Sacerdotes renovaron sus votos en la Misa Crismal de la Diócesis de El Alto

Iglesia Viva 22.03.16. Mons. Eugenio Scarpellini ofició la Misa Crismal en la Diócesis de El Alto este martes por la mañana desde la Catedral de Collpani participó el Nuncio Apostólico de Bolivia Mons. Giambattista Diquattro, además del clero, diáconos, vida religiosa y fieles participó. En  su mensaje Mons. les pidió ser comunidades misericordiosas, capaces de acompañar a sus hermanos con la oración, con el cariño, la corresponsabilidad pastoral y corrección fraterna.

Sacerdotes, misericordiosos como el Padre.

12004861_10209318453141124_Estimado Mons. Giambattista, Nuncio Apostólico de Su Santidad el Papa Francisco en Bolivia,
Estimados hermanos Obispos presentes

Queridos sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas y comunidad toda que nos acompañan hoy en esta celebración. La Misa Crismal de este año se enmarca en el Año de la Misericordia, proclamado por Papa Francisco: es un llamado a descubrir a Dios como Padre misericordioso, que siempre nos perdona, y ser presencia de misericordia para  nuestros hermanos.

Si bien éste es un llamado para todos los bautizados, lo es aún más para nosotros, los sacerdotes, que por el sacramento del orden sacerdotal somos asimilados a Cristo sacerdote, quien ofreció su vida para revelarnos el amor misericordioso de su Padre.

En la carta a los Hebreos, para definir las cualidades del sacerdocio de Jesús se utilizan dos expresiones: “que tiene autoridad” y “misericordioso”.  Jesús es un sumo sacerdote que en la humildad del siervo y la solidaridad con los hermanos manifiesta la gloria del Padre. Su gloria, su autoridad es su misericordia. “Cristo Jesús… se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en la cruz. Por eso Dios lo engrandeció y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al Nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y entre los muertos, y toda lengua proclame que Cristo Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil. 2,8-11).
Cristo ha llegado a la gloria por el camino de la compasión, de los sufrimientos humanos y pasando por la muerte. “Nuestro sumo sacerdote no se queda indiferente ante nuestras debilidades, pues ha sido probado en todo igual que nosotros, a excepción del pecado” (Hebreos 4,15). Para compadecerse de verdad, Jesús nos enseña que es necesario experimentar las mismas pruebas  y soportar los mismos sufrimientos del hermano: Cristo lo hizo con toda la humanidad. Por eso la misericordia del Padre, en Jesús, se vuelve una relación fuerte, tierna y de autentica fraternidad con nosotros.

Como sacerdote misericordioso, Jesús se ofreció a sí mismo en sacrificio en el altar de la cruz y quiso quedarse siempre con nosotros, vivo y resucitado en la Eucaristía.

“Mientras instituía la Eucaristía, como memorial perenne de él y de su Pascua, puso simbólicamente este acto supremo de la Revelación a la luz de la misericordia. En este mismo horizonte de la misericordia, Jesús vivió su pasión y muerte, consciente del gran misterio del amor de Dios que se habría de cumplir en la cruz” (Misericordiae vultus, 7).
Hermanos sacerdotes, este es el gran misterio que Jesús entregó en nuestras manos: “Vayan y anuncien la Buena Noticia, bauticen, perdonen los pecados, hagan discípulos”. Se nos dice: muestren la misericordia de Dios Padre a los hermanos, anúncienles la alegría de ser hijos, compártanles la serenidad y la paz de ser hermanos.
Para eso Dios nos ha llamado a ser discípulos. Nuestro discipulado se debe entender desde la vocación y el  ministerio sacerdotal.

Esto significa vivir como discípulos misericordiosos: “Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso” (Lc 6,36). Nos rodean muchas situaciones de pobreza y sufrimiento: jóvenes víctimas del alcohol y de la drogadicción, niños abandonados o sometidos a la violencia en su propia familia, familias divididas, gente sin trabajo, adolescentes víctimas de la prostitución o trata y tráfico de personas, ancianos solos, personas no atendidas con dignidad en su discapacidad. Frente a estas situaciones el Papa nos exhorta: “No caigamos en la indiferencia que humilla… Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad”  (Misericordiae vultus, 15).

