Mons. Scarpellini: “Estén despiertos y vigilantes”

Iglesia Viva 27.11.16// Este Primer domingo de Adviento, Mons. Eugenio Scarpellini, Obispo de la Diócesis de El Alto, llamó a la conversión y pidió estar despiertos para superar la violencia en el hogar, a su vez dio recomendaciones para vivir este tiempo respondiendo a las exigencias de un verdadero discípulo. En la Eucaristía transmitida por los medios de comunicación a nivel nacional desde la Basílica Menor de San Francisco en la ciudad de La Paz.

Texto y Audio de la Homilía Completa:

1er Domingo de Adviento

“ESTÉN DESPIERTOS Y VIGILANTES”

 

Con el 1er Domingo de Adviento damos comienzo a un nuevo año litúrgico: es un tiempo de gracia que nos permite entrar con más profundidad en el Misterio de Jesucristo y de nuestra salvación. En estos cuatro domingos que nos separan de la Navidad vivimos la espera de Jesús, aunque haya venido una vez para siempre y está presente realmente en nuestra vida; la espera es la actitud del discípulo que abre el corazón y la mente para que el Maestro entre en plenitud en su vida, la transforme y su luz resplandezca por el testimonio de vida.

También acabamos de recibir del Papa Francisco una hermosa carta “Misericordia et pax” al cerrar el Año de la Misericordia. La vida cristiana no vive de sobresaltos: es decir vivimos una experiencia, una etapa y la dejamos atrás para asumir otra. Es un constante encuentro con Jesús: encuentro que es acercamiento de parte de El a nuestra vida, apertura del corazón a recibirlo y compromiso para hacer presente la misericordia, el Reino del Padre en nuestra vida.

“El Año Jubilar ha sido un tiempo rico de misericordia, que pide ser celebrada y vivida constantemente en nuestras comunidades. En efecto, la misericordia no puede ser un paréntesis en la vida de la Iglesia, sino que constituye su misma existencia, que manifiesta y hace tangible la verdad profunda del Evangelio. Todo se revela en la misericordia; todo se resuelve en el amor misericordioso del Padre” (Misericordia y paz, 1; Papa Francisco).

En las lecturas de este domingo dominan dos temas fuertes: la venida del Señor y la exhortación a estar vigilantes. Más que temas, son dos movimientos: el Señor viene, vayamos a su encuentro. Dios viene al encuentro del hombre, pero no lo encuentra sino aquel que se hace encontrar en camino hacia Él, aquel que está preparado.

En este tiempo de Adviento hacemos memoria de la constante llegada y presencia de Dios en la Historia de su Pueblo Israel: Dios está allí, su misericordia (la casa del Señor) estará firme  y con su luz atrae a todos los pueblos de la tierra que se acercarán cantando: “Vengan subamos al monte del Señor”

Hoy como ayer, el mundo se encuentra en la oscuridad de la guerra y de la muerte, los pueblos  levantan sus armas y el mundo está manchado de sangre. Pero desde el monte de Dios se irradia una luz misteriosa y divina; hacia ella caminan “peregrinos” todos los pueblos, frente a ella sueltan las espadas. La llegada del Señor anuncia e instaura un plan de paz, de desarme, de justicia y nuevas relaciones entre los hermanos, los grupos y los países.

Pero, en este tiempo, no solo recordamos la espera del Mesías por parte del pueblo de Israel, espera que ya ha encontrado en Jesús su realización; este tiempo es una oportunidad para nosotros: nos habla de la fidelidad de Dios a sus promesas, de su  misericordia con nosotros, nos enseña a estar siempre en vela, en actitud de espera, porque Dios entra en nuestra historia y la de la humanidad de manera libre y misteriosa. Es la invitación que Jesús nos hace con la parábola del ladrón. La fuerza del ladrón es la oscuridad y su debilidad es la vigilancia del dueño de casa. La fuerza del mal es hoy nuestra indiferencia frente a los problemas, es la búsqueda de placeres fáciles, es caer en la rutina que todo lo aplana, es el uso de la mentira para manipular a los más sencillos, es el interés personal o de grupo en desmedro del bien de todos. Es necesario, entonces, estar despiertos para escuchar los pasos del Señor, su palabra, descubrir su presencia hoy. Es el Señor que clama la conversión para superar la violencia en el hogar, Es el Señor que nos pide actuar con misericordia frente a los alcohólicos, a los drogadictos y a los enfermos, es el Señor que nos llama a ayudar a las familias que sufren por la división, por la falta de trabajo, es el Señor que nos pide usar con responsabilidad los dones de la naturaleza, de manera especial del agua.

