¡Padre, perdónales porque no saben lo que hacen!

Iglesia Viva 21.03.16. //Miguel Manzanera SJ// En el pueblo católico ha adquirido relevancia la devoción de las “Siete Palabras” que Jesús pronunció en la cruz, recogidas en los cuatro evangelios aprobados como auténticos por la Iglesia. Con el tiempo se ha establecido la piadosa costumbre de predicar las siete palabras al mediodía del Viernes Santo, reviviendo las tres horas de agonía que Jesús sufrió, clavado en la cruz en el montículo del Gólgota, en las afueras de Jerusalén y no lejos de sus murallas.

Las palabras de Jesús contrastan fuertemente con las que pronunciaban la mayoría de los condenados, muchas veces llenos de odio y resentimiento, maldiciendo a quienes les habían condenado y blasfemando contra Dios. Por el contrario Jesús muestra un corazón confiado en el Padre y al mismo tiempo compasivo y misericordioso frente a quienes lo han condenado, engañados por el diablo o mal informados por los enemigos de Jesús.

Su primera palabra es una oración: “¡Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen!” (Lc 23, 34) que muestra cómo Jesús se sometió voluntariamente al tormento de la cruz. Podría haberse ocultado o escapado al desierto, pero sin embargo prefirió seguir en Jerusalén, sabiendo que lo tomarían preso, lo azotarían, lo juzgarían inicuamente y lo condenarían a la crucifixión, que era la pena extremadamente cruel que la autoridad romana reservaba a los subversores y a los criminales más perversos, siempre que no fueran romanos.

Jesús, sabiendo todo ello, aceptó esa condena totalmente injusta, ofreciéndola al Padre como sacrificio redentor de todo el pueblo judío y en definitiva de toda la humanidad. Los evangelios narran cómo Él fue inicuamente juzgado por el Sanedrín, el Tribunal máximo judío, con acusaciones de falsos testigos. Se le condenó a muerte por la acusación, hecha por el Sumo Sacerdote Caifás, de haber blasfemado por considerarse como el Mesías (el Cristo), el Hijo de Dios” (Mt 26, 63-64).

El Sanedrín podría haber ejecutado la pena de muerte, apedreándolo, como pocos meses después haría con Esteban, fiel discípulo de Jesús (Act 7), pero los miembros del Tribunal no quisieron aparecer ante el pueblo como los verdugos de Jesús. Por eso buscaron y consiguieron que fuese la autoridad romana la que le condenase a la pena capital en la cruz.

Pilato, el procurador de Judea, dándose cuenta de la inocencia de Jesús, quiso salvarle acudiendo a la estratagema de presentarlo totalmente flagelado para mover a la compasión al pueblo que pocos días atrás lo había aclamado como el Hijo de David, Pero, al no conseguirlo, lo condenó a la muerte de cruz, aceptando la acusación del Sanedrín de que Jesús se había proclamado “Rey de los Judíos”, negando así la autoridad del Emperador.

Jesús casi totalmente desangrado por la horrible flagelación, incluyendo la corona de espinas, fue obligado a cargar con la pesada cruz y subir al lugar de la crucifixión. Era tal su agotamiento que el centurión romano buscó a un uno de los espectadores, Simón de Cirene, y le obligó a cargar el madero.

Jesús, consciente del horrible pecado que estaban cometiendo en contra él, de Él, podría haber pedido a su Padre Dios que castigase a todos los que le habían condenado injustamente. Pero, sin embargo en su primera oración en la cruz pide al Padre su perdón para ellos: “¡Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen!”. Con ello el Redentor muestra su verdadera misión. Él no ha venido a condenar sino a perdonar.

Ya en la oración del Padre Nuestro que Jesús enseñó a sus discípulos aparece esa petición: “Perdónanos  nuestras deudas así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores”. “Si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas” (Mt .6, 12.15). Jesús ya nos adelanta la sentencia que el Padre pronunciará en el juicio final, premiando o condenando a las personas que han sabido o no perdonar a sus deudores.

Las aplicaciones de esta invitación al perdón y a la reconciliación son múltiples tanto en el ámbito personal como en el familiar, en el social, en el eclesial y también en el político. Solamente si nosotros perdonamos primero a los que nos han ofendido, Dios nos perdonará. Por eso Jesús crucificado, olvidándose del terrible dolor que sentía, mostró que verdaderamente es el Hijo del Padre amoroso y misericordioso que siempre busca la conversión de sus hijos para que evitar que sean condenados y para que entren a formar parte de la Divina Familia Trinitaria, la única que garantiza la salvación en la vida eterna.

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