Mons. Pesoa: El odio y la violencia siempre conducen a la destrucción del otro

Iglesia Viva 19.02.17//Así lo recordó, Mons. Aurelio Pesoa, Obispo auxiliar de La Paz y Secretario General de la Conferencia Episcopal Boliviana, la mañana de este domingo 19 de febrero desde la Basílica Menor de San Francisco en la ciudad de La Paz. En su homilía recordó que amar al enemigo no significa alimentar sentimientos de afecto hacia quien hace el mal, sino preocuparse por no mantener sentimientos de odio, resentimientos, intolerancia, mentiras y sed de venganza, en un tiempo donde, pareciera, que se va relegando a segundo plano los valores humanos y cristianos del respeto a la vida y a la persona humana.

Audio y Texto de la Homilía:

UNA LLAMADA PARA EL DESAFIO

Domingo 19 de febrero de 2017

 

Este domingo la palabra de Dios hace un llamado urgente a tomar en serio la enseñanza del Evangelio, hacer realidad en la vida del creyente el amor verdadero a Dios y al prójimo.

 

Sobre el mandamiento del amor dice el autor del libro del Levítico: “No odies en tu corazón a tu hermano, dice el texto, pero corrige a tu prójimo para que no cargues con pecado por su causa. No te vengarás ni guardarás rencor contra los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lev 19, 17-18). Es un lenguaje claro que no necesita de comentario sino solo de ser interiorizado y traducido en un estilo de vida cotidiana. Tiempo después, el evangelista san Juan dirá: “Si alguno asegura que ama a Dios y luego odia a su hermano, es un mentiroso. Porque quien no ama a su propio hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.” (1Jn 4, 20).

 

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, es el mandamiento que hemos leído en el libro del Levítico; para el antiguo pueblo de la Alianza, la palabra “prójimo” se refería exclusivamente a la familia, al clan, a la tribu, al  pueblo entero de Israel; pero no incluía a quien pertenecía a otro pueblo. Solo con Jesús el amor se hace universal e incluye a toda persona, de cualquier raza o nación a que pertenezca; es este amor nuevo el que Cristo nos manda: un amor sin reservas, un amor sin límites, un amor que alcanza hasta a los que no nos caen bien; un amor que incluye aun a los enemigos o aquellos que no piensan como nosotros. El Evangelio de hoy dice: “Han oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente. Pues yo les digo, no resistan al mal; antes bien a quien te golpee en la mejilla derecha ofrécele también la otra; al que te quiera quitar la túnica, déjale también el manto y al que te obligue a caminar una milla camina dos con él. A quién te pida, dale y al quien desee que le prestes algo no le des la espalda”. (Mt 5, 38-42).

 

Son palabras que no exigen otro comentario que el que encontramos en la vida del Hijo de Dios, el Señor Jesús que se sujetó al juicio del hombre; aceptó la injusta condena de un tribunal humano y murió perdonando a los que le daban muerte, para que la humanidad entera fuera reconciliada con Dios.

 

Puede parecer absurdo que Dios muera en una cruz; pero es la verdad del Amor que salva. Es por eso que Cristo, nuestro Redentor y nuestro Dios, puede pedirnos amar hasta a quien nos hace el mal, a quien nos roba, a quien nos oprime, a quien nos denigra, a cualquiera que nos haga sufrir. No porque sea avalada una conducta así, o porque uno se deba someter a cualquier injusticia, sino para enseñarnos que el amor, el que nos hace semejantes a Dios, es la justicia más alta.

 

Han oído, dice hoy el Evangelio, que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo les digo: Amen a sus enemigos y rueguen por los que les persiguen, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos.”(Mt 5, 43-45).

 

Así pues, la llamada al amor es siempre atractiva. Seguramente, muchos acogieron con agrado la llamada de Jesús a amar a Dios y al prójimo. Era la mejor síntesis de la Ley. Pero lo que no podían imaginar es que un día les hablara de amar a los enemigos.  Sin embargo, Jesús lo hizo, proclamó con claridad absoluta su llamada: «Yo, en cambio, os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen».

 

Su lenguaje es sorprendente, pero totalmente coherente con su experiencia de Dios. El Padre no es violento: ama incluso a sus enemigos, no busca la destrucción de nadie. Su grandeza no consiste en vengarse, sino en amar incondicionalmente a todos.  Enseñándonos de esa manera que será grande aquel que de verdad ama, respeta y no guarda rencor o deseos de venganza o resentimiento en su interior. Quien se sienta hijo de ese Dios no ha de introducir en el mundo odio ni destrucción de nadie.  Por ello no basta decir que somos cristianos y católicos, es necesario que palabra y las obras sean visibles.

 

El odio y la violencia siempre conducen a la destrucción del otro. Quien se parezca a Dios no alimentará el odio contra nadie, buscará el bien de todos, incluso el de sus enemigos.  Debemos tener presente sin embargo que: cuando Jesús habla del amor al enemigo no nos está pidiendo que alimentemos en nosotros sentimientos de afecto, simpatía o cariño hacia quien nos hace mal.  Es natural que nos sintamos heridos o humillados.

 

Amar al enemigo significa, antes que nada, no hacerle mal, no buscar ni desear hacerle daño. No hemos de extrañarnos si no sentimos amor o afecto hacia él. Nos hemos de preocupar cuando vemos o seguimos alimentando en nuestras vidas sentimientos de odio, resentimientos, intolerancia, mentiras y sed de venganza.

 

El amor al enemigo no es una enseñanza secundaria de Jesús dirigida a personas llamadas a una perfección heroica.  Es una llamada a toda persona hombre o mujer a tener sus mismos sentimientos.  El mensaje del Evangelio es la respuesta adecuada a nuestro tiempo en donde, pareciera, que se va relegando a segundo plano los valores humanos y cristianos del respeto a la vida y a la persona humana.  Y pareciera que muchas cosas y situaciones se hacen normal, tal como las muertes violentas, las injusticias, el maltrato y abuso a la mujer.  El llamado que hoy las Palabra de Dios hace es para todos creyentes y no creyentes, ella nos desafía, cuando vemos tanto dolor y sufrimiento y muchos de ellos causados por nuestro semejante.

 

No hemos de olvidar que somos más humanos cuando perdonamos que cuando nos vengamos.  Solo Dios nos comprende y perdona de manera incondicional, incluso cuando no somos capaces de perdonar.

 

En este tiempo de preparación al V Congreso Misionero Americano, hemos de esforzarnos los cristianos para que la palabra de Dios se vaya haciendo parte en nuestra vida de cada día.  Así sea

 

 

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