Nuestro mundo está marcado por miles de cruces ¿qué hacemos como cristianos?

Iglesia Viva 21.3.16. Mirando a Cristo en la cruz, comprometámonos a no crucificar a nadie más, dijo Mons. Aurelio Pesoa, obispo auxiliar de La Paz y secretario general de la CEB, a tiempo de comentar las lecturas del Domingo de Ramos que da inicio a la Semana Santa 2016.

Vivamos esta Semana Santa con intensidad y que sea un tiempo para meditar, reflexionar sobre nuestra fe y sobre nuestro compromiso cristiano, hagámoslo con recogimiento y respeto, pidió Mons. Aurelio.

Por sus llagas hemos sido curados
Domingo 20 de marzo de 2016
Domingo de Ramos

“Mientras avanzaba, extendían sus mantos por el camino…” Así dice el pasaje de san Lucas en la cual se recuerda la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Toda la muchedumbre comenzó a alabar a Dios a gran voz, por todos los prodigios que habían visto, diciendo: “Bendito el que viene, el rey, en el nombre del Señor…”.

Pasarán unos pocos días y ese “rey” será condenado a morir en una cruz sobre la cual estará escrito: ”Jesús Nazareno, Rey de los Judíos”. Bastarán pocos días y esa multitud que aclama y que frecuentemente había sido beneficiada por Jesús, gritará su tremendo “¡crucifícalo!”. Un grito repetido con fuerza, grito que no admite replicas, ni siquiera cuando el gobernador Pilato dice no encontrar en él ningún motivo de condena. Un grito que no se acalló ni siquiera cuando, después de haber castigado a Jesús con la flagelación, lo presento todavía a la multitud con la esperanza de liberarlo; pero aquella multitud de hombres, ya metidos en la espiral dela violencia volvió a gritar: “¡Crucifícalo!”.

El domingo anterior, reflexionando el pasaje del Evangelio de la pecadora llevada ante Jesús, escuchamos de él esas palabras consoladoras: “Mujer, donde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado? Tampoco yo te condeno; vete y en adelante no peques más”. Eran palabras de perdón, pero ese perdón tenía un precio: la muerte del Hijo de Dios.

Sabemos que por sí solos nunca nos habríamos convertido a Dios si él, sin Cristo, habríamos muerto, sin esperanza, en nuestros pecados; Él es pues, don de Dios, el signo más elevado del amor que perdona. “Jesús decía: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”.

Pero eso no significa que Dios avale nuestra conducta, ni que nuestras culpas pierdan gravedad. El hecho de que seamos perdonados significa solamente que el amor de Dios es más grande que nuestro pecado; significa que, en vista del arrepentimiento, él no tiene cuenta de la culpa; significa que el Padre es un Dios paciente en la espera: Significa en fin, que entre nosotros pecadores y Dios hay una Cruz en la que muere el Hijo pidiendo perdón por todo hombre pecador.

Nuestra respuesta al amor del Padre, al amor redentor de Cristo, es pues, el esfuerzo a vivir en obediencia a la ley de Dios y a ejemplo de su Hijo Jesús. Nuestra respuesta al amor que perdona es una vida animada por el amor; una existencia que se esfuerza en amar, perdonar, socorrer. Nuestra respuesta está en una existencia que, escuchando el trágico silencio de Cristo muerto en la cruz, se compromete a no crucificar a nadie más, en un mundo que todavía está marcado por miles y miles de cruces.

Hermanos vivamos esta Semana Santa que hoy comienza con intensidad y que sea un tiempo para meditar, reflexionar sobre nuestra fe y sobre nuestro compromiso cristiano, por eso les invito a vivirla con recogimiento y respeto. Así sea

José Howard Rivera Fernández

Nacido el 29 de marzo de 1967

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