Hombre y Mujer llamados a transmitir la vida y a ser una sola carne en los hijos. Mons. Sergio Gualberti

Iglesia Viva 05.10.15//Arquidiócesis de Santa Cruz//En su Homilía de este domingo 4 de octubre, el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti destacó varios acontecimientos importantes para nuestra Iglesia; octubre el mes de las Misiones, tiempo providencial para renovar el compromiso misionero de cada uno de cada uno de nosotros y de nuestra Iglesia, para reavivar nuestra fe y testimoniarla con valentía allí donde el señor nos ha puesto. El mes del Rosario y la fiesta de la Virgen María Reina del Rosario, oportunidad para dirigirnos a María con la oración hermosa del Rosario, que, además de expresarle nuestro cariño, nos ayuda a meditar los misterios centrales de la vida de Jesús. El retiro convivencia en que sostendrán los Sacerdotes de Santa Cruz del 5 al 9 de octubre, en Vallegrande y Masicurí, tiempo de fraternidad, comunión profunda y de reflexión sobre la vida y el ministerio sacerdotal a la luz de la exhortación apostólica “El rostro de la Misericordia”.
Otro hecho eclesial de importancia trascendental es el Sínodo extraordinario sobre “la Familia”, que inicia hoy domingo 4 de octubre en Roma y se prolongará hasta el 25 de este mes. Obispos delegados de todos los países junto al Papa Francisco, iluminados por la palabra de Dios, reflexionarán sobre los muchos problemas que afectan a la familia hoy
En consecuencia, la Homilía del prelado tuvo como tema principal la Familia, un vínculo en el que el varón puede mirar a la mujer en los ojos, de igual a igual, y puede establecer una relación de par a par, una relación en la que la diversidad entre varón y mujer no es un signo de superioridad sino de complementariedad.
Mons. Sergio Gualberti Aseveró que “La fidelidad para toda la vida es parte intrínseca del matrimonio, por lo tanto el divorcio no está aceptado en el plan originario de Dios, que nadie, ni la Iglesia, puede modificar”
Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz
domingo, 4/10/2015
Estamos en octubre el mes de las Misiones, tiempo providencial para renovar el compromiso misionero de cada uno de cada uno de nosotros y de nuestra Iglesia, para reavivar nuestra fe y testimoniarla con valentía allí donde el señor nos ha puesto. También es el mes del Rosario y el día miércoles 7 celebramos la fiesta de la Virgen María Reina del Rosario, oportunidad para dirigirnos a María con la oración hermosa del Rosario, que, además de expresarle nuestro cariño, nos ayuda a meditar los misterios centrales de la vida de Jesús.
También durante esta semana nos reunimos en Vallegrande un buen grupo de sacerdotes diocesanos para una convivencia – retiro, tiempo de fraternidad, comunión profunda y de reflexión sobre la vida y el ministerio sacerdotal a la luz de la exhortación apostólica “El ostro de la Misericordia”. Les pido nos acompañen con su oración.
Otro hecho eclesial de importancia trascendental es el Sínodo extraordinario sobre “la Familia”, que inicia esta mañana en Roma y se prolongará hasta el 25 de este mes. Obispos delegados de todos los países junto al Papa Francisco, iluminados por la palabra de Dios, reflexionarán sobre los muchos problemas que afectan a la familia hoy. Nos unimos en la oración para que el Espíritu Santo les ilumine y puedan dan los frutos esperados en bien de esta institución fundamento de la Iglesia y la sociedad.
Justamente en el Evangelio de este Domingo Jesús habla del divorcio, un problema ya presente en su tiempo y que hoy ha tomado unas dimensiones insospechables que afectan gravemente a un gran número de familias. Algunos fariseos se acercan a Jesús para ponerlo a prueba, preguntando si, según la ley de Moisés, está permitido el divorcio «¿Es lícito al varón divorciarse de su mujer?».
Jesús responde preguntado a su vez: «¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?» obligando, de esa manera, a esos estrictos observantes de la ley a darse ellos mismos la respuesta: «Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella».
Ante este respuesta, Jesús, se apresura a aclarar que Moisés tuvo que permitir el divorcio, a causa de la terquedad del pueblo elegido, pero que la voluntad de Dios, en los inicios de la creación, era otra y que se contraponía al divorcio permitido por la ley.
«Desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer». Jesús, con estas palabras reafirma la prioridad de la palabra de Dios sobre la ley de Moisés, y cambia el escenario. No se queda en el ámbito legal sino que pasa al religioso y pone sus interlocutores ante el plan inicial de Dios acerca del matrimonio, conforme al relato del Génesis que hemos escuchado en la 1ª lectura. La finalidad de esta narración no pretende ser científica ni filosófica, simplemente quiere transmitir un mensaje de fe respecto a los orígenes del ser humano, varón y mujer.
La escena se presenta como un gran mural, con el lenguaje figurativo y por imágenes, propio de los pueblos semitas: Dios, como un alfarero, toma la tierra y modela al varón, lo hace partícipe de su propio espíritu de vida, lo que marca su identidad y su grandeza en relación a los demás seres creados.
Pero “no conviene que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada.» El proyecto originario de Dios ha creado al ser humano para la relación y para la comunión, pues “no es bueno que el hombre esté solo”. Propiamente dicho, el varón no está solo, está Dios con quien puede comunicarse, pero no en el mismo plano. Para dialogar con el creador la mirada del varón tiene que dirigirse hacia arriba, más allá del horizonte creado.
De la misma manera el varón puede relacionarse con los animales, incluso Dios le ha dado la facultad de ponerles el nombre, signo de superioridad. Pero tampoco los animales están en el mismo nivel de Adán, para comunicarse debe dirigir su mirada hacia abajo, por eso «entre ellos no encontró la ayuda adecuada». El hombre necesita una ayuda a medida, por la que pueda comunicarse y establecer relaciones desde una igual dignidad.
“Hizo caer sobre el hombre un sueño profundo… y formó una mujer”, el acto creador está envuelto en el misterio de Dios. El varón no puede ser testigo de la creación, no puede presumir ninguna superioridad sobre la mujer ya que ambos están hechos también de la misma materia. Y Dios presenta la mujer al varón. El estupor y la sorpresa de Adán: «¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!». Ahora el varón puede mirar a la mujer en los ojos, de igual a igual, y puede establecer una relación de par a par.
«Se llamará mujer, porque ha sido sacada del varón.» Adán no le está dando propiamente un nombre, solo pone al femenino su propio nombre. (Isha de ish: hembra de hombre). Con todas estas particularidades la Biblia nos está diciendo que la diversidad entre varón y mujer no es un signo de superioridad sino de complementariedad, ambos gozan de igual grandeza, dignidad y derechos y están hechos el uno para el otro, para la realización y enriquecimiento recíprocos.
«Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne». Esta afirmación es un principio y una verdad que se refiere a todas las parejas y no sólo a la primera. El varón y la mujer están llamados a establecer entre ellos una relación de amor que jamás se deberá romper y que abarca todos los aspectos de la persona. Los dos juntos se separan de su casa paterna para ayudar a Dios en la tarea de la creación. Ser “una sola carne”, esta frase pronunciada por Jesús eleva la relación matrimonial a un alto grado en el orden de la creación, llamados a transmitir la vida y a ser una sola carne en los hijos.
«Que el hombre no separe lo que Dios ha unido.» Con estas palabras Jesús reafirma claramente el plan inicial de Dios, el matrimonio es asumido como signo de la alianza inquebrantable de Dios con su pueblo. Su amor es indefectible y ni siquiera nuestras infidelidades pueden romper la alianza. La fidelidad para toda la vida es parte intrínseca del matrimonio, por lo tanto el divorcio no está aceptado en el plan originario de Dios, que nadie, ni la Iglesia, puede modificar.
Esta propuesta nos puede parecer muy ardua, pero Jesús, con la instauración del reino de Dios en nuestra vida e historia, nos ha liberado de la “dureza de corazón” y ha hecho posible que podamos cumplirla. Jesús va todavía más allá: eleva el amor de los esposos en el matrimonio no sólo como signo del amor de Dios para con la humanidad, sino como expresión de su mismo amor para con la Iglesia, un amor hasta el extremo. Siguiendo a Jesús, la Iglesia considera al matrimonio como sacramento, “íntima comunidad de vida y de amor conyugal”, en la que los esposos se santifican, viviendo el amor fiel y abierto a la vida, y formando la familia base firme y segura de la comunidad eclesial y de la sociedad.
Esta visión del matrimonio propuesta por Dios ha encontrado, a lo largo de la historia, resistencias y ataques: se han implementado leyes que facilitan el divorcio, con graves perjuicios a la pareja, la familia y en especial a los hijos. De la misma manera la sociedad bajo el pretexto de la modernidad impulsa, a veces por vías equivocadas, las modificaciones de los roles tradicionales de varón y mujer. Es lo que impulsa la la ideología de género, según la cual cada persona puede escoger su orientación sexual, sin tomar en cuenta las diferencias dadas por la naturaleza humana.
El matrimonio está particularmente amenazado en su propia naturaleza y en sus mismos fundamentos antropológicos. Hay presiones para promulgar leyes que equiparan el matrimonio con uniones de personas del mismo sexo, hiriendo gravemente la identidad y dignidad del matrimonio y el respeto al derecho a la vida.
Ante este escenario, estamos ante el gran desafío de defender el matrimonio conforme a los fundamentos de la naturaleza humana y de la ley de Dios, porque defender al matrimonio es salvaguardar a la familia y a la misma sociedad. Amén

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