“El Espíritu de la Verdad que el Señor nos dona, nos indica el único camino para llegar a una convivencia pacífica y democrática”

 

Iglesia Viva 18.05.16//Afirmó Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz, en la homilía del domingo 15 de mayo en el que se celebró la Solemnidad de Pentecostés, día en que la Iglesia nace misionera.

En su reflexión el Arzobispo recordó a los fieles el compromiso para trabajar en un mundo justo y fraterno y definió  Pentecostés como la fiesta de la unidad y de la luz.
“La fe en Jesucristo, no crea uniformidad, sino unidad en la diversidad, donde cada cual, aportando desde su diversidad, carismas y talentos, enriquece en la complementariedad al pueblo de Dios. San Pablo expresa con palabras iluminadoras esta novedad: “Hay diversidad de dones, ministerios y funciones, pero un mismo Espíritu, un solo Señor y un solo Dios.
En cada uno el Espíritu se manifiesta para el bien común… Todos hemos sido bautizados en el mismo Espíritu para formar un solo cuerpo –judíos y griegos, esclavos y hombres libres”. Todos los muros y barreras, aduanas y fronteras, regionalismos y nacionalismos caen en la Iglesia.
En ella no hay extranjeros ni distinción de clases, todos somos hermanos cada cual llamado a poner nuestros dones al servicio del bien común de todo el pueblo de Dios, donde los multiformes carismas son reunidos por el mismo y único Espíritu. En Pentecostés la Iglesia nace misionera, los discípulos salen de su refugio para anunciar a todas las gentes la Buena Nueva. Su vocación e identidad es anunciar la alegría de que, por el Resucitado, todos los que creen en él, son, liberados de la esclavitud del pecado, de las cadenas del mal y del miedo, y son hechos hijos de Dios. No somos cristianos, ni somos Iglesia de Jesucristo si no anunciamos el Evangelio, si no damos testimonio de nuestra fe, si no compartimos la alegría de haber encontrado en el Señor el sentido verdadero y profundo de nuestra existencia y si no nos comprometemos para trabajar por un mundo más justo y fraterno. Para llevar a cabo esta ardua misión, que es la misma de Jesucristo, el Espíritu Santo: “el defensor, el Espíritu de la Verdad” nos acompaña y asiste.
El Espíritu de Dios es Verdad. Palabra demasiado fuerte para nuestros oídos educados en el mundo del pensamiento débil y voluble. En nuestro mundo marcado por el relativismo y el individualismo, hablar de la Verdad constituye un desafío y una provocación. Hoy cada cual se hace su propia verdad, se la cambia por las medias verdades, por la falsedad y la mentira o por el propio cómodo e interés.
La pérdida de este valor fundamental en la convivencia social provoca confusión, desconfianza, intolerancia, incomunicación, violencia y disgregación. Se cae en la cerrazón de sus propias ideas e ideologías, y en una intolerancia que impide escuchar las razones de la otra parte y que vuelve vacío e inútil el diálogo, transformándolo en una disputa donde cada cual quiere imponer su propia visión por las presiones, la fuerza y la violencia, desterrando la cordura y la razón. Hasta en el campo de la religión y de la fe, nos hacemos una religión “autoservicio”, a nuestro gusto y antojo.
Del Evangelio y de la enseñanza de la Iglesia aceptamos solo los que nos agrada y conviene, haciéndonos nosotros mismos árbitros del bien y del mal. Parecería que vivimos en una sociedad y cultura más parecida a la torre de Babel más que a la comunidad de Pentecostés. El Espíritu de la Verdad que el Señor nos dona, nos indica el único camino para llegar a una convivencia pacífica y democrática: valorar la diversidad como una riqueza, manifestar una voluntad sincera de escucha, fomentar la cultura del encuentro a través del idioma de la racionalidad, de la fraternidad, del bien común y del entendimiento a través de un diálogo abierto, constructivo y sensato.
Hace falta dejarnos guiar por el Espíritu Santo, como los primeros cristianos que se definían a sí mismos: “Guiados por el Espíritu”.
A partir de estas consideraciones, podemos definir Pentecostés como la fiesta de la unidad y de la luz, fruto de la acción del Espíritu del amor y de su presencia amorosa en nuestra historia. Y es justamente en este marco que hoy se clausura la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, en la que hermanos de distintas Iglesias cristianas hemos orado y meditado juntos alrededor del lema: “Destinados a proclamar las grandezas del Señor”.
El hecho de orar juntos por el don de la unidad plena entre todos los cristianos, es un pequeño pero significativo testimonio de la grandeza del Espíritu que sigue guiándonos y que nos impulsa a abrir caminos y a ser signos de esperanza, unidad y paz en nuestra sociedad. Invoquemos todos juntos con ardor a Dios haciendo nuestro el estribillo del salmo que hemos cantado: “Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra”.

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