Todo eso implica dar tiempo a nuestros hermanos para escuchar sus vidas, vivir, estar presentes en nuestras comunidades, estar insertos en la vida de los barrios, visitar a las familias, a los enfermos. Reconozco y agradezco a muchos de ustedes por la dedicación y la entrega como sacerdotes. ¡Que la pasión pastoral de ir al encuentro de nuestros hermanos nos haga a todos generosos, nos desinstale de las acciones de siempre y nos haga atentos y creativos! Al estilo de Jesús, rostro misericordioso del Padre, permitamos que nuestros hermanos se apropien de nuestra vida y no tengamos miedo a gastarla por ellos.

Hay un segundo aspecto importante de nuestro ministerio: somos sacerdotes que celebran la misericordia. Por la consagración sacerdotal hacemos memoria del amor, de la misericordia del Padre en la celebración de los sacramentos y la ofrecemos a nuestros hermanos: los hacemos hijos amados en el bautismo, santificamos el dolor de los enfermos, acogemos y perdonamos a los que han caído, entregamos a Cristo vivo y presente en la Palabra y en la Eucaristía.
“Hagan esto en memoria mía”. ¡Qué gran don nos ha dado Jesús en la Última Cena y que gran responsabilidad tenemos como sacerdotes en la Iglesia. Ninguno de nosotros estamos exentos de la tentación de la rutina, del sacramentalismo o de volvernos “funcionarios de la gracia”, como dice papa Francisco. ¡Que nuestras celebraciones sean bien preparadas!, no solo en el fiel cumplimiento de las normas, sino con la oración personal previa, con la participación de la comunidad; sean vividas con devoción. En síntesis, que la celebración sea evangelizadora y nos ayude a vivir el encuentro con Jesús en comunidad.

Quiero llamar la atención sobre un sacramento en desuso: el Sacramento de la Reconciliación. Es cierto que muchos de nuestros hermanos no se confiesan tan seguido como antes, que dicen hacerlo directamente con Dios o, peor, que ya no hay pecado. Es cierto todo eso, pero, también es cierto que a veces dedicamos menos tiempo y energía a la confesión. En la experiencia de las “24 horas para el Señor” hemos visto que hay gente que se ha acercado al sacramento de la confesión, porque este sacramento les permitió “experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia” (Misericordiae vultus, 17).

A nosotros, los sacerdotes, el Papa Francisco nos ha motivado en la Misericordiae vultus, (17): “Nunca olvidemos que ser confesores significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo concreto de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva. Cada uno de nosotros ha recibido el don del Espíritu Santo para el perdón de los pecados, de esto somos responsables”. Pero, “Ser confesores no se improvisa. Se llega a serlo cuando, ante todo, nos hacemos nosotros penitentes en busca de perdón”.

Querida comunidad, los sacerdotes que estamos aquí presentes somos un don para nuestra Iglesia diocesana de El Alto, para las comunidades, para cada uno de ustedes. Les pido que sean comunidades misericordiosas, capaces de acompañarlos con la oración, con el cariño, la corresponsabilidad pastoral y corrección fraterna. Recen todos los días por los sacerdotes y por las vocaciones sacerdotales.

Quiero cerrar esta reflexión recordando a P. Grober y P. Germán: dos sacerdotes y jóvenes sacerdotes. Su muerte trágica y prematura sigue haciéndonos sufrir interiormente y, hasta, nos llena de preguntas. Les digo con fe firme: si Dios los ha llamado a su casa “como siervos buenos y fieles”  es porque ya habían cumplido su misión en nuestra Iglesia diocesana. En este día, quiero mirarlos en la Asamblea celeste cantar y celebrar la gloria del Padre y que su melodía sea fuente de vocaciones para nuestra Iglesia. Nosotros sigamos con fidelidad, entrega y espíritu de fraternidad sacerdotal en el ministerio para el cual Dios nos ha elegido: ser sacerdotes de la misericordia.

 Mons. Eugenio Scarpellini

Obispod e la Diócesis de El Alto

Un comentario sobre “Sacerdotes renovaron sus votos en la Misa Crismal de la Diócesis de El Alto

  • el 23 marzo, 2016 a las 11:36
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    Muy bonita celebración. Felicidades a los sacerdotes por su renovación. Y que el Señor guíe su caminar pastoral.

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