Homilía de Mons. Eugenio Scarpellini: “No tengan miedo, soy Yo” (Mc. 6,50)

Iglesia Viva 17.04.17//Desde la Parroquia Jesús Obrero, la noche de la Vigila Pascual, Mons. Eugenio Scarpellini, Obispo de la Diócesis de  El Alto, pidió a los fieles alegrarse de la presencia de Dios vivo y salir de la esclavitud de las sombras de la muerte, a reformar las estructuras de pecado latentes en la vida, y a celebrar la transformación del hombre nuevo que ha emergido del costado de Cristo y cuya impronta es el amor y la vida por encima del odio y la muerte.

 

Vigilia Pascual – 2017

“No tengan miedo, soy Yo” (Mc. 6,50)

“No tengan miedo, soy Yo” (Mc. 6,50). Son las palabras de Jesús a María en la huerta del jardín en la madrugada del domingo de la resurrección.

El temor, el miedo está presente con bastante frecuencia en la biblia.

  • Es un miedo que en el pueblo de Israel nace de las adversidades de la historia, cuando vive en la esclavitud de Egipto, cuando es deportado en Babilonia, cuando se da cuenta de estar solo.
  • Es el miedo cuando el justo se siente atrapado por los enemigos hasta el punto de sentirse abandonado por Dios.
  • Es el miedo cuando las esperanzas y proyectos humanos fracasan y uno se ve sin futuro.
  • Es también el miedo sagrado cuando Dios mismo se aparece a Moisés: la teofanía de Dios infunde temor a los hombres. Es lo que pasa con María en la anunciación, lo que pasa con María Magdalena en la huerta al ver el maestro resucitado. Es el miedo humano que nos hace pequeños frente al gran misterio de Dios que actúa en nosotros y en la historia.

“No tengan miedo, soy Yo” (Mc. 6,50) dice Jesús a los Apóstoles en la tempestad del mar de Galilea. Para vencer el miedo futuro, Jesús se transfigura frente a ellos mostrándoles el final de la pasión y muerte.

Miedo y confianza, miedo y esperanza: podrían ser las claves de lecturas de lo que estamos haciendo memoria esta noche: la vigilia pascual, la victoria de la vida sobre la muerte.

  1. Al comienzo de la liturgia hemos bendecido el fuego y bendecido y adornado el Cirio.

El frio, el miedo de la noche es vencido por el fuego; el frio de la indiferencia, del egoísmo, de la discriminación, de la soledad es purificado por el fuego del amor de Jesús que acaba de dar su vida por nosotros en la cruz. Es lo que hemos contemplado el viernes santo en el Calvario y el Jueves Santo en la Última Cena.

El miedo de la oscuridad es vencido por el cirio prendido. El miedo a la inseguridad, a una vida sin sentido, al poder de la mentira, es vencido por la luz de Cristo, camino, verdad y vida. Él rompe las tinieblas del error y del pecado. La noche, muchas veces representa el tiempo y el lugar de los malhechores que asaltan, roban y matan. Es el momento y el tiempo de las injusticias, de la corrupción, de la prepotencia del poder.

Frente a eso, con el salmista proclamamos: “El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré? El Señor es el baluarte de mi vida; ¿quién podrá amedrentarme?” (Salmos 27:1)

  1. El pregón pascual ha cantado la victoria de Cristo sobre el pecado.

Por el pecado de Adán entró en el mundo el sufrimiento, el dolor, el miedo y la muerte. Por la resurrección de Cristo todo eso ha sido vencido. Por eso hay que alegrarse y cantar como lo hemos hecho:

“Exulten por fin los coros de los ángeles por la victoria de Rey tan poderoso… Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre la deuda de Adán, canceló el recibo del antiguo pecado”.

“Goce también la tierra… Alégrese también nuestra madre la Iglesia,
Porque esta es la noche en que los que confiesan su fe en Cristo son arrancados de la oscuridad del pecado, son restituidos a la gracia y son agregados a los santos”.

Es la noche que rompe las cadenas de la muerte: las cadenas de quienes atentan la vida de los inocentes, de los niños que están por nacer, las cadenas atadas a quienes se atreven a pensar diferente, las cadenas y las muertes en nombre de la religión y el odio racial.

Es la noche de la nueva esperanza porque “rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo”.

  1. Las lecturas nos han mostrado a un Dios que camina con su pueblo, en todo momento.

Dios es un Dios peregrino y caminante, que siempre ha acompañado al ser humano desde sus orígenes. Es el creador de toda la tierra y quien la recrea acompañando el trabajo de nuestras manos. Es el Dios libertador, no está de acuerdo con la esclavitud ni con las cadenas de ayer y de hoy. Por eso, en este tiempo nuevo, estamos llamados a romper cadenas y salir de nuestros sepulcros, a cambiar “el corazón de piedra con un corazón de carne”. Cristo resucitado “ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia y doblega a los poderosos.

Es lo que hemos cantado en el Pregón pascual, es lo que nos hemos proclamado los unos a los otros como la misión cumplida por Cristo y entregada ahora en nuestras manos.

  1. La hermosa liturgia bautismal con el bautismo de niños, adolescentes y adulto ha proclamado la victoria de la vida sobre la muerte.

“Los que hemos sido sepultados en el bautismo en una muerte como la suya, también participemos de una vida como la suya y andemos en una vida nueva” (cfr Rom. 6, 4)

Por el bautismo que hemos recibido, somos hijos de la resurrección. Somos constructores con Cristo de un mundo nuevo donde el odio deja campo al amor, el egoísmo a la caridad y solidaridad, el desprecio a la valoración de los hermanos, la esclavitud de los ídolos del mundo a la alegría de la vida nueva en Cristo. San Pablo en la carta a los Romanos (8,15) nos lo dice claramente: “Ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: «¡Abba! ¡Padre!»

  1. Nuestras actitudes.

Frente a este gran misterio, nuestra actitud debe ser como la del salmista: “Confío en Dios y alabo su palabra; confío en Dios y no tengo miedo”. (Salmos 56:4.)

Por eso ésta es la noche para estar despiertos, para estar en vela alegrándonos de la presencia del Dios vivo entre nosotros, que nos invita a salir de la esclavitud de las sombras de la muerte, a reformar las estructuras de pecado latentes en nuestra vida y en el mundo, y a celebrar la transformación del hombre nuevo que ha nacido en esta santa noche, que ha emergido del costado de Cristo y cuya impronta es el amor y la vida por encima del odio y la muerte.

Recibamos la misma invitación de Jesús a las mujeres: “No tengan miedo. Vayan ahora y digan a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allí me verán” (Mt. 28, 10). Estamos llamados a ser mensajeros de buenas noticias para nuestros hermanos que aún viven en la oscuridad.

Pidámosle a Jesús su paz, esa paz que el mundo, las diversiones, o la calle no dan. Paz para nuestras familias, para nuestra ciudad, para Bolivia y para el mundo entero. Comprometámonos a ser sembradores de esperanza hasta los últimos rincones de la tierra. Este es el tiempo oportuno.

Amén.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *