Se cierra la Puerta Santa, pero no la puerta del corazón de Jesús, dice Monseñor Sergio tras la Clausura del año de la Misericordia

Iglesia Viva 21.11.16//iglesiasantacruz.org//“Puede que en algunos de nosotros surja una pregunta: Ahora que se clausura la Puerta Santa y el Jubileo ¿Ya no habrá posibilidad de recibir un perdón general y gozar de la misericordia de Dios? Por supuesto que no! Se cierra la Puerta santa, pero no la puerta del corazón de Jesús. En cada momento de nuestra existencia podemos encontrar los brazos amorosos del Padre siempre abiertos para acogernos y perdonarnos, con tal que reconozcamos nuestros pecados y que recurramos con humildad y confianza a recibir su perdón a través de los sacramentos de la gracia” Ha dicho Monseñor Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz, en la celebración de clausura del Jubileo de la Misericordia.

El Prelado Cruceño presidió la eucaristía de clausura del Jubileo de la Misericordia este domingo 20 de noviembre en el atrio de la Catedral ante una multitud de personas de todas las parroquias y comunidades de Santa Cruz que llegaron en peregrinación hasta el atrio de la Catedral.

“Hemos tocado con mano que la misericordia de Dios es el corazón palpitante del Evangelio, la Buena Noticia del Dios bondadoso, atento y fiel, que se acerca a quien pasa necesidad para estar cerca de todos, especialmente de los pobres, los últimos, y descartados de la sociedad, del mismo modo que lo haría un padre y una madre con sus hijos” dijo emotivamente el Arzobispo refiriéndose a este año de la misericordia en la Iglesia.

El prelado cruceño cuestionó muchos hechos de violencia y muerte ocurridos estas semanas “Nos tiene que cuestionar el hecho de que en este tiempo de misericordia, se hayan multiplicado los linchamientos en varias regiones de nuestro país. Estos hechos, además de ser espantosos delitos, son una blasfemia al Dios de la vida y de la misericordia. Ninguno puede hacerse justicia por mano propia, ni en nombre de la justicia comunitaria ni bajo el argumento de que la administración de la justicia es muy deficiente y arbitraria” enfatizó el Arzobispo de Santa Cruz.

También lamentó la “pasividad de la mayoría de la población y del propio Estado” en el tema de la violencia contra las mujeres y celebró las iniciativas civiles de organizaciones que buscan sensibilizar a la sociedad y a las autoridades para que “tomen medidas de una vez para romper con toda esta violencia”

“La vida es sagrada y solo está en las manos de Dios, nadie, ni un estado, puede arrogarse el más mínimo derecho sobre la vida de otros. Quitar la vida a una persona por cualquier motivo, desde el primer momento de la concepción hasta la muerte natural, es un delito y pecado gravísimo” subrayó la máxima autoridad religiosa de Santa Cruz.

“Como creyentes, conscientes de que la vida es un don sagrado de Dios, tenemos que poner todos nuestros esfuerzos para romper toda lógica de violencia, de odio y de muerte y testimoniar la novedad del amor cristiano, que se manifiesta en el perdón y la misericordia. Solo la misericordia puede cambiar el rostro de nuestra sociedad, pude hacerla más justa, fraterna y solidaria, conforme al designio de Dios” Indicó Monseñor.

Antes de la bendición final, Monseñor Sergio cerró la puerta Santa de la Catedral dando por finalizado el Año de la Misericordia en nuestra Arquidiócesis de Santa Cruz.

Homilía completa:

 

S.E. MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ

DOMINGO 20 DE NOVIEMBRE DE 2016

CLAUSURA DEL JUBILEO DE LA MISERICORDIA.

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR

Una feliz circunstancia: con esta solemnidad de Cristo Rey termina el Litúrgico para nuestra Iglesia y también el Año de la misericordia, instituido con tanto acierto por el Papa Francisco.

Ha sido un año de gracia en el cual hemos ido celebrando todos los misterios principales de la salvación: desde la Navidad hasta esta fiesta de hoy, desde la experiencia de la misericordia de Dios. Esta celebración de Jesucristo proclamado Rey del Universo y de la humanidad, es la coronación de todo nuestro recorrido de fe, en el que, gracias a él, hemos descubierto con más profundidad el rostro misericordioso del Padre.

En todo este tiempo el Señor, en su gran bondad, nos ha ofrecido sobradas ocasiones para recibir su gracia abundante y experimentar su amor de Padre, perdonando nuestros pecados y reconciliándonos con él. Hemos tenido la oportunidad de ser “misericordiosos como el Padre”, y acercarnos a los sacramentos de la penitencia y de la Eucaristía, de hacer una obra de caridad y solidaridad, de hacen una peregrinación para cruzar unas de las Puertas Santas abiertas en nuestra Arquidiócesis: acá en la Catedral, en Samaipata, en los Santuarios de Cotoca y del Divino Niño en Buen retiro, y en el recinto carcelario de Palmasola.

Puede que en algunos de nosotros surja una pregunta: Ahora que se clausura la Puerta Santa y el Jubileo ¿Ya no habrá posibilidad de recibir un perdón general y gozar de la misericordia de Dios? Por supuesto que no! Se cierra la Puerta santa, pero no la puerta del corazón de Jesús. En cada momento de nuestra existencia podemos encontrar los brazos amorosos del Padre siempre abiertos para acogernos y perdonarnos, con tal que reconozcamos nuestros pecados y que recurramos con humildad y confianza a recibir su perdón a través de los sacramentos de la gracia.

Hemos vivido un año de alegría por el desborde de la gracia y la vida del Señor Jesús que nos ha envuelto y que nos ha permitido redescubrir el misterio del mismo ser e intimidad de Dios. Él nos ha manifestado «el rostro de un Dios que es Padre rico en misericordia» que nos ama con entrañas de amor y ternura.

Hemos tocado con mano que la misericordia de Dios es el corazón palpitante del Evangelio, la Buena Noticia del Dios bondadoso, atento y fiel, que se acerca a quien pasa necesidad para estar cerca de todos, especialmente de los pobres, los últimos, y descartados de la sociedad, del mismo modo que lo haría un padre y una madre con sus hijos.

Nos hemos alegrado de sentir en nuestro corazón que la misericordia de Dios no tiene límites, que él siempre está dispuesto a perdonarnos y a recibirnos en su casa como al hijo pródigo. Es lo que nos confirma la actuación de Jesús, clavado en la cruz, en el momento más álgido y duro de su vida, cuando perdona al ladrón arrepentido: “«Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino…Yo te aseguro que Hoy estarás conmigo en el paraíso”. No solo Jesús perdona al ladrón, sino que su amor llega al extremo de perdonar a los que lo están crucificando: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Esta actuación de Dios, reafirma en nosotros la esperanza cierta y reconfortante que siempre podemos restaurar nuestra relación con Dios, gracias a su bondad y misericordia, con la seguridad que nadie ni nada podrá Interponerse entre nosotros y el amor de Señor que perdona y que quiere nuestra vida. “¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado -dice el Señor- y no más bien en que se convierta de su conducta y viva?”

De la misma manera hemos comprendido que, reconciliarnos y restaurar nuestra relación con Dios, exige restaurarla también con nuestro próximo y reconciliarnos con los demás, para vivir en comunión fraterna y en paz. Espero firmemente que esta experiencia de gratuidad y gracia nos haya llenado de alegría, nos haya fortalecido y reavivado en nuestro compromiso de ser testigos de la misericordia del Padre, poniendo a disposición nuestro tiempo y capacidades al servicio de los demás, en especial de los hermanos pobres, marginados, necesitados, enfermos y sufridos.

También confío que nos haya confirmado en la misión de ser testigos del Dios de la vida, que quiere el respeto de toda persona, de su dignidad, sobre los fundamentos de la libertad, la justicia, la verdad, la solidaridad y el amor, los valores del reino de Dios. La vida es sagrada y solo está en las manos de Dios, nadie, ni un estado, puede arrogarse el más mínimo derecho sobre la vida de otros. Quitar la vida a una persona por cualquier motivo, desde el primer momento de la concepción hasta la muerte natural, es un delito y pecado gravísimo.

