Dijeron SÍ a Dios y a la Iglesia. Sacerdotes de Santa Cruz renovaron sus promesas sacerdotales en la misa crismal

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Iglesia Viva 163.04.17//iglesiasantacruz.org//Monseñor Sergio les pidió ser servidores de los pobres, de la Palabra profética y servidores de la esperanza. Alrededor de 180 sacerdotes de Santa Cruz participaron de la Misa Crismal en la que renovaron sus promesas sacerdotales.

El Arzobispo de Santa Cruz, Monseñor Sergio Gualberti presidió la Eucaristía donde el clero cruceño actualizó las promesas realizadas el día de su ordenación sacerdotal. El Prelado, en su homilía los desafió a ser testimonio en medio de los pobres y a ser mensajeros de esperanza para Santa Cruz. Así mismo aseguró que el mayor desafío para un sacerdote es ser amigo de Jesús.

El Prelado habló de la dificultad de ser sacerdote en la sociedad de hoy dominada por la cultura del poder y del tener, en una cultura donde predomina el consumismo y Tel materialismo, sin embargo les aseguró que la mejor manera de anunciar a Jesús es servirlo con verdadera alegría y contagiar con el testimonio de esa alegría.

La parte más emotiva de la Eucaristía ha sido el gesto de comunión entre los sacerdotes y el Arzobispo, gesto que se expresa en el abrazo sacerdotal que uno a uno se acercaron para abrazar al Arzobispo.

En la parte final de la Eucaristía Monseñor también bendijo el Santo Crisma y el Óleo de los catecúmenos que seguidamente serán llevados hasta todas las parroquias de Santa Cruz para la celebración de los sacramentos durante todo el año.

La Semana Santa continúa este miércoles con la Jornada Penitencial, jornada dedicada al sacramento de la reconciliación en que todos los católicos estamos invitados a visitar las parroquias para acudir con humildad a confesarnos.

¡Que nadie se prive del amor, la misericordia y el perdón de Dios!

TEXTO COMPLETO DEL A HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, MISA CRISMAL 2017

Queridos hermanos y hermanas, doy gracias a Dios en Jesucristo, por todos ustedes, por su fe y por su testimonio de discípulos misioneros entregados al servicio del Señor y del Evangelio en esta Iglesia de Santa Cruz.

Un agradecimiento particular a ustedes mis hermanos Obispos, por su fiel y sincera colaboración en pastorear a este querido pueblo de Dios y a todos ustedes sacerdotes diocesanos, religiosos, misioneros venidos de Iglesias hermanas y diáconos permanentes por su abnegado ministerio al servicio del Evangelio del Señor.

Gracias también a todos ustedes, hermanos y hermanas de la Vida Consagrada, seminaristas, laicos y laicas por su testimonio de fe y compromiso en el caminar de nuestra Iglesia en Santa Cruz.

Un recuerdo agradecido también a los sacerdotes ancianos y enfermos que, desde su situación de dolor, nos acompañan con la oración y a los que, después de años de servicio a esta Iglesia, han vuelto a sus Iglesias de origen.

Esta noche nos inunda la dicha de estar todos reunidos alrededor del altar del Señor, Obispos, sacerdotes y pueblo de Dios, testimonio vivo de comunión y fraternidad, todos convocados por el Espíritu de la unidad y el amor. Esta Misa Crismal, es la oportunidad que el Espíritu ofrece a nosotros sacerdotes para revivir el momento inolvidable, los signos y las palabras de nuestra ordenación Sacerdotal. En ese día el Obispo impuso sus manos sobre nuestra cabeza y Dios tomó posesión de cada uno de nosotros, como a decirnos: “Tú me perteneces“. Pero también: “Tú estás bajo la protección de mis manos de Padre, tu vida, tu ministerio son amparados por mi amor y misericordia. Permanece en mi amor”.

Este signo sacramental resume todo nuestro itinerario de vida sacerdotal. Un día, como sucedió a los primeros discípulos, todos nosotros hemos escuchado su invitación: “Sígueme“.

Tal vez, al inicio, lo seguimos con titubeos y dudas, mirando hacia atrás y preguntándonos si ese era realmente nuestro camino. También en algún momento del recorrido nos hemos desanimado ante la magnitud de la tarea y la insuficiencia de nuestra debilidad y pequeñez. Pero luego Dios, con gran bondad, nos tomó de la mano y nos dijo: “No temas. Yo estoy contigo y no te abandono.”

Estas palabras de aliento nos las sigue repitiendo hoy en nuestra vida sacerdotal cuando al levantarse alguna tempestad, gritamos como Pedro: “Señor, ¡sálvame!” y él nos aferra con su mano que sostiene y conduce, para que sigamos en el servicio de la vida y del amor, más fuertes que la muerte y el odio.

