Obispo de la Diócesis de El Alto exhorto a no dejarse aplastar por la lógica del poder

Iglesia Viva 17.10.16. Es necesario, ponernos frente a Dios como comunidad para comprender el camino de la verdad, de la justicia y del bien común. “No podemos dejarnos vencer o aplastar por la lógica del poder, de la ideología, de la fuerza de las agrupaciones o las contraposiciones de fuerza, porque estas están fundadas en el interés y egoísmo de las partes por encima del bien de todos”, dijo Mons. Eugenio Scarpellini durante su homilía este domingo desde la Basílica de San Francisco.

“MISIONEROS COMPROMETIDOS POR UN MUNDO RECONCILIADO”
“Misericordiosos como Dios Padre”
(Domingo Mundial de las misiones)

Cada año estamos llamados a celebrar el DOMUND (Domingo Mundial de las Misiones). Debernos despejar de nuestra mente la idea que la misión es una actividad extraordinaria o un momento durante el año: la misión es la vida de la Iglesia. La Iglesia existe para la misión. El mandato de Jesús es claro: “Vayan y anuncien el Evangelio y hagan discípulos a todas las gentes”. Así ismo la Iglesia nace de la misión. El anuncio de la persona de Jesucristo y de su Buena Nueva, por la fuerza del Espíritu Santo suscita conversiones, discípulos del Señor y nuevas comunidades de fe.
La misión es la identidad de toda la Iglesia y de cada bautizado en la Iglesia.
Este año, pero, la celebración del DOMUND toma un enfoque especial porque se enmarca en el Año de la Misericordia proclamado por el Papa Francisco. La invitación es ser “misioneros de la Misericordia del Padre”. La Misión de la Iglesia, y de manera especial la misión ad gentes, es anunciar al “Padre bondadoso, atento y fiel”; esta acción es definida como “obra de misericordia espiritual y corporal” por el Papa.
Por eso es necesario orar y orar incesantemente, sin desanimarse nunca, porque Dios escucha las súplicas de sus fieles y, de manera especial, el grito de los pobres.
La primera lectura nos describe una escena de oración solemne y dramática: Moisés, en lo alto del monte, ora con los brazos levantados mientras el pueblo, en la llanura, lucha por la vida. Cuando Moisés tiene los brazos levantados el pueblo de Israel gana, cuando las baja el pueblo de Israel cae bajo el dominio de Amalek. Según los primeros padres de la Iglesia este hecho es un simbolismo: el pueblo de Israel es la presencia de Dios y del bien; Amalek es el símbolo del mal, del pecado, de las fuerzas del mundo.
Cuando el creyente reza es más fuerte que el mal que está dentro y fuera de él: hoy en día frente a tantas injusticias, a tantas divisiones, a peleas por intereses personales, muchas veces buscamos soluciones humanas, buscamos como ganar y salir beneficiados aunque sea a costa de otros. Nos olvidamos de pedirle ayuda a Dios para discernir nuestras acciones y nuestras decisiones. Además, si bien lo hacemos a nivel personal, es necesario, ponernos frente a Dios como comunidad (a Moisés le sostienen los brazos en la oración) para comprender el camino de la verdad, de la justicia y del bien común. No puedemos dejarnos vencer o aplastar por la lógica del poder, de la ideología, de la fuerza de las agrupaciones o las contraposiciones de fuerza, porque estas están fundadas en el interés y egoísmo de las partes por encima del bien de todos.
El Evangelio nos muestra la fuerza de la oración perseverante que mantiene viva la esperanza de la viuda por conseguir la justicia, garantía de vida para ella y su hogar. El juez, siendo malo, la atiende para que no vuelva a molestarlo.
Pero Jesús va más allá explicando el poder de la oración: “pues Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche? Se lo digo que les hará justicia sin tardar”.
Dios no se queda inerme frente a las injusticias que sufren los pobres. Parecería que los poderosos lo puedan todo con su fuerza, que nadie los puede parar; En varios casos la justicia se parcializa con quien tiene más dinero o poderío en dezmero de los humildes; parece que a los pobres y sencillos no les queda que el silencio.
Querida comunidad, su grito no quedará sin ser escuchado. Dios no hace oídos sordo a las injusticias. Pero no podemos esperar que Dios actúe con la varita mágica castigando y golpeando a los injustos, a los corruptos. A Dios hay que pedirle justicia por los pobres, humildes y oprimidos, al mismo tiempo que tenemos que pedirle para todos nosotros la fuerza y perseverancia para enfrentar las injusticias y abusos y solidarizarnos con los débiles y últimos.
Miremos nuevamente a las lecturas de hoy.
El pueblo de Israel arriesga ser víctima del rey Amalek afianzado en su fuerza y capacidad bélica; La viuda siente que su vida se acaba si no encuentra la justicia que puede devolverle la esperanza.
En ambos casos, la oración incesante y confiada pone a Dios al lado de los que sufren. El Salmo proclama: “Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?, el auxilio me viene del Señor que hizo el cielo y la tierra”.
Pero, el Evangelio de hoy termina cuestionándonos fuertemente: “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”
Es decir, ¿tenemos esta confianza en Dios que nos dice que las fuerzas del mal no prevalecerán? ¿Somos capaces de escuchar el grito de los pobres? ¿Somos capaces de superar el negativismo y actuar con perseverancia y sin desfallecer en las dificultades para hacer presente a Dios, Padre misericordioso y bueno?
Al estilo de Jesús que estaba constantemente en oración y diálogo con su Padre, debemos mantenernos fieles y perseverantes en la oración para hacer presente su Reino de paz y justicia, asumir nuestro compromiso de discípulos misioneros que implica escuchar las suplicas confiadas de los hermanos, muchas veces abatidos o marginados, maltratados y olvidados en un mundo que contrapone.
En este mundo el misionero escucha y se compromete por reconciliar las fracturas, recomponer las divisiones, curar las heridas, porque es capaz de ser misericordioso y compasivo, de perdonar y orientar porque tiene en sus manos la verdad de Dios que auxilia y salva. De hecho: “Todos los pueblos y culturas tienen el derecho a recibir el mensaje de salvación, que es don de Dios para todos. Esto es más necesario todavía si tenemos en cuenta la cantidad de injusticias, guerras, crisis humanitarias que esperan una solución” (Papa Francisco, Mensaje DOMUND 2016).
Terminando esta reflexión, en el día dedicado a las misiones, quiero hacer presente la invitación del Papa Francisco a vivir la solidaridad con el trabajo misionero y con las misiones más necesitadas: “En este Año jubilar… considero oportuno volver a recordar la sabias indicaciones de mis predecesores, quienes establecieron que fueran destinadas a la Pontifica Obra de la Propagación de la Fe todas las ofertas que las diócesis, parroquias, comunidades religiosas, asociaciones y movimientos eclesiales de todo el mundo pudieran recibir para auxiliar a las comunidades cristianas necesitadas y para fortalecer el anuncio del Evangelio hasta los confines de la tierra. No dejemos de realizar también hoy este gesto de comunión eclesial misionera. No permitamos que nuestras preocupaciones particulares encojan nuestro corazón, sino que lo ensanchemos para que abarque a toda la humanidad” (Mensaje DOMUND 2016).
En esta Eucaristía digámosle al Padre: “Señor enséñanos a orar, enséñanos a confiar en ti que siempre nos escuchas, enséñanos a escuchar el grito de nuestros hermanos, enséñanos a anunciarles la Buena Noticia de tu Reino que es justicia y paz para todos”.

José Howard Rivera Fernández

Nacido el 29 de marzo de 1967

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