotación se muere por falta de comida, y nos da nueva fuerza y ánimo para trabajar sin descanso en la construcción de la civilización del amor.

– Estamos llamados a manifestar nuestro decidido rechazo a las reglas que se quieren aprobar en estos días, en nuestro parlamento: el nuevo Código de Procedimiento Penal donde están insertas normas en contra de la vida humana, a favor del aborto en nombre de la supuesta libertad de decisión de la mujer sobre el niño que va nacer. Cristo dio su vida para que tengamos vida. Una sociedad que no respeta, que no promueve la vida, es una sociedad decadente y que se está muriendo. El vivir bien pasa por el respeto, la defensa y la valoración de la vida, nunca por la muerte Que el Espíritu Santo, por intercesión de la Santísima Virgen María, encienda en nosotros el mismo ardor que sintieron los discípulos de Emaús al reconocer a Jesús en el gesto de partir el pan. Así mismo nos haga testigos de Cristo muerto y resucitado, contemporáneo nuestro en el misterio de la Iglesia, su Cuerpo. Vayamos, llenos de alegría y admiración, al encuentro de la Eucaristía, para experimentar y anunciar a los demás la palabra de Jesús: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta al fin del mundo” (Mt 28,20).

 

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