¿Qué hacer? ¿Cómo vivir este tiempo?

Pablo en la Carta a los Romanos traza las exigencias para el actuar del discípulo. Es necesario tomar conciencia que estamos en el tiempo de la redención; es necesario despertar de la noche de los banquetes, borracheras, prostitución, vicios, pleitos y envidias. El imperativo es “revístanse del Señor Jesucristo”, o sea de las armas de la luz: honestidad, coherencia, pureza y transparencia de corazón.

Debemos estar despiertos, tomar conciencia de lo que está pasando, superar la tentación de la superficialidad espiritual que nos hace decir “no hago nada malo”, “no hago daño a nadie”. La venida de Jesús genera una responsabilidad que no podemos eludir: o estamos con Él o estamos en contra de Él. El juicio de Jesús será claro: “Estarán dos en el campo: uno se lo llevarán, y a otro lo dejarán. Estarán dos mujeres moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejaran” (Mt 24,40). El Señor nos pedirá a cada cual cuenta de nuestra vida, de nuestras acciones ante Dios Padre y, de manera especial, ante los hermanos más pobres.

El monito del Señor al comenzar el Adviento: “estén atentos, estén despierto”, asume un valor y fuerza especial por lo que estamos viviendo en estos últimos días: la escasez de agua. Extraña que de un momento para otros se genere un desabastecimiento tan grande como para provocar una emergencia nacional. El problema viene de lejos y la situación actual es fruto de irresponsabilidades. Al mismo tiempo, frente a familias, colegios, instituciones de servicio que sufren la falta de agua, no podemos transformar la emergencia en una polémica política. Es necesario en este momento unir fuerzas entre todos para responder a la emergencia y auxiliar a los que más sufren. Es tiempo de bajar las banderas políticas y enarbolar las banderas de la solidaridad. Es necesario también de nuestra parte hacer un uso coherente y austero del agua evitando excesos y desperdicios. Pero vendrá también el tiempo de analizar y asumir responsabilidades, de ser precavidos, proyectar acciones y estrategias que garanticen la vida digna de las familias. Todo eso es una forma concreta de dar continuidad al año de la  misericordia, es una manera de hacer presente el amor misericordioso del Padre en la atención, servicio y amor al necesitado.

“El carácter social de la misericordia obliga a no quedarse inmóviles y a desterrar la indiferencia y la hipocresía, de modo que los planes y proyectos no queden sólo en letra muerta. Que el Espíritu Santo nos ayude a estar siempre dispuestos a contribuir de manera concreta y desinteresada, para que la justicia y una vida digna no sean sólo palabras bonitas, sino que constituyan el compromiso concreto de todo el que quiere testimoniar la presencia del reino de Dios”. (Misericordia y paz, 19; Papa Francisco)

Cerrando esta reflexión, quiero invitar a todos nosotros a que asumamos las actitudes propias del Adviento:

  • Una espera vigilante: dejando las obras del mal y asumiendo las obras de la luz, como la fraternidad, la reconciliación, el compromiso por la paz, la unidad y la justicia.
  • La oración que nos pone en comunión con el Padre y con su misión en el mundo, fortalece nuestro espíritu y sostiene nuestro trabajo de discípulos misioneros.
  • El camino de conversión: asumiendo con fuerza el Reino como “proyecto de nuestra vida” y las “Bienaventuranza” como estilo
  • Un estilo de vida austera: desvistiéndonos y renunciando a las cosas superficiales y asumiendo la caridad con nuestros hermanos.

Participemos con fe y devoción de la liturgia de hoy que nos invita a ser partícipes de nuevo año litúrgico comprometidos en construir la paz, la esperanza y los valores evangélicos. A lo largo de este tiempo podrán volver las noches, las debilidades humanas; pero el discípulo sabe que no está solo en el camino de la santidad. Jesús nos dice: “Yo estaré siempre con Ustedes”.

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