Queremos renovar así nuestra cercanía, nuestra oración por el Papa Francisco

Iglesia Viva 13.07.16//Homilía de Mons. Giambattista Diquattro, Nuncio Apostólico en Bolivia en la Santa Misa del Primer Aniversario del Viaje Apostólico del Papa Francisco a Bolivia, proclamada el 9 de julio desde el altar del Cristo Redentor, Santa Cruz de la Sierra.

Texto completo de la Homilía:

Conmemoramos el primer aniversario del Viaje Apostólico del Papa Francisco a Bolivia y festejamos este momento agradeciendo al Señor por el gran don que hemos recibido y que recibimos por parte del Santo Padre. Queremos renovar así nuestra cercanía, nuestra oración por el Papa Francisco y nuestra alegría en conformar nuestra vida a la voluntad de Nuestro Señor Jesucristo.
Quisiera evocar al Papa Francisco reflexionando juntos sobre su meditación en ocasión del reciente Día del Papa, el 29 de junio pasado, durante la Solemne Misa Pontifical en la Basílica de San Pedro.
El Santo Padre se refirió al texto de los Hechos de los Apóstoles que acabamos de escuchar. El Papa ha evidenciado que este texto contiene un binomio central: cierre – apertura. A esta imagen podemos unir el símbolo de las llaves, que Jesús promete a Simón Pedro para que pueda abrir la entrada al Reino de los cielos, y no cerrarlo para la gente, como hacían algunos escribas y fariseos hipócritas.
El Evangelio nos presenta dos personas que tienen el corazón cerrado: “bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo… pasó por allí un levita lo vio y siguió su camino”. Un sacerdote y un levita, es decir, dos personas relacionadas con el culto del Templo en Jerusalén. Pasaron antes que el buen samaritano y no supieron acercarse a esa persona maltratada por lo bandidos. Su corazón estaba cerrado y el corazón cerrado siempre presenta una justificación por lo que no hace.
Los Hechos de los Apóstoles nos presentan tres encierros: el de San Pedro en la cárcel; el de la comunidad reunida en oración; y ‒ en el contexto cercano de nuestro pasaje ‒ el de la casa de María, madre de Juan, por sobrenombre Marcos, donde San Pedro va a llamar, después de haber sido liberado.
Con respecto a los encierros, la oración aparece como la principal vía de salida: salida de la comunidad que corre el peligro de encerrarse en sí misma, debido a la persecución y al miedo; salida para San Pedro, que al comienzo de la misión que le había sido confiada por el Señor, es encarcelado por Herodes, y corre el riesgo de ser condenado a muerte.
Y mientras San Pedro estaba en la cárcel, “la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él” (Hch 12,5). Y el Señor responde a la oración de la Iglesia, y envía a su ángel para liberar a San Pedro, “arrancándolo de la mano de Herodes” (cf. v. 11).
La oración, como humilde abandono en Dios y en su santa voluntad, es siempre una forma de salir de nuestros encierros personales y comunitarios. Es la gran vía de salida de los encierros.
En la primera lectura Moisés habla de la gran experiencia de liberación: el Pueblo de Israel sale de Egipto, del peligro de desaparecer. El Señor dará a su Pueblo abundante prosperidad… volverá a complacerse, pondrá su Palabra cerca de su Pueblo, en su boca y en su corazón. Esta promesa del Señor que anuncia Moisés se ha cumplido cuando el Verbo se hizo carne: Jesucristo enviado del Padre, Dios verdadero de Dios verdadero.
Y el salmo responsorial habla de una “apertura” mayor, hacia un horizonte infinitamente más amplio: proclama la vida eterna “busquen al Señor y vivirán… los que aman el nombre del Señor morarán en Siόn”. La vida y la morada que espera a los hijos de Dios después de haber terminado la “carrera” terrena.
Qué bella es la vida de San Pedro Apóstol toda “en salida”: toda proyectada hacia adelante, saliendo detrás del Ángel, para ser libre de llevar la gracia de Cristo a cuantos no la conocen.
La profesión de fe de san Pedro y la consiguiente misión confiada por Jesús nos muestra que la vida de Simón Pedro, pescador de Galilea ‒ como la vida de cada uno de nosotros ‒ se abre, florece plenamente cuando acoge de Dios la gracia de la fe. Entonces, san Pedro se pone en el camino ‒ un camino largo y duro ‒ que le llevará a salir de sí mismo, de sus seguridades humanas, sobre todo de su orgullo mezclado con valentía y con generoso altruismo.
En este su camino de liberación, es decisiva la oración, la oración de Jesús: “yo he pedido por ti Simón, para que tu fe no se apague”. Estas palabras del Señor parecen una respuesta a la invocación contenida en el salmo: “por tu gran compasión vuélvete a mí”. Es decisiva la mirada llena de compasión del Señor después de que san Pedro le hubiera negado tres veces: una mirada que toca el corazón y disuelve las lágrimas de arrepentimiento.
Entonces Simón Pedro fue liberado de la prisión de su ego orgulloso, de su ego miedoso, y superó la tentación de cerrarse a la llamada de Jesús, a seguirle por el camino de la cruz.
En el contexto inmediato del pasaje de los Hechos de los Apóstoles, hay un detalle que es bueno resaltar (cf. 12.12-17). Cuando Pedro se encuentra milagrosamente libre, fuera de la prisión de Herodes, va a la casa de la madre de Juan, por sobrenombre Marcos. Llama a la puerta, y desde dentro responde una sirvienta llamada Rode, la cual, reconociendo la voz de Pedro, en lugar de abrir la puerta, incrédula y llena de alegría corre a contárselo a su señora.
El relato, que puede parecer cómico ‒ y que puede dar inicio al así llamado “complejo de Rode” ‒, nos hace percibir el clima de miedo en el que vivía la comunidad cristiana, que permanecía encerrada en la casa, y cerrada también a las sorpresas de Dios.
Pedro llama a la puerta. Y hay miedo, hay alegría, «¿abrimos?, ¿no abrimos?», mientras él está corriendo peligro, pues la policía puede cogerlo. Pero el miedo nos paraliza, nos paraliza siempre, nos cierra, nos cierra a las sorpresas de Dios. Este particular nos habla de la tentación que existe siempre para la Iglesia: de cerrarse en sí misma de cara a los peligros. Pero incluso aquí hay un resquicio a través del cual puede pasar la acción de Dios: dice san Lucas que en aquella casa, “habían muchos reunidos en oración” (v. 12). La oración permite a la gracia abrir una vía de salida: del encierro a la apertura, del miedo a la valentía, de la tristeza a la alegría. Y podemos, y debemos añadir: de la división a la unidad. Sí, lo decimos hoy, juntos para participar en esta Liturgia de fiesta… una fiesta de comunión para toda la Iglesia en Santa Cruz de la Sierra, mientras se renueva el compromiso de la evangelización y se fortalece en el Encuentro Misionero Arquidiocesano.
A la Virgen María le encomendamos en nuestras oraciones, durante esta Celebración Eucarística, al Santo Padre Francisco y le pedimos el descanso eterno por el alma del Card. Julio Terrazas Sandóval, que parece quiso esperar con su Iglesia al Dulce Cristo en tierra, antes de dormirse en el Señor.

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