Vivamos con intensidad la actitud de espera y de esperanza, de vigilancia y oración, propia del Adviento

Iglesia Viva 30.11.15//Es la exhortación de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz en la homilía de este Primer domingo de Adviento, proclamada desde la Basílica de San Lorenzo Mártir.

Hoy 1er Domingo de Adviento la liturgia de la Palabra presenta juntas la memoria de la primera venida de Cristo y la profecía de su vuelta última, y esboza las características y prerrogativas de aquel que viene. También nos introduce de lleno en las actitudes que tienen que marcar este tiempo del Adviento: la espera y la esperanza.

“Se acercan los días, dice el Señor, en que cumpliré la promesa… En aquellos días y en aquella hora, ya haré nacer del tronco de David un vástago santo, que ejercerá la justicia y el derecho en el tierra”. En un horizonte oscuro en que vivía el pueblo de Israel, Dios, por boca del profeta Jeremías, anuncia el día en que la promesadel Mesías liberador y salvador, se volverá una realidad consoladora.

El enviado de Dios tiene la tarea de “Ejercer la justicia y el derecho”. La justicia en el A.T. es entendida como la armonía que Dios establece en la tierra, castigando a los pecadores, restableciendo las relaciones de fraternidad y solidaridad en medio de su pueblo y liberándolo de la opresión de sus enemigos. Esta concepción de la justicia, es bien diferente de la justicia humana así como se ha ido ejerciendo a lo largo de la historia hasta el día de hoy: una justicia a menudo corrupta, que se apoya en el poder del dinero, del interés y de la política, y que se arroga el derecho de “ajusticiar” a todos los que se consideran como enemigos de sus ideales y de sus intereses.

Esta promesa del Mesías visto como: “El Señor es nuestra justicia” se cumplió en plenitud en Jesucristoque vino a irradiar una luz de esperanza en nuestro horizonte oscuro y cerrado, indicando a los pecadores y a los pobres el camino justo. En Jesús la justicia se reveló como propuesta de “salvación” para toda la humanidad, signo del amor gratuito de Dios, porque la salvación no es fruto de la obra humana, sino don de la misericordia sin límites del Padre.

El profeta Jeremías nos ha hablado de la primera venida de Jesús, el mismo Jesús, en el evangelio de Lucas, nos habla de su segunda venida. Los pasajes que hemos escuchado son parte de un discurso más amplio que Jesús pronunció al finalizar su ministerio en Jerusalén, poco antes de su pasión. Él, con un lenguaje exclusivo de su tiempo, caracterizado por imágenes de signos prodigiosos y catástrofes cósmicas en medio del temor y la angustia de la gente, anuncia su segunda venida sobre las nubes al final de los tiempos.

El mensaje de Jesús no se dirige solo a sus discípulos y a la gente de entonces, sino a los discípulos de todos los tiempos, también a nosotros. Él no nos está previniendo solo para ese futuro lejano, sino para que nos preparemos para enfrentar las dificultades del tiempo presente, la situación de desconcierto y desorientación que vive la humanidad, y la precariedad y tribulación en la que frecuentemente viven sus seguidores.

“Estén prevenidos”. Mantenernos despiertos es la condición indispensable para discernir los signos de los tiempos, descubrir lo que el Señor nos está pidiendo a través de lo que pasa en nuestra vida personal y en la historia del mundo. Jesús nos está provocando para que tomemos conciencia de cuán importante es el tiempo presente, el único a nuestra disposición, para que lo sepamos aprovechar para el bien y para amar a Dios y al próximo.

Por eso Él nos previene: “Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos”. Si quedamos encerrados en nuestra visión limitada del mundo y de la vida, si nos dejamos atrapar por las preocupaciones y afanes terrenales, perdiendo la esperanza en el futuro de Dios, nos hacemos esclavos de la falsa e ilusoria seguridad de los vicios, del dinero y del poder.

“Tengan ánimo y levanten la cabeza”. Jesús nos exhorta a no desanimarnos ante los problemas por muchos y graves que sean, y nos incita a levantarnos de nuestra postración, indolencia y resignación, no solamente para gozar de los frutos de la liberación sino para acoger al mismo Liberador.

Levantemos la cabeza porque: “Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una gran nube”. No está llegando algo, sino alguien, Jesucristo, el Hijo de Dios que se hace uno de nosotros asumiendo nuestra carne, que comparte nuestra suerte en todo, menos en el pecado, y que sufre y muere para salvarnos.

Levantemos la cabeza porque Dios Padre lo ha resucitado y constituido Señor del universo y salvador de la humanidad, porque en él triunfa definitivamente la vida y el amor. Esta revelación de Jesucristo como Señor del universo, ya se manifestó durante su misión y vida terrenal, cuando pasó su vida haciendo el bien a todos, liberando del mal y del pecado y ofreciendo el perdón.

En la segunda lectura, Pablo nos enseña a los cristianos cómo levantar la cabeza, cómo esperar y vivir “la venida de nuestro Señor Jesucristo”: “Que el Señor los haga crecer cada vez más en el amor mutuo y hacia todos los demás… que el fortalezca sus corazones… que vivan conforme a lo que han aprendido”.

Esta es la verdadera actitud del cristiano ante los demás. No se puede esperar al Señor viviendo en la indiferencia ante el próximo, y menos aún en la división y el rencor. Hay que saber amar, perdonar y reconciliarnos, y para eso hace falta seguir creciendo en el amor y fortalecernos para vencer el conformismo, la mediocridad y el egoísmo.

Nosotros hemos tenido el don de experimentar el amor y perdón de Dios en nuestra vida, por eso tenemos que hacer lo mismo con el prójimo, perdonar, buscar caminos de diálogo, reconciliación y encuentro, tenemos que ser “misericordiosos como el Padre es misericordioso”. Practicar el amor y la misericordia hacia el próximo, es la fuente segura de alegría, de serenidad y de paz, y la condición para nuestra salvación.

Vivir la experiencia de la misericordia y el amor, en primer lugar en la familia, como nos dice el lema de la Novena de la Virgen de Cotoca: “Con María vivamos la misericordia y unidad en la familia”. Hemos elegido este lema, en sintonía con el Sínodo de la Familia recién terminado que repropone la importancia insustituible de la familia en la sociedad, y en adhesión al Jubileo de la Misericordia convocado por el Papa Francisco que el 8 de diciembre en la basílica de San Pedro en Roma abrirá la Puerta Santa del año jubilar. Es un tiempo de gracia que no podemos desaprovechar: acojamos el don de la misericordia de Dios, como el camino que nos une a Él y a los hermanos, y que abre nuestro corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestros pecados.

Vivamos con intensidad la actitud de espera y de esperanza, de vigilancia y oración, propia del Adviento, para acoger con alegría al Señor que viene, tanto en la Navidad como en el momento conclusivo de la salvación, hacia el que tiende la historia de la humanidad entera. Amén

 

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