Otro signo central en nuestra ordenación, es la unción de las manos  con el crisma, señal del Espíritu Santo y de su fuerza. Las manos del hombre, unidas a las manos providentes de Dios, son el instrumento de su acción, el símbolo de su capacidad de transformar el mundo. El Señor quiere que nuestras manos de sacerdotes se pongan al servicio de su amor, para que las personas, en especial los pobres y desvalidos, sientan el consuelo de su toque divino. Cuando pensamos que nuestras manos están vacías, recordemos que él las ha colmado con su poder y su amor.

En el A. T. la unción es signo de asumir un servicio: el rey, el profeta, el sacerdote son ungidos para que salgan de sí mismos y se pongan a disposición de alguien que es mayor que ellos, y llevar adelante la misión que les confía.

Jesús también se presenta como el Ungido de Dios, el Cristo que actúa por misión del Padre y en la unidad del Espíritu Santo, al servicio del Reino de Dios, instaurándolo y anunciando “la Buena Noticia a los pobres, la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor”.

Nosotros sacerdotes, como Jesús, somos llamados a participar de la misma misión de Jesús, vivir con sencillez y sobriedad, ser servidores de los pobres y estar con ellos compartiendo su justa lucha de conseguir condiciones de vida digna de todo hijo de Dios.

Servidores de la palabra profética, que anuncia la alegría del Evangelio, denuncia toda clase de injusticias, discriminaciones y opresiones en una sociedad y cultura siempre más indiferentes a Dios y lo sobrenatural. Sociedad que se rige por la lógica del poder y del tener, esclava de los ídolos del materialismo y consumismo, y sobre cuyos altares se sacrifican víctimas humanas además de herir a muerte la naturaleza y el medio ambiente.

Servidores de la esperanza en un mundo donde acampa la desorientación, el sin sentido y a menudo la desesperación. Anunciar y testimoniar a Cristo, la Buena Noticia, que llena la vida y sacia el anhelo de felicidad, verdad y libertad innatas en todo ser humano. Esto nos pide escucha y compenetración de la Palabra de Dios, para hacerla comprensible y atrayente al hombre de hoy, en particular a los jóvenes. Nuestra vida sacerdotal entregada con alegría a Dios y a su pueblo, es el mejor aliciente para que reconozcan a Jesucristo como el mejor amigo, aquél que da sentido a su vida y que le sigan con generosidad y entusiasmo.

Todos los signos esenciales de la ordenación sacerdotal, la imposición de las manos invocando la venida del espíritu; la entrega del libro de su Palabra, como don a cuidar; la entrega del cáliz, con el que nos transmite su misterio más profundo y personal son, en el fondo, manifestaciones de una palabra de Jesús:  “Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes los he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre se lo he dado a conocer” (Jn 15,15). Este es el desafío profundo del ser sacerdote: ser amigo de Jesucristo y jugarnos cada día por esta amistad de comunión, pensamiento, voluntad, sentimiento y obrar.

Eso significa que debemos conocer a Jesús de un modo cada vez más personal, escucharlo, vivir y estar con él. Ser amigos de Jesucristo es el núcleo central de nuestro sacerdocio, indispensable para hablar y obrar “in persona Christi”, en la persona de Cristo.

La amistad con Jesús necesariamente es amistad con los suyos. Sólo podemos ser amigos de Cristo si estamos en comunión con los hermanos sacerdotes, a los que nos une el sacramento del Orden, ellos que, el día de la ordenación, han impuestos sus manos, junto al Obispo, sobre nosotros. Pero comunión también con el Cuerpo entero de Cristo, la Iglesia pueblo de Dios,  animada por el Señor y donde Él está presente y sigue siendo contemporáneo nuestro.

Ser amigo de Jesús es ser hombre de oración, del diálogo personal con él para que nos enseñe a vivir, a sufrir y a obrar con él y por él. El Señor, en muchas ocasiones, en particular en los momentos centrales de su vida, se retiraba “al monte” para orar a solas durante noches enteras. Nosotros también necesitamos retirarnos al monte interior de la oración, para no caer en la tentación del activismo y la superficialidad y desempeñar nuestro servicio con fidelidad a la misión de llevar la alegría del Evangelio a los hombres de hoy.

El mundo actual también está sediento de Dios, aunque no lo manifiesta y más bien pareciera indiferente. Está en la búsqueda no de un dios cualquiera, sino del Dios de Jesucristo que se hizo carne y sangre, que nos amó hasta morir, que resucitó y nos abrió su corazón para acogernos en su vida. Este Dios debe vivir en nuestro mundo y nosotros sacerdotes estamos llamados a hacerlo presente, en particular en las periferias físicas y existenciales, donde hay dolor y sufrimiento, pobreza y abandono, humillación y descarte.

Hermanos sacerdotes, vivamos y renovemos con alegría y entusiasmo el don del ministerio sacerdotal y abramos camino a la Buena Noticia de Jesucristo, que vuelve a proclamar: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”. Amén.

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