Si queremos ser santos, aprendamos a perdonar

Iglesia Viva 20.02.17//Es el mensaje de Mons. Robert Flock, Obispo de la Diócesis de San Ignacio de Velazco, en su reflexión dominical, invitó a preocuparse sobre el llamado a la Santidad y el perdón a los enemigos.

 

7º Domingo en Tiempo Ordinario – 19 de febrero, 2017

¡Sean Santos!

Queridos hermanos.

Quiero compartir un canto, que va con el Evangelio de hoy:

Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos,
Que por tu Santa Cruz, redimiste al mundo. (2)

Cada ser humano, en su soledad,
Preso del pecado, tanta ansiedad.
Te hiciste hermano, regaló tu amistad.
En vez de condena, eres solidaridad.

Lleno de odio, y tanta falsedad,
Ojo por ojo, su única verdad.
Te hiciste el blanco, de toda la maldad.
En vez de venganza, pusiste bondad.

La muerte espera, la finalidad.
El cuerpo en polvo, es la realidad.
Te hiciste sumiso, total docilidad.
En vez de fracaso, ¡inmortalidad!

El Señor nos desafía hoy al decirnos en forma directa y clara: “Sean Santos. Sean Perfectos. Son sagrados como Templo de Dios Santísimo”.

Yo temo que este mandato sea como los límites de velocidad que ponen en las carreteras. Típicamente dice 80 kilómetros por hora. Es tan bajo que cualquier que tiene una buena movilidad no lo toma en sería, ni siquiera el transporte público. De repente con el mandamiento de ser santos, por considerarlo inalcanzable, tampoco lo tomamos en serio. De hecho, algunas de nuestras oraciones reconocen que sólo Dios es Santo.

Sin embargo Dios, nuestro Creador, nos dice “Sean Santos porque yo soy santo”. Jesucristo, que derramó su sangre para el perdón de los pecados nos dice: “Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo”. San Pablo insiste “¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?”

Si nosotros nos tomamos en serio esta Palabra de Dios, entonces, no solamente nos alejamos de la santidad, nos apartamos de Dios, y nos aislamos de sus bendiciones. Quizás sin darnos cuenta, nos entregamos a su enemigo, Satanás. Por otro lado, si Dios insiste en la santidad, también nos ayuda alcanzarla.

En la Plegaria Eucarística oremos así: “Santo eres en verdad, Padre, y con razón te alaban todas tus criaturas, ya que por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro, con la fuerza del Espíritu Santo, das vida y santificas todo.” Nos damos cuenta que la santidad, aunque requiere nuestro esfuerzo, es don de Dios.

Conviene reflexionar sobre qué es la santidad, además descartar algunas ideas falsas. Por ejemplo, Jesús en una parábola denunció el fariseo que se puso adelante en la sinagoga diciendo: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros.” Prefirió al publicano: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!” Irónicamente, la santidad empieza cuando nos reconocemos pecadores, pobres de espíritu, que necesitamos a Dios y su ayuda para superar el mal y la propia debilidad.

En su Palabra hoy, al hablarnos de santidad y perfección, el Señor no insiste en la oración y las prácticas religiosas, por importante que sean. Con la Samaritana que encontró en el pozo de Jacob, la que había tenido muchos maridos, Jesús habló de un “culto en Espíritu y en Verdad”. Pero hoy nos habla de la santidad como una cualidad que se manifieste en las relaciones humanas.

“No odiarás a tu hermano en tu corazón. No serás vengativo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Odio, venganza y rencor son opuestos a la santidad. Son el veneno de ese yoperojobobo que llamamos Satanás. Por eso Jesús dice que no cree en: «Ojo por ojo y diente por diente», aunque encontramos esto en la Biblia, como parte de una ley más amplia que empieza con: “vida por vida” (Ver: Éxodo 21,23-25).

Quien comprende el sentido de este mandamiento, se da cuenta que su finalidad no era asegurar que el culpable sufra una pena tan grande como su pecado, sino que no se le imponga una pena mayor, como sucede con los linchamientos en Bolivia; por un supuesto robo hacen terribles torturas hasta matar al acusado. Estas reacciones no tienen nada de justicia, mucho menos de santidad. Es un rechazo completo de Jesucristo y su enseñanza. Es aliarse con quienes gritaron aquel día en Jerusalén: “Crucifícalo”.

Por eso Jesús nos enseña: “Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque Él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.”. Esto es exactamente lo que Jesús hizo en la cruz: “Padre, perdónalos; no saben lo que hacen”. Entonces, si queremos ser santos, que aprendamos a perdonar.

Considerando que es difícil perdonar cuando sufrimos por las ofensas y hasta maldad de otros. Parece imposible cuando el daloe es profundo y el daño real. Es en ese momento que necesitamos la oración para ser santos. “Dios, ayúdame a perdonar. Dios, ayúdame a sanar. Dios, perdóname…” Una oración así, sincera, desde la impotencia, es un culto en espíritu y en verdad. Es precisamente lo que hacemos en la Santa Misa al rezar las palabras de Jesús: “Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna, que será derramada por ustedes y por muchos, para el perdón de los pecados.”

Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos,
Que por tu Santa Cruz, redimiste al mundo. (2)

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *