Arzobispo de Santa Cruz pide implementar leyes que reconozcan la dignidad y los derechos del ser humano

Iglesia Viva 26.10.15// En la homilía de este domingo 25 de octubre el Arzobispo, Mons. Sergio Gualberti, exhortó no ser insensibles ante el dolor, salir de la indiferencia, superar la mentalidad de exclusión y trabajar en implementar leyes que reconozcan la dignidad y los derechos del ser humano.

 

HOMILÍA DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBISPO DE SANTA CRUZ DE LA SIERRA.
DOMINGO 25 DE OCTUBRE DE 2015
BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR (CATEDRAL)

Hace unos momentos en Roma el Papa Francisco ha presidido la concelebración Eucarística de clausura del Sínodo sobre la familia, un evento que ha reunido durante 3 semanas a Obispos delegados de todos los países para reflexionar sobre la problemática de la familia en el mundo de hoy y para acompañarla en la vivencia de su vocación de pequeña iglesia doméstica y célula básica de la sociedad. El Sínodo ha entregado al Papa los frutos de su trabajo y él preparará un documento para toda la Iglesia con importantes indicaciones para la misión de la familia y para nuevos rumbos de la pastoral familiar. En medio de nosotros esta mañana hay varias familias comprometidas con esta pastoral, agradecemos su servicio y las animamos a asumir con apertura y disponibilidad las indicaciones del Sínodo, y a seguir dando con su vida familiar el testimonio valiente y alegre del amor fiel y sin límites de Dios.
El evangelio de este domingo nos presenta a Jesús que, acompañado por sus discípulos y mucha gente, sale del pueblo de Jericó para emprender la subida hacia a Jerusalén donde le espera la pasión, muerte y resurrección como él mismo había anunciado en tres oportunidades.
Mientras toda esa gente se puso en camino, “sentado al borde del camino” estaba un ciego, Bartimeo, hombre marcado por una situación de doble sufrimiento: ser mendigo y por encima ciego. “Sentado”, no se refiere solo a la posición física de ese momento sino también al estado de resignación e impotencia en que se encontraba. En sus jornadas no podía hacer nada más que esperar que alguien se compadeciera de él y le alcanzara algo para su sustento.
“Al borde del camino”, al borde de la sociedad, marginado de la vida cotidiana, nadie lo tomaba en cuenta: no podía sufrir más exclusión. En medio del griterío de la multitud, Bartimeo se enteró de que allí estaba Jesús y en seguida “se puso a gritar”.
Seguramente la fama de los prodigios de Jesús ya había llegado a sus oídos, por eso se puso a gritar a gran voz lleno de esperanza. “Gritar, clamar” ya en el A.T. este verbo era usado con frecuencia para expresar un pedido apasionado a Dios de parte de personas, de grupos o del mismo pueblo de Israel cuando se encontraban en situaciones difíciles y desesperadas. Ellos tenían la certeza de que Dios los iba a escuchar, como escuchó el clamor del pueblo esclavo en Egipto y lo liberó de las cadenas del faraón.
Bartimeo gritaba: “Jesús, Hijo de David”. Con este título estaba reconociendo a Jesús como el Mesías esperado por muchos siglos, el enviado por Dios para traer la salvación, como dice el profeta Jeremías en la 1ª lectura.” ¡El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel!… hay entre ellos ciegos y lisiados, mujeres embarazadas y parturientas”.
“Ten piedad de mi”, apiádate de mí, seas misericordioso conmigo. Es la súplica de una persona que sufrey que se apela con toda su fe y sus fuerzas a la misericordia de Dios. La gente que acompañaba a Jesúspasaba indiferente e insensible a lado de Bartimeo, sin percatarse de él y sin escuchar su dolor. Ante sus gritos ellos se dieron cuenta del ciego, pero en vez que ayudarle, lo reprendieron buscando de hacerlo callar, para que no molestara a Jesús, como a decir que no merecía la atención del maestro porque no era parte de ellos.
Pero Bartimeo no se acobardó ni se rindió y por el contrario volvió a clamar con más fuerza: “Jesús, Hijo de David, ten piedad de mi”. Jesús al escuchar ese grito se detuvo, no pasó de largo ni lo increpó.
Como el verdadero “buen samaritano” Jesús no podía pasar de largo ante el sufrimiento de ese hermano que clamaba ayuda y se detuvo para hacerse cargo de su grave problema. Esa parada no lo desviaba de su camino hacia la cruz, por el contrario, él se estaba entregando a Bartimeo como parte de su total entrega para toda la humanidad en la cruz.
Y Jesús mandó a llamar al ciego. Esta orden hizo que los presentes se sacudieran de su indiferencia y fueran a alentar a Bartimeo: “¡Ánimo, levántate!” Jesús, lo quería de pié, no resignado, parado frente a él con su dignidad de persona. La respuesta no se dejó esperar: “arrojó el manto, se puso de pie de un salto y fue hacia Él”. Tres verbos de acción, dejó el manto, esto le servía para abrigarse de día y para cobijarse de noche; era todo lo que poseía, su pasado y su seguridad. Se puso de pie, es decir, disponible y pronto para actuar, y fue hacia el Señor. En la acción resuelta de Bartimeo se nota queentendió que Jesús podía ser la única respuesta a sus plegarías y sus esperanzas. El dejar las seguridades y el pasado, el estar preparado, el ir hacia Jesús, son actitudes propias del discípulo que deja todos para seguirlo.
Llegamos al punto central de la narración, el diálogo entre Jesús y el ciego. Puede parecernos extraña la pregunta de Jesús: “¿Qué quieres que haga por ti?”, porque seguramente Jesús ya se había enterado de que Bartimeo era ciego y por lo tanto parecería descontada su respuesta: “Maestro, que pueda ver”. Sin embargo, la pregunta de Jesús tiene un sentido más profundo. Jesús quería que el ciego se aclarase a si mismo lo que quería y que luego lo expresara en público. Jesús apuntaba a que Bartimeo pasara de la fe en los poderes sanadores del Mesías, a la fe como encuentro personal, encuentro que llevaba a la salvación, no sólo de los males físicos, sino espirituales y morales. No bastaba invocar a Jesús por el milagro, hacía falta encontrar al Señor y al Salvador, no quedarse en el dono, sino llegar al donante.
“Vete, tu fe te ha salvado”. Jesús leyó en el corazón del ciego que no sólo pudo ver físicamente y recuperar la vista, sino que vio a Jesús con los ojos de la fe, lo reconoció como Mesías y creyó en él. Al poner de manifiesto la fe de Bartimeo, Jesús quiso que los discípulos y todos los presentes la conocieran y siguieran ese ejemplo. Por eso Jesús no dice “tu fe te ha sanado” sino que “te ha salvado”. El ciego recibió mucho más de lo que había pedido, por la fe recibió la vida nueva en Jesús.
“En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino”. Bartimeo en seguida y sin titubeos siguió a Jesús, es decir se hizo su discípulo, dispuesto a seguirlo en el camino de la pasión y cruz. Hay un cambio de roles, el ciego salvado se vuelve discípulo y los discípulos se manifiestan como los ciegos, que no aceptan el camino de la cruz a pesar de que Jesús los había preparado, estaban encerrados en su concepción de un Mesías poderoso y sobretodo en su ansia de compartir el poder y la gloria.
Bartimeo, que encontró a Jesús que le devolvió la vista y le hizo el don inestimable de la fe gracias a su oración sincera y confiada, nos invita a poner toda nuestra confianza en Jesús y a orar con fe y perseverancia. Toda persona que no desiste ni se acobarda de orar a pesar de las incomprensiones y obstáculos, y que recurre con humildad al Señor, llega a encontrarse personalmente con Él. Un encuentro que libera de las muchas cegueras y ataduras, que impulsa a seguir sus pasos y que lo hace su discípulo fiel y alegre del Señor.
Bartimeo es el símbolo de tantas personas que en nuestro mundo y sociedad son excluidas del banquete de la vida: hermanas y hermanos impedidos que, en menor o mayor grado, sufren una situación injusta de exclusión y marginación. A menudo nos hemos vuelto insensibles ante su dolor, nos hemos acostumbrado y no nos llama la atención que estén condenados a sobrevivir en el sufrimiento y el abandono. Es urgente que todos salgamos de nuestra indiferencia, que vayamos superando una mentalidad de exclusión y el trato injusto hacia los hermanos impedidos, que trabajemos para que se implementen unas leyes que reconozcan su dignidad y sus derechos, y que les favorezcan en encontrar un trabajo acorde a sus condiciones y les permitan tener condiciones de vida dignas de todo ser humano.
Que el Señor, como a Bartimeo, libere nuestra vida de tantas cegueras y podamos así seguirlo con entusiasmo y alegría, proclamando juntos con el salmista: “Grandes cosas hizo el Señor por nosotros”.Amén.

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