Presentación de María en el Templo

Por: P. Miguel Manzanera SJ
Iglesia Viva 5.12.2016. Cada 21 de noviembre la Iglesia Católica celebra la Presentación de la Virgen María en el Templo de Jerusalén. Sin embargo muchos fieles no conocen esta celebración o no le dan importancia. Sin embargo creemos que tiene relevancia, ya que profundiza la identidad y la misión de la Virgen María en relación con el plan de salvación de Dios.
La tradición que mejor recoge este hecho es un códice antiguo, ya conocido en el siglo II, titulado “Protoevangelio de Santiago”. Este documento, aunque no está incluido en el canon de los libros bíblicos, es valorado por aportar datos importantes desconocidos sobre el nacimiento y la vida de la Virgen María, incluyendo los desposorios con San José y el nacimiento del niño Jesús.
Narra cómo sus padres, Joaquín y Ana, ya mayores de edad, se lamentaban por no tener hijos, lo cual se atribuía a un castigo divino. Ambos hacían penitencias y ayunos, para mover el corazón de Dios. Finalmente sus ruegos fueron escuchados y oyeron la voz de un ángel quien les anuncia que tendrán una descendencia de la que todo el mundo hablará. En agradecimiento Ana promete que presentará a Dios el fruto de sus entrañas, sea niño o niña.
A los nueve meses Ana dio a luz a una preciosa bebita que recibió el nombre de María, en hebreo Miryam. Recordemos que ese mismo nombre tuvo en Egipto la hermana de Aarón y Moisés, cantora del éxodo (Nm 26, 59), con el probable significado etimológico de la “Amada de Yahveh”.
Cumpliendo su promesa, los padres de la niña María, cuando tuvo tres años la llevaron al Templo de Jerusalén para dedicarla al servicio de Dios. En la Biblia se narra también un hecho similar, sucedido casi diez siglos antes. Ana, una mujer que era estéril, tuvo un hijo, llamado Samuel, y en agradecimiento lo llevó al templo de Silo para entregárselo a Dios por todos los días de su vida (1 S 1, 28).
En el caso de la niña María, ésta fue recibida a la entrada del Templo de Jerusalén por el sacerdote Zacarías quien la besó, la bendijo y exclamó: “El Señor ha engrandecido tu nombre por todas las generaciones, pues al final de los tiempos manifestará en ti su redención a los hijos de Israel”.
Este relato confirma que existía un parentesco entre María e Isabel, la esposa de Zacarías, tal como aparece en el Evangelio de Lucas (1, 5. 36). Este parentesco facilitó que la niña María pudiese vivir en el Templo hasta sus doce años, edad del inicio de las menstruaciones, durante las cuales, según la antigua ley de Moisés (Lv 15, 19-32), las mujeres no podían acudir al Templo para no mancillarlo.
El Evangelio de Lucas narra otro hecho, que confirma lo expuesto (Lc 2, 22-23). A los cuarenta días del nacimiento del niño Jesús, sus padres, María y José, lo llevaron al Templo de Jerusalén para purificar a la madre que según la ley había quedado impura por su sangre (Lv 12, 2-4), ofreciendo para ello dos tórtolas o dos pichones (Lv 12, 8). También presentaron al niño Jesús como varón primogénito para consagrarlo a Dios, sin que mencione ningún rito de rescatarlo.
En ese momento se presentó allí Ana, una mujer viuda, que no se apartaba del Templo sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Ella alababa a Dios y proclamaba al niño Jesús como el Redentor del pueblo (Lc 2, 38). Muy posiblemente Ana convivió con la niña María en el Templo.
Durante esos nueve años María aprendía y realizaba las labores encomendadas a las mujeres, bordando y cuidando los vestidos sacerdotales y los paños del altar y manteniendo el ornato y la limpieza de los lugares santos. Pero sobre todo María escuchaba atenta la lectura y predicación de los salmos y de otros escritos bíblicos, que con toda devoción meditaba y aprendía.
Podemos concluir que María fue privilegiada por Dios, ya que normalmente las mujeres no tenían acceso a los libros bíblicos porque su primer deber era cuidar a sus esposos y a sus familias. Además se las miraba con cierto desprecio ya que se las identificaba con Eva, la tentadora que hizo caer a Adán en el pecado. Esta intensa vida de oración de María explica su entrega total al Señor, renunciando a casarse y a tener hijos, aceptando el castigo merecido por los pecados del pueblo. Así se identificó con la Hija de Sión (Mi 4, 8), unida al Siervo de Yahveh, quien cargó con el pecado del pueblo (Is 40-55).
Terminamos indicando que en 1953 el Papa Pío XII estableció en la Iglesia la fecha del 21 de noviembre, ya cercana al tiempo del adviento, como la Jornada por los Orantes, para recordar y agradecer a las personas consagradas en la vida contemplativa, quienes siguen el modelo de la Virgen María en su oración en el Templo de Jerusalén y durante toda su vida.

José Howard Rivera Fernández

Nacido el 29 de marzo de 1967

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