Nos tiene que cuestionar el hecho de que en este tiempo de misericordia, se hayan multiplicado los linchamientos en varias regiones de nuestro país. Estos hechos, además de ser espantosos delitos, son una blasfemia al Dios de la vida y de la misericordia. Ninguno puede hacerse justicia por mano propia, ni en nombre de la justicia comunitaria ni bajo el argumento de que la administración de la justicia es muy deficiente y arbitraria.

Ante la pasividad de muchas personas, yo diría de la gran mayoría de la población y del propio Estado, están surgiendo movimientos como “ni una menos” grupo al que adhiere varias personas sin importar cuales sean sus preferencias políticas y sus creencias religiosas.

Están surgiendo con la finalidad de sensibilizar a la opinión pública y de que las autoridades tomen parte en este asunto y tomen medidas de una vez para romper con toda esta violencia. Son iniciativas que celebramos y que tenemos que apoyar.

Como creyentes, conscientes de que la vida es un don sagrado de Dios, tenemos que poner todos nuestros esfuerzos para romper toda lógica de violencia, de odio y de muerte y testimoniar la novedad del amor cristiano, que se manifiesta en el perdón y la misericordia. Solo la misericordia puede cambiar el rostro de nuestra sociedad, pude hacerla más justa, fraterna y solidaria, conforme al designio de Dios.

Justamente hoy, Cristo Rey, un rey clavado en la cruz, nos pone ante la nueva imagen de Dios que es bondad y vida y que en su amor misericordioso no pide sacrificios al hombre, sino que él se sacrifica por el hombre. Jesús no es un rey que se pone él al centro del mundo al estilo de los poderes del mundo, sino que se pone al servicio de la humanidad.

Este Jesús, nuestro Rey que sirve y se entrega por nosotros, es el primer paso de un reinado nuevo y de una historia que cambia, del reino de vida que va creciendo en la humildad, la sencillez, el dolor, incluso en medio de nuestros errores e incongruencias, pero está aquí y es la firme esperanza de que su victoria final redundará en vida para todos. En y para Él no hay nada definitivamente perdido, ni nadie que no pueda esperar.

En la cruz han clavado el motivo de su condena: Jesús Nazareno Rey de los Judíos. !Sí!, Jesús de Nazareth es rey, pero no sólo de los Judíos, sino de toda la humanidad. No un rey sentado en el trono regio rodeado por sus ministros y servidumbre, tampoco un reino donde el poder es dominación, opresión, explotación, causas de sufrimientos, dolor, miedo y muerte. “Saben que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos y los grandes las oprimen con su poder” (Mt 20,24).

Jesús es el rey crucificado como un esclavo, rodeado, golpeado e insultado por su enemigos, solo y abandonado por sus discípulos, el hombre de los dolores. Ante la imagen de Cristo en la cruz, no hay como equivocarse acerca de su realeza y poder: es anonadamiento, servicio, amor humilde y entrega total por nosotros. “Yo no he venido para ser servido, sino para servir y dar mi vida en rescate por todos”.

Jesús es el rey que sigue crucificado en los pobres, los abandonados y pisoteados de este mundo, de la sociedad del descarte, de la eficiencia y de la indiferencia. Pero los pobres a quienes el Rey crucificado vuelve a asegurar: “Hoy estrás conmigo en el Paraíso”.

Cristo Rey al finalizar este Jubileo de la Misericordia nos llama hoy a ser también nosotros crucificados con él en los pobres de este mundo, a ser testigos y servidores humildes del Reino siendo “misericordiosos como el Padre”, en una realidad muy difícil por los muchos problemas humanos, culturales, sociales y políticos. Llamados a hacerlo de acuerdo a su estilo, con amor, con el servicio, la docilidad, la misericordia y el perdón, único camino que derriba los muros de la incomprensión y construye puentes de diálogo para una verdadera reconciliación y la paz.

Pidamos esta tarde al Señor, que nos conceda a todos y cada uno el don de guiarnos por la misericordia en nuestra vida y escuchar un día sus palabras consoladoras: “Dichosos los misericordiosos, porque encontrarán misericordia”. Amén

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz.

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