Déjense Evangelizar por la Presencia y el Amor del Padre

Iglesia Viva 12.06.17//“Es el desafío para cada discípulo y cada comunidad de fe”, manifestó Mons. Eugenio Scarpellini, Obispo de la Diócesis de El Alto en la Solemnidad de la Santísima Trinidad, dijo que evangelizar al mundo prolongando en el la misericordia del Padre, significa: Promover la búsqueda del bien común y la edificación de una sociedad justa, con la mirada puesta en Jesús y su trato hacia los pobres, los débiles, los excluidos y los pecadores.

Solemnidad de la Santísima Trinidad

11 de junio de 2017

Queridos hermanos, hemos empezado esta celebración eucarística “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”; nos hemos saludado con el texto de la 2da lectura (carta de San Pablo a los Corintios): “La gracias del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes”. Terminaremos la Santa Misa con la solemne  bendición “Les bendiga el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”. Nuestra vida de creyentes ha empezado con “Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. En el nombre de la Trinidad son consagrados los sacerdotes, en el nombre de la Trinidad se consagran para siempre los esposos en el matrimonio, en el nombre de la Trinidad son perdonados nuestros pecados.

Toda la existencia cristiana nace, vive y se mueve en compañía de la Trinidad; las tres Personas están con  nosotros, caminan con  nosotros aunque fácilmente no nos damos cuenta de esta presencia.

Hoy celebramos la Solemnidad de la Santísima Trinidad: es decir, la celebración de Dios “amor, comunión en servicio”. Él es el único Dios que se manifiesta como Padre en la creación, proclamado por Moisés como Dios compasivo y bondadoso, lento a la ira y prodigo en amor y fidelidad con su pueblo elegido; Es el Dios amor que se revela en el Hijo Jesús “para que todo el que crea no muera, sino tenga vida eterna”; y es el Dios que permanece con nosotros, en la Iglesia, para que tengamos gracia y paz.

Pero, es una paz constantemente amenazada por la violencia: los atentados terroristas de fuente religiosa provocan incertidumbre, zozobra y miedo en el mundo;  decisiones unilaterales y egoístas de países poderosos ponen en riesgo el don más precioso que tenemos, la hermana madre tierra; crece el número de migrantes y refugiados que huyen de las guerras y de la pobreza en búsqueda de una vida más digna: todas estas situaciones se generan por situaciones de fuerza, de confrontación,  de egoísmo y contraposición  de poder.

También hemos asistido ayer a la entrada folklórica llamada “fiesta del  Señor del Gran Poder”. Seguramente una gran manifestación, que más allá de los condenables excesos, es expresión de la profunda fe y religiosidad de nuestra gente.

En ambos casos hablamos de poder o hasta de Gran Poder, pero uno se pregunta: ¿cuál es el poder de los hombres y cuál es el poder de Dios?

Las lecturas de hoy nos iluminan.

El poder de Dios es el amor y la misericordia: Hay una profunda e íntima comunión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu; una comunión fundada sobre el amor mutuo. No es un amor cerrado sobre si mismo, sino un amor que se pone al servicio de la humanidad. Es un amor en salida.

El Padre es misericordioso: así se revela a Moisés y al pueblo de Israel; es aquel que le da la vida y lo cuida. El es “compasivo y misericordioso”, conoce y comparte la situación difícil de su pueblo esclavo en Egipto y por eso está dispuesto a ayudarlo. Así mismo es “lento a la ira y rico en piedad y lealtad”, porque conoce las debilidades de su pueblo, los errores e infidelidades; pese a eso no quiere destruirlo, sino que, fiel a su proyecto de amor, es piadoso y leal, renovando constantemente su alianza con él.

En plena fidelidad a su designio de amor, el Padre envía a su Hijo, como dice el evangelio, “no para juzgar y condenar al mundo, sino para que el mundo se salve y para que ninguno perezca de los que creen en Él”.

Jesús lleva a cumplimiento esta misión haciéndose uno como nosotros para que tengamos vida en Él. En la atención a los enfermos, la cercanía con los niños, el perdón a los pecadores y la solidaridad con los pobres, Jesús manifiesta la misericordia del Padre. En el gesto extremo y definitivo de la cruz, los brazos clavados de Jesús acogen a todos aquellos que acuden a Él, acogen a sus hijos amados.

Esta misma historia de amor continúa hoy por la presencia y acción del el Espíritu Santo en la Iglesia. El Espíritu nos hace discípulos de Jesús, participes de la misma misión de la Trinidad: hacer presente el Reino del Padre, Reino de justicia y de paz.

El estilo de Dios contrasta fuertemente con el egoísmo humano, que muchas veces recurre al uso de la violencia, de la fuerza y el abuso del poder en las relaciones humanas. Los poderes humanos sujetos y, a veces, esclavos del dinero, de los intereses partidarios, del prestigio, llevan a la confrontación y a la muerte, porque buscan prevalecer o eliminar al otro, en cuanto adversario, rival o un enemigo que hay que combatir y vencer.

En estos días, en nuestro parlamento se está tratando la ley del Código de Procedimiento Penal donde están insertas normas en contra de la vida humana, a favor del aborto en nombre de la supuesta libertad de decisión de la mujer sobre el niño que va nacer. Invitamos a los legisladores a que actúen, no por consigna, sino según conciencia y recordando que están llamados a construir una sociedad digna, justa y solidaria. Una sociedad que no respeta la vida es una sociedad decadente y que se está muriendo.

En la visión de Dios, el otro es nuestro hermano; el niño que va a nacer y el enfermo terminal son nuestros hermanos; las personas que viven en desventaja social y en situaciones de pobreza son nuestros hermanos: solo en el amor y solidaridad hacia ellos podemos construir una nueva sociedad, un nuevo país. El vivir bien pasa por el respeto, la defensa y la valoración de la vida, nunca por la muerte.

Es nuestra responsabilidad hoy construir un mundo más justo y en paz, porque el poder de Dios está dado a nosotros, la misión de Dios está puesta en nuestras manos: “Sean misericordiosos como su Padre Dios es misericordioso”.

Es el desafío para cada discípulo y cada comunidad de fe: dejarse evangelizar por la presencia y amor del Padre; evangelizar al mundo prolongando en él la misericordia del Padre. Esto significa:

  • Ser discípulos que viven en comunidad, y hacen de la fraternidad el testimonio más grande: “miren como se quieren”.
  • Salir al encuentro de nuestro hermano para compartir con él la experiencia de sentirnos amados por Dios y perdonados por él. Y en esta salida, no hay dudas, los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio. Al igual Jesús, encarnarnos en la vida de nuestros hermanos, hacernos uno con ellos, sentir sus necesidades y actuar con misericordia
  • Promover la búsqueda del bien común y la edificación de una sociedad justa, con la mirada puesta en Jesús y su trato hacia los pobres, los débiles, los excluidos y los pecadores.

Queridos hermanos, la Eucaristía que estamos celebrando es presencia real y misteriosa del amor de Dios. Agradezcamos a Dios lo que somos y lo que recibimos cada día, de manera especial, su presencia misericordiosa a nuestro lado. Sintamos también que somos enviados a la misión, es decir a ser misericordiosos, a encarnarnos en la vida de nuestros hermanos, a hacernos uno con ellos, a sentir sus necesidades y actuar con misericordia. Y todo eso en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

 

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