“Vivirán para siempre en la casa del Padre misericordioso”, el último adiós a las víctimas de El Alto

Iglesia Viva 19.02.16.  al medio dia de este viernes el Obispo de El Alto Mons. Eugenio Scarpellini acompañado por el  Nuncio Apostolico de Bolivia  Mons. Giambattista Diquattro y sacerdotes de la diócesis, celebraron la misa de cuerpo presente en la Capilla Amor de Dios recordando a Juan Laura Calliconde, Jose Rodrigo Ortiz Flores, Javier Mollericona Quispe, Ana María Apaza Alanoca, Gloria Magaly Calle Suárez, Rosmary Mamani Paucara. funcionarios que fallecieron en la violenta toma de la Alcaldia alteña el miércoles pasado. A continuación compartimos la homilía pronunciada por el prelado.

Querida comunidad de El Alto y de toda Bolivia

El Señor nos reúne en esta Eucaristía para proclamar y celebrar la primacía de la vida sobre la muerte. Jesús, al hacerse hombre como nosotros y al experimentar una vida como la nuestra, experimentó la vida del hogar, del trabajo honesto; enfrentó las incomprensiones y rechazo de sus compaisanos, fue víctima de la injusticia de los grandes de su tiempo y pasó por la muerte en cruz. Pero Dios lo ha resucitado; en Él la vida ha vencido la muerte para siempre. Las lágrimas y el dolor se han transformado en cántico de alegría, porqué en Jesús nuestra esperanza es cierta: “Los que creen en mí vivirán para siempre”.

Nuestros hermanos Ana María, Juan, Gloria Magaly, José Rodrigo, Rosmery y Javier viven hoy en Dios, vivirán para siempre en la casa del Padre misericordioso y estarán siempre a nuestro lado.

Todavía no salimos del asombro y dolor por los hechos del miércoles pasado y no salimos del desconcierto por las injustificables manipulaciones políticas de los mismos hechos. Condenamos todo aquello, condenamos el recurso a la violencia como acto cobarde e irresponsable y lamentamos la irresponsabilidad de quienes debían haber prevenido estos hechos y resguardado la vida de nuestros hermanos.

En el Evangelio que hemos leído, Jesús nos dice claramente: “Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal. Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, y todo aquel que lo insulta, merece ser condenado por un tribunal”.

Es un pecado gravísimo atentar contra la vida de un hermano nuestro y de la misma manera es un pecado gravísimo atentar la dignidad de un hermano con calumnias, mentiras e insultos para fines personales o de grupo. Le estamos dando muerte en vida; estamos cultivando la cultura de la muerte que lleva a la división, enfrentamiento y destrucción de nuestra sociedad. Estamos llamados a rechazar la cultura de la muerte y ser constructores de la cultura de la vida.

El texto del Evangelio que hemos proclamado hace parte del discurso de la montaña, el discurso de las Bienaventuranzas, donde Jesús traza las características fundamentales del Reino del Padre y del estilo de vida del discípulo. La formulación “acuérdense que se les dijo…” “pero Yo les digo” quiere marcar fuertemente el cambio de estilo, la nueva espiritualidad para quien quiera seguirlo. Jesús no rechaza las leyes de su tiempo, condena la interpretación superficial, tendenciosa e interesada de las mismas. “No he venido a abolir la ley, sino a darle cumplimiento”. El nos propone los mandamientos del amor y del perdón que, si los asumimos y vivimos en su radicalidad permiten reconstruir lo que el odio y la violencia destruye, recomponer en unidad lo que la diversidad de pensamiento divide y aleja. La justicia divina en ningún momento juzga y condena, sino que justifica, perdona y salva: es el camino del amor fundado sobre la conciencia que todos somos hijos del mismo Padre y hermanos en Cristo.

Somos discípulos fieles cuando no solo no matamos, sino cuando nos consagramos al amor para el prójimo; cuando no solo no mentimos o no calumniamos, sino cuando nos votamos a la verdad plena.

Entonces, es necesario un camino de conversión como nos exhorta la primera lectura: “Si el malvado se convierte de todos los pecados que ha cometido, observa todos mis preceptos y practica el derecho y la justicia, seguramente vivirá, y no morirá”.

Esto no significa apartar o eliminar la justicia humana. Un verdadero arrepentimiento asume con valor la responsabilidad frente a la sociedad y a las víctimas de sus acciones. Por eso reitero lo que he dicho en estos días: “Convoco a los responsables a que se entreguen a la justicia humana. Dios, que es misericordioso, los perdonará de sus delitos; pero el perdón de Dios no elimina el compromiso, la necesidad y la responsabilidad de presentarse frente a la ciudadanía; el perdón de Dios va de la mano de la justicia humana porque solo así tendremos esperanza hacia el futuro”.

La conversión implica un cambio de dirección, nueva actitudes como nos dijo Papa Francisco en Bolivia: “…sabemos que un cambio de estructuras que no viene acompañado de una sincera conversión de las actitudes y del corazón termina a la larga o a la corta por burocratizarse, corromperse y sucumbir. Hay que cambiar el corazón”.

Por eso, querida comunidad, ha llegado:

  • la hora de asumir el mandamiento de Jesús: “Amarás a tu Dios con todo tu ser y amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
  • la hora de buscar el bien común por la vía del diálogo, del respeto de la vida humana, de la tolerancia, dejando atrás las motivaciones oportunistas y los cálculos políticos.
  • la hora de asumir el “pero Yo les digo…” de Jesús, superando la tentación del odio y de la venganza.
  • la hora de la misericordia como camino para construir una verdadera justicia que defienda al inocente, para edificar un mundo mejor, más humano y más fraterno.

En este momento quiero expresar mi profundo pesar a las familias de los fallecidos: les acompaño con cariño y con la oración al Dios de la vida para que alivie el dolor de ustedes y le de la paz fundada en la esperanza que sus familiares viven y los acompañan hoy y siempre.

Quiero manifestar la cercanía sincera mía y de todos los Obispos de Bolivia a la Alcaldesa de El Alto, Soledad Chapetón, a los compañeros de trabajo de los fallecidos y a la gran familia de El Alto: que la respuesta a la violencia sea un mayor compromiso por el bien común de nuestra ciudad. Es la hora de apaciguar los ánimos, al mismo tiempo que pedimos a las autoridades el pronto esclarecimiento de los hechos por amor a la verdad y respeto de quienes creen en la verdad.

Quiero elevar al Señor mi oración para el descanso en la casa del Padre de nuestros hermanos Ana María, Juan, Gloria Magaly, José Rodrigo, Rosmery y Javier; elevo mi plegaria para nuestros hermanos que todavía están en recuperación, para que puedan volver pronto a sus casas, al cariño y calor de sus familias.

Quiero terminar esta reflexión con las palabras del Evangelista Juan que nos relata la oración de Jesús por sus discípulos: “Te ruego, Padre, conságralos en la verdad; tu Palabra es verdad. Como tu me enviaste al mundo, yo los envié al mundo… Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti; que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn 17, 23 ss.).

Amén.